Seguramente tiene razón. El mundo en el que vivimos -hiperglobalizado-, da cuenta de mercados fuertemente interconectados y encadenados geográfica y funcionalmente. Basta recordar que la manufactura de las vacunas contra Covid-19 requirió cadenas productivas de más de 19 países distintos. Pero, contrariamente a lo que advierte la OMC, la intención manifiesta de las grandes potencias, y de un grupo de países que copian sus estrategias proteccionistas, es cambiar el rumbo o poner freno al libre comercio.
Para muestra se pueden mencionar los elementos sustantivos del comportamiento comercial estratégico de China y Estados Unidos: imponer tarifas y subsidios masivos en sectores industriales, fiscalizar la inversión extranjera directa y politizar sus relaciones económicas. En otras palabras, convertir el comercio en un arma de lucha política.
Todo esto no solo ha generado espirales de competencia feroz entre dichas naciones (que, dicho sea de paso, alcanzaron sin embargo un nivel de comercio espectacular, alrededor de 691 billones de dólares en 2022), sino que ha marcado una tendencia a favor de adoptar un proteccionismo estratégico y ofensivo en otras naciones como India, Indonesia, Sudáfrica o Turquía entre otras. Un círculo vicioso donde la respuesta al proteccionismo económico ha sido una explosión de estratagemas para generar más proteccionismo.
Datos recientes de la UCTAD señalan que el 75% de las exportaciones globales enfrentan actualmente distorsiones comerciales, un 35% más que antes de la crisis financiera del 2008, al tiempo que 37 países han desarrollado estructuras de regulación y fiscalización de la inversión extranjera directa.
El “copycat de políticas proteccionistas” ha puesto en jaque al sistema multilateral de libre comercio y paralizado a la OMC. En los últimos años, la organización se ha visto imposibilitada de alcanzar consenso entre sus 164 miembros y, aún antes de que Estados Unidos bloqueara el nombramiento de nuevos jueces para el sistema de adjudicación de disputas comerciales, los estados miembros ya habían dejado de presentar sus casos a esta instancia. Las llamadas a revisar disputas cayeron en una tercera parte antes de que se colapsara el cuerpo de apelaciones.
En ese sentido, sin un consenso firmemente asentado y sin un mecanismo efectivo de solución de controversias, la OMC pierde relevancia y capacidad para bloquear los impulsos nacionalistas y proteccionistas de los Estados miembros.
La OMC es una organización dirigida por sus estados miembros y toma decisiones por consenso: “nada está decidido hasta que todos lo han decidido”.
Esta manera de proceder, con decisiones que implican “todo o nada”, funcionó bien durante 75 años, desde que se creó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio(GATT) en 1947 y bajo el paradigma de que la interdependencia económica y el libre comercio eran positivos y alentaban el progreso y la paz.
Pero ahora, justo cuando se ha acentuado la interdependencia y se alcanzan niveles de comercio muy altos (30.4 trillones de dólares en bienes y servicios), la regla de consenso deviene disfuncional para que la OMC pueda ofrecer algún remedio. No son pocos los funcionarios internacionales que abogan por rehacer las reglas de decisión para, sin abandonar la idea de liberalización, se consideren otras opciones, como por ejemplo, los acuerdos plurinacionales, mediante los cuales un subconjunto de países miembros acuerdan nuevos compromisos comerciales y posteriormente extienden esos beneficios a todos los demás bajo la cláusula de nación más favorecida o dejan abierta la posibilidad de que otros se adhieran en el futuro.