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Por una sociedad más igualitaria

La marcada brecha de desigualdad entre las clases altas y la gente pobre, alrededor del mundo, ocasiona habitualmente un clima de confrontación entre sectores sociales.
vie 23 febrero 2024 05:58 AM
Por una sociedad más igualitaria
Para instaurar un auténtico piso parejo de derechos, oportunidades y libertades será imprescindible volver a valores humanos como la generosidad, la solidaridad y la empatía, señala Guillermo Fournier.

Un tema polémico que ha tomado fuerza en los últimos años es el de la desigualdad económica y social entre sectores de la población. Hablamos de la brecha que separa a aquellos más favorecidos respecto de quienes menos tienen.

Al tratar esta situación de la mayor sensibilidad se corre el riesgo de perder el enfoque preciso, desviándonos de lo fundamental. Por ello, a continuación, comparto algunos apuntes con el fin de llamar a la reflexión y al debate de ideas.

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El crecimiento y desarrollo económicos han conseguido sacar a millones de personas de la pobreza en el último siglo. La ciencia, la tecnología y el libre mercado han tenido éxito al mejorar la calidad de vida de la humanidad.

Empero, el progreso se mide por los avances que se obtienen -y son medibles-, en la búsqueda de mejorar el mundo de modo permanente. Si los beneficios no se comparten con la totalidad de los individuos, seguramente hay una falla por corregir.

La evidencia -documentada por economistas como Thomas Picketty y Joseph Stiglitz- indica que cada vez se hace más grande la brecha entre las clases económicas altas y los sectores que viven en condiciones de pobreza.

Con frecuencia se sugiere que las desigualdades son inevitables puesto que cada humano es único e irrepetible. También se acusa a los pobres de “no esforzarse lo suficiente”, distorsionando el concepto de meritocracia.

No obstante, me sirvo de dos argumentos para exponer el enorme daño que resulta de no atender la brecha de desigualdad -y sus causas-, rezagando a quienes padecen el lastre de la precariedad -solo en México, 56 millones de personas-.

Primero, la dimensión ética. La población en pobreza, por definición, carece de lo mínimo necesario para llevar una vida digna. En consecuencia, su contexto le impide ejercer derechos básicos como el acceso a la educación, a la salud, a la alimentación y a la vivienda, por citar algunos.

Lo anterior es inaceptable; aliviar el sufrimiento de las personas, en la medida de lo posible, es una aspiración moral desde la visión humanista. La indiferencia ante el dolor de los más necesitados es sinónimo de decadencia.

Segundo, las implicaciones prácticas de la desigualdad. El Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, afirma que la gran tragedia de la pobreza es que frena el talento y potencial humanos, perjudicando a la sociedad en su conjunto.

Excluir a una parte numerosa de la población tiene repercusiones en el desarrollo económico. Las mujeres y hombres en situación de pobreza tienen menos oportunidades de egresar de la universidad y adquirir competencias profesionales.

Es comprobable que los países con mejores niveles -universales- de educación, salud, alimentación y vivienda disponen de fuerzas laborales mucho más competitivas y productivas, generando dinámicas de innovación y bienestar social.

Así mismo, la marcada brecha de desigualdad entre las clases altas y la gente pobre, alrededor del mundo, ocasiona habitualmente un clima de confrontación entre sectores sociales, que puede derivar en inestabilidad política y polarización.

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Disminuir las diferencias socioeconómicas es factible y urgente. La construcción de un entorno más incluyente y justo debe ser puesta en marcha.

No es cuestión simplemente de quitar a unos para dar a otros, sino de establecer los elementos requeridos para que nadie se quede atrás. El ideal es generar riqueza en favor de todas las personas, apostando al progreso generalizado.

Eso sí, pensar que el único responsable de alcanzar una sociedad igualitaria es el gobierno es caer en el error. Solamente mediante la colaboración de empresas, sociedad civil, academia, ciudadanía y -por supuesto- autoridades gubernamentales se logrará tal cometido.

A su vez, para instaurar un auténtico piso parejo de derechos, oportunidades y libertades será imprescindible volver a valores humanos como la generosidad, la solidaridad y la empatía.

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Nota del editor: José Guillermo Fournier Ramos es docente en la Universidad Anáhuac Mayab. Vicepresidente de Masters A.C., asociación civil promotora de la comunicación efectiva y el liderazgo social. También es asesor en comunicación e imagen, analista y doctorando en Gobierno. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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