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Nuestras Historias

2021 y la peor crisis del último siglo para México

La crisis de las finanzas públicas paralizará a la llamada cuarta transformación y ésta no podrá continuar con su proceso de evangelización, opina Jonathán Torres.
mar 01 septiembre 2020 01:00 AM

(Expansión) – ¿Qué sigue después de que una temporada de vacas flacas se prolonga y sus efectos se recrudecen? Hacia allá vamos. El discurso oficial dirá que el plan está funcionando y que pronto saldremos del túnel. Pero no. La era de la incertidumbre nos acompañará por mucho tiempo. Nadie se salvará. El avance de la llamada cuarta transformación se detendrá y el costo de sus decisiones lo pagaremos todos.

El Presidente de la República está afinando los detalles de su II Informe de Gobierno y, dado el calibre de algunos de sus statements que ya se dieron a conocer a través de promocionales, para nadie es un secreto que Andrés Manuel López Obrador intensificará su narrativa basada en el rescate de los pobres, el fin de los privilegios para los ricos y los múltiples beneficios que, bajo sus ojos, ha traído consigo su proyecto. Pero la realidad suele ser más cruda que los discursos más emotivos.

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Se aproxima una larga temporada de sacrificios.

En materia de ingresos y, bajo la narrativa de que el gobierno requiere de la solidaridad de su gente, se vendrán ajustes que provocarán filias y fobias. A los gobernadores se les exigirá cobrar impuestos locales. A los fabricantes de productos con alto contenido calórico se les aumentará la tasa impositiva. Se acabarán los fideicomisos, seguirá la cacería en contra de factureros y evasores fiscales (algo sin duda plausible), la SHCP buscará cualquier resquicio para recaudar más. Metafóricamente, la llamada cuarta transformación venderá hasta la vajilla de la abuela.

Las recomendaciones para la reactivación económica de empresarios y analistas no serán tomadas en cuenta. Apoyos financieros a empresas, no. Exenciones fiscales, mucho menos. Deuda, ni pensarlo. Para los contribuyentes cautivos el terrorismo fiscal y, para el grueso de la población, aumento en el precio de ciertos productos dado el eventual incremento en impuestos especiales y que muchas empresas no lo asumirán sino que lo transferirán a los consumidores.

Simultáneamente vendrán las líneas para conformar el Presupuesto de Egresos 2021, que implicarán un adelgazamiento del aparato del Estado, una presión aún mayor para la burocracia, el blindaje de recursos para los proyectos de infraestructura y programas sociales ligados al plan político del Presidente, así como un énfasis en el gasto para salud y educación.

Los apretones serán muy fuertes y sus consecuencias también. Cualquiera podría pensar que un gobierno de izquierda defiende la técnica del servicio público. Pero aquí pasará lo contrario. La “austeridad republicana” del Presidente derivará en un desmantelamiento de la administración pública federal. Si acaso Pemex, símbolo político de esta administración, se llevará un rasguño, pero el resto de la estructura gubernamental pasará por una profunda reclasificación.

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El aparato que hoy opera bajo los principios de la llamada cuarta transformación intensificará su condición famélica y es muy posible que desaparezcan programas que ya funcionaban en condiciones de gasto muy precarias. Los impactos se reflejarán en gasto corriente, en una mala calidad de servicios, a través de una burocracia ineficiente, con muy poca técnica de gobierno y sin ningún incentivo para detonar su productividad.

En el caso de los órganos autónomos y reguladores, tan criticados por el presidente, no desaparecerán pero se les ahogará a través de un recorte en su gasto y así su vigilancia estará muy debilitada. Y, con todo y las elecciones, se prevé un golpe en el financiamiento al INE y a los partidos políticos.

Como quiera que sea, la crisis de las finanzas públicas paralizará a la llamada cuarta transformación y ésta no podrá continuar con su proceso de evangelización. Pero hay algo mucho más trascendente que eso.

Si AMLO quiere mantener sus programas y apoyar a Pemex es muy posible que no se salve de incurrir en un déficit primario. Al mismo tiempo, si la reactivación económica no prospera rápidamente y la crisis se intensifica, el gobierno mexicano estaría obligado a recurrir a líneas de crédito que para entonces podrían resultar más costosas de lo que actualmente son.

Un desequilibrio en las finanzas es muy peligroso y, ahí, todos perdemos. Como vamos, nos enfilamos a un callejón sin salida. Ya lo dijo Arturo Herrera, secretario de Hacienda, en una reunión con los legisladores de Morena, el partido en el poder: “México vivirá la crisis más fuerte desde 1932; es casi el peor momento económico del país en el último siglo”.

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El cabildeo para incidir en los planes del gobierno se intensificará. El próximo 10 de septiembre, Ricardo Monreal sostendrá una reunión con empresarios, quienes le compartirán sus preocupaciones alrededor de impuestos, apoyo a pequeñas y medianas empresas, proyectos de infraestructura. Una de las batallas estará en el posible incremento de impuestos a productos con alto contenido calórico. El sector privado acusará que el dinero recaudado en otros ejercicios fiscales no ha sido usado para promover campañas de combate contra la obesidad y la diabetes. La respuesta es de pronóstico reservado.

Nota del editor: Jonathán Torres es periodista de negocios, consultor de medios, exdirector editorial de Forbes Media Latam. Síguelo en LinkedIn y en Twitter como @jtorresescobedo . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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