Las fuerzas que motivan estas respuestas automatizadas inmediatas son conocidas como impulsos, y cuando influyen en periodos más extensos, humores y personalidades.
Desde una edad muy temprana, la sociedad moderna nos demanda combatir estos arranques motivacionales hasta el punto de su desaparición. La paradoja es muy conflictiva ya que el mensaje implica que 1) debemos actuar en contra de nosotros mismos para ser aceptados y 2) nuestra naturaleza germinal tiene un carácter “malintencionado”. Desafortunadamente, esta dinámica social carece de entendimiento sobre la fenomenología biológica que precede a la conducta y es poco productiva.Por un lado, la presión parece no estar funcionando muy bien ya que la inmensa mayoría de nuestras decisiones corresponden a impulsos intuitivos. ¿Cuántos de nosotros hacemos un análisis racional propio con cada decisión? Simple y sencillamente no estamos diseñados para que eso suceda; es inminente poder elegir rápidamente frente a un entorno tan cambiante.
Por otro lado, los pocos impulsos que sí se combaten se intentan reprimir, en lugar de controlar, ocasionando daños fisiológicos, psicológicos y sociales significativos. La diferencia entre ambos acercamientos es abismal y a continuación citaré algunas razones.
Primero, debemos comprender que todo lo que sucede en el cuerpo y mente de un ser viviente se trata de corrientes de energía en movimiento incesante. Como nos lo ha demostrado la física moderna, los átomos que conforman cada milímetro de nuestro ser son entes que se comportan mucho más como campos de fuerza que como partículas. Lo anterior es relevante porque devela la composición del organismo y los pensamientos: flux energético. Con esta consideración, es fácil reconocer que los cuadros neurofisiológicos que llamamos impulsos son flujos energéticos canalizados.
Cuando reprimimos un impulso, su impacto no desaparece; se acumula en posiciones que normalmente resultan poco convenientes. Incluso puede provocar patologías psicológicas graves como cuadros neuróticos, histéricos, ansiosos o depresivos y condiciones fisiológicas como contracturas, problemas gastrointestinales, cáncer y más. Por ejemplo, está bien documentado por Wilhelm Reich, en su libro Análisis del Carácter, que una madre demasiado estricta puede detonar personalidades sadistas o bien, un padre extremadamente rígido, en personalidades tímidas y ansiosas. La anterior es una lectura sumamente recomendada para vislumbrar la biofísica de los motivadores instintivos. Recientemente, la psicología somática ha comenzado a distinguir con mayor detalle los efectos de los pensamientos sobre el cuerpo.
Entonces, la idea central de este texto es compartir una noción crucial para el ser humano actual:
Los impulsos que desembocan en instintos no son el enemigo; han sido nuestros fieles aliados en el mapa evolutivo. La confusión radica en que, en un contexto tan diferente como el de hoy en día, es necesario identificarlos para dirigir su ímpetu hacia objetivos inteligentes y evitar consecuencias negativas. Nuestra arquitectura biológica no es “mala”; de hecho, para ayudarnos a prevalecer, nos ha otorgado la facultad racional y creativa precisamente para lograr tomar decisiones —cuando sea necesario— fuera de los mandatos genéticamente predefinidos.