En el sexenio anterior, al reformarse el marco jurídico de las grandes empresas del sector oficial, se dejó para después el dar solución al creciente problema de las pensiones. No solo ello, irresponsablemente, se dio la espalda a una creciente espiral del pasivo a favor de proveedores y contratistas gubernamentales. Esta administración, repudiando el texto vigente de la Constitución, emprendió camino para desandar lo avanzado en dicho sector, retornando a ya superados mecanismos monopólicos. Con ello, el sector oficial se mantuvo inserto en multimillonarios negocios, los cuales decidió adjudicar directamente, como se ha hecho por décadas.
En los últimos cinco años, los problemas de previsión social burocrática no sólo no se arreglaron, sino que se agravaron de manera acelerada, al aumentarse, año con año, el número de personas que se suman a las filas de las costosísimas pensiones que cubren las entidades públicas, a pesar de que ellas muestran niveles de ineficiencia inaceptables. Funcionarios y empleados, a la par de aviadores, engrosan permanentemente la fila de los premiados con retiros dorados.
El sindicato de Pemex ha logrado que un enorme número de personas no sean liquidadas, a pesar de que no son requeridas en ciertas regiones o actividades, generándose una absurda duplicidad, y hasta multiplicidad, de plazas. Todos cobran y se retiran. En esa entidad las reubicaciones frustradas son vicio laboral que ha tomado proporciones escandalosas. La redundancia es ya cotidiana en la petrolera, y no parece que se vaya a tomar decisión correctiva alguna.
Los cálculos actuariales pueden estimar el tamaño del boquete, sin embargo, nuestro mercado financiero no ofrece activos cuya rentabilidad pueda mantener la capitalización que pueda colmarlo. El patrimonio de los vehículos constituidos por el gobierno federal profundiza su deficiencia continuamente. El consejo de administración de Pemex ha sido omiso en establecer mecanismos que aligeren la carga, y que provean a un mejor perfil de desempeño de los fondos que, supuestamente, afrontarían los pasivos laborales, no sólo de previsión social, sino los de vivienda y otros conceptos derivados del contrato colectivo.
Por otro lado, es claro que las observaciones y críticas que se hicieran al organismo Luz y Fuerza del Centro pudieron y debieron hacerse respecto del contrato colectivo de la Comisión Federal de Electricidad. La diferencia que mantuvo en operación a ésta es que contaba, y cuenta, con un sindicato a modo y dócil. Ahí, el pasivo laboral, lejos de ser atendido adecuadamente, ha encontrado nuevas formas y fuentes de crecimiento, apuntando a un derrotero de incosteabilidad, que abona a la inminente inviabilidad financiera de la empresa, la cual sobrevive a fuerza de imposiciones autoritarias, transfiriendo ganancias del sector privado hacía la agonizante empresa improductiva del Estado.
Por otro lado, la opacidad prevalece en los fondos, reservas y demás respaldos financieros de las pensiones de los sectores oficial y mixto, dado que, tanto el ISSSTE, como el IMSS, carecen de instrumentos eficaces de seguimiento y valoración técnica, siendo claro que en el corto plazo ambos requerirán de rescate, el cual, impactará severamente al erario federal. Tarde o temprano, quedarán al descubierto desfalcos derivados del coyuntural uso político de los caudales que supuestamente custodiaban.
Todas las actividades antes referidas ha llegado hasta el día de hoy como pasivos contingentes, cuya indeterminación es lo único que ha evitado se sumen a la deuda nacional, sin embargo, resulta innegable que tales faltantes constituyen un gravamen que inevitablemente será cargado a las arcas públicas, por lo que, las cifras de deuda pública deben reportar el monto adeudado por deuda contratada y/o titulada, pero también el que resulta de todos aquellos conceptos que tienen una fuente legalmente reconocida. El cerrar los ojos a este rubro es una peligrosa evasión que a nada conduce, misma que falsea y subestima el verdadero valor de la deuda mexicana.