Contexto:
Los órganos de representación empresarial, en su búsqueda por sostener una estrecha relación con el poder político, se metieron un buen rato en un laberinto. En la historia quedará como un capítulo negro el golpeteo y distanciamiento que padeció durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Incluso, antes de la pasada elección presidencial y cuando las encuestas perfilaban la victoria de la entonces candidata del partido en el poder, las sensaciones que gravitaban en las altas esferas de la comunidad empresarial eran la resignación e incertidumbre pues se pensaba que nada cambiaría y que el alejamiento continuaría.
El llamado que surgió de las urnas los orilló a asumir posturas. ¿Pragmatismo? La arrolladora victoria de Claudia Sheinbaum obligaba a buscar puentes de interlocución. Mientras algunos organismos habían empezado a tejer la relación semanas atrás, la preocupación que tenían otros dio paso a la ocupación por definir de inmediato los caminos para acercarse al futuro gobierno, aun manteniendo la percepción de que la presidenta electa era una copia fiel de su antecesor.
La desconfianza que por mucho tiempo habitaba en la mente de muchos miembros de la comunidad empresarial, si bien persistía, empezó a ser acompañada por una sensación de sorpresa en los primeros días de diciembre. Poco después de la toma de posesión de Claudia Sheinbaum, la percepción empezó a cambiar. Los teléfonos de muchos empresarios comenzaron a sonar y la programación de citas se intensificó, y con ello se registraron las primeras muestras de interés de muchos funcionarios públicos por entender el estado que guardaba la agenda económica y los caminos que podían tomarse para su atención y/o solución. Algo impensable.
Así, lo que no existió un sexenio atrás, tuvo lugar en el preludio del actual. Durante las primeras cuatro semanas de la administración de la Presidenta Claudia Sheinbaum se multiplicaron las llamadas de consulta por parte de servidores públicos hacia líderes empresariales y a partir de las primeras reuniones algo empezó a llamar la atención: la preparación con la que llegaban los servidores públicos, la toma de notas y el seguimiento a los acuerdos.
Ahora, a lo largo de estos meses, ha quedado ya claro que sí hay una diferencia sustancial en términos de la interlocución de este gobierno con el anterior. A raíz del amargo sabor que dejó el sexenio pasado, la molestia no se ha ido, persiste por las formas que profesan algunos servidores públicos y legisladores del Congreso afines a la autollamada Cuarta Transformación, pero cada vez más hay un reconocimiento de que la apertura sí se está manifestado, aunque la duda gira en torno a saber hasta dónde esta apertura se traducirá en acciones concretas.
Nombres: Antonio Martínez Dagnino, jefe del Servicio de Administración Tributaria, sostiene la postura que exige el cargo; por lo tanto, no es un funcionario que muestre mucha apertura hacia los empresarios. Por su parte, Julio Berdegué Sacristán, secretario de Agricultura y Desarrollo Rural, no es una persona fácil y está muy casado con sus ideas, lo que provoca mucha inquietud en algunos representantes del sector privado; mientras que en el Poder Legislativo es donde aún gravitan las maneras y narrativas que florecieron durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Los cambios se están registrando fundamentalmente en la Secretaría de Economía, a cargo de Marcelo Ebrard. En los hechos, por ejemplo, algunos trámites para el cumplimiento de importaciones y exportaciones estaban atorados, y ahora empiezan a tener una velocidad distinta. Al mismo tiempo, los contactos con las cabezas de la Guardia Nacional para encontrar mecanismos que permitan contrarrestar los impactos del robo al transporte y los delitos cibernéticos, ya se están afinando.
De acuerdo con testimonios recabados con empresarios que han sido parte de estas conversaciones, el mensaje entrelíneas que se desvela es el reconocimiento por parte del sector público a un fenómeno que, para el gobierno anterior, resultaba inconcebible aceptar: no es posible enfrentar los grandes desafíos del país con la sola voluntad de las autoridades; el acompañamiento y contribución de otros actores, sin condicionamientos, es la única manera de mejorar las circunstancias.
En este momento, hay dos factores que están provocando el cambio de animosidades: el ‘Plan México’ y los inminentes pleitos comerciales con la administración encabezada por Donald Trump.
Durante la reciente presentación del ‘Plan México’, Claudia Sheinbaum tuvo un gesto que, para muchos de los empresarios que asistieron al Museo de Antropología e Historia, fue muy gratificante: bautizar dicho plan como un primer borrador, con lo que deslizó la invitación para que los empresarios fueran parte del proceso de cambios y sugerencias. La buena actitud de trabajar en equipo y la humildad de reconocer que el ‘Plan México’ es perfectible fueron señales muy bien recibidas.
En los discursos oficiales, se dijo que el ‘Plan México’ era un instrumento inédito, que no solo se había elaborado en las oficinas públicas y que significaba un trabajo de buena fe y de compromiso por México. La Presidenta de la República mencionó que dicho plan reflejaba una visión de desarrollo y de largo plazo para el país, equitativa, sustentable, de crecimiento y bienestar, al margen de las diferencias que se tuvieran.
Por otro lado, la amenaza de aranceles lanzada por Donald Trump está fortaleciendo una postura entre los sectores público y privado: vamos de la mano, la nueva realidad en la relación con Estados Unidos requiere de una preparación muy delicada y profunda pues, si se pretende sustituir la influencia de China en América del Norte, es vital trabajar en conjunto para que México sea tan eficaz y eficiente como China.