A ese respecto, tenemos una buena noticia. De acuerdo con nuestro estudio PULSO, realizado a finales del 2023 entre empresas basadas en América Latina, 87% de las organizaciones mantuvieron o incluso aumentaron su presupuesto de entrenamiento. Sin embargo, solo una de cada cinco (19%) proporcionó capacitación al 100% de sus empleados. De hecho, una de cada cuatro compañías ofrece entrenamiento a menos de la mitad de sus colaboradores.
Esto contrasta con la opinión de casi la mitad de los empleados de la región (47%) quienes valoran recibir capacitación y adquirir nuevas habilidades, según el estudio Trabajo Reimaginado 2023 de EY.
Si un aprendizaje continuo y la mejora y obtención de nuevas competencias es beneficioso para todos, ¿por qué es tan difícil convencer a la C-Suite de invertir en ello? Probablemente debido al uso de métricas anacrónicas. Históricamente, los programas de capacitación se miden por el número de personas que tomaron el curso y las evaluaciones realizadas al final del curso.
Es decir, no hay una medición realmente cualitativa sobre el impacto de los planes de entrenamiento. Por tanto, es imposible saber el retorno en la inversión. Esto provoca que la capacitación se vea como un gasto y no como una inversión. Al seguir siendo algo “etéreo”, se le da menos importancia y los presupuestos son unos de los primeros en ser recortados.
Conforme las diferentes áreas de las organizaciones son medidas cada vez más con datos duros, tener la anécdota de cuántos empleados asistieron a una sesión de entrenamiento resulta cada vez menos útil.
Al final de cuentas, lo primordial es que la empresa logre sus objetivos. Lo ideal es que la capacitación esté directamente vinculada a las competencias que los empleados deben tener para llegar a dichas metas.
Pero, ¿cómo lograrlo? Lo fundamental es contar con la participación realmente activa de los líderes.
La brecha entre el feedback de los líderes y el diseño del plan de entrenamiento y desarrollo se debe a que, si bien los líderes son la principal fuente de información para el diseño del plan, su retroalimentación no se mide. Esto significa que las empresas están confiando en el juicio de los líderes para identificar las necesidades de sus equipos, pero no están verificando si dicho juicio es correcto.
Esta dualidad puede tener varias consecuencias negativas: en primer lugar, puede ser que los planes de entrenamiento y desarrollo no estén alineados con las necesidades reales de los equipos; y en segundo lugar, puede llevar a que se desperdicien recursos en capacitaciones que no son relevantes para los colaboradores.
Un plan de capacitación que responda a la estrategia de negocio debe incluir tres pasos básicos:
1. La revisión de la estrategia de negocio.
2. La realización de encuestas a colaboradores (360, clima/cultura, detección de necesidades, detección de aspiraciones particulares de los colaboradores) y el análisis de los resultados que arrojen.
3. La realización de diagnóstico de competencias necesarias para la compañía.