En un contexto global donde las tensiones suelen medirse en términos de PIB, inversión extranjera o capacidad militar, el “soft power” —concepto acuñado por Joseph Nye— se refiere a esa capacidad de seducción que tienen las naciones a través de su cultura, sus valores y su creatividad. México, por su historia, diversidad, talento artístico y conexión humana, está especialmente bien posicionado para liderar con esta fuerza silenciosa.
Cultura que cruza fronteras
Vivimos un momento histórico en la relación entre México y Estados Unidos. No solo por la interdependencia comercial (el flujo bilateral de bienes superó los 839,000 millones de dólares en 2024), sino porque la cultura mexicana ha dejado de ser una exportación para convertirse en parte integral del tejido social estadounidense. Esto es algo de lo que Trump no habla y no mide cuando amenaza con aranceles.
Hablo de los más de 63 millones de latinos que viven en Estados Unidos —de los cuales más de 60% son de origen mexicano— y que representan un PIB combinado de 3.2 billones de dólares. Si los latinos en Estados Unidos fueran una nación, serían la quinta economía mundial, de acuerdo con el Latino Donor Collaborative , pero lo que resulta más revelador es cómo esta población está moldeando el futuro: son jóvenes, digitales, biculturales, emprendedores y en muchos casos están orgullosos de su identidad.
Durante el panel, hablamos del eje Austin–Monterrey como un símbolo de esta conexión: dos ciudades creativas, tecnológicas, vibrantes, que demuestran el espíritu de lo binacional. La carretera I-35 no solo transporta mercancías, sino también ideas, arte, empresas y valores. Ahí está el verdadero flujo estratégico del siglo XXI.
Emprendimiento con identidad
Como inversionista, me emociona ver cómo cada vez más startups nacen con esta sensibilidad cultural: soluciones de fintech pensadas para quienes envían remesas a sus familias (Texas es el estado que más remesas envía a México, con más de 16,000 millones de dólares anuales); plataformas educativas bilingües; aplicaciones de salud que entienden la experiencia de un paciente bicultural.
Las empresas no necesitan solo tecnología, necesitan pertenencia. Y la pertenencia se construye con narrativa, con símbolos, con códigos compartidos. Es ahí donde la cultura mexicana tiene un rol transformador. No es casualidad que el crecimiento de negocios propiedad de latinos esté triplicando el de negocios no latinos en Estados Unidos. Estamos ante una revolución empresarial con raíces culturales profundas.
Diplomacia cultural 2.0
“Poder Suave” fue un ejercicio de diplomacia cultural, pero también una provocación: ¿qué pasaría si México decidiera invertir estratégicamente en proyectar su identidad cultural con el mismo ímpetu con el que promociona su industria automotriz o su nearshoring? Claro que lo hemos hecho de varias formas, por ejemplo la institucionalización del guacamole como la comida básica en el Super Bowl, pero podríamos ser aún más estratégicos.
Porque sí, estamos viviendo un boom de relocalización industrial, y México es pieza clave en esa tendencia. Pero si queremos que esta oportunidad sea sostenible, debemos entender que la competitividad no es solo eficiencia logística, también es narrativa, percepción, conexión emocional. Las fábricas atraen capital. La cultura construye relaciones profundas y emocionales.