Y cuando todo se interpreta en clave personal, no necesariamente aparece más madurez emocional. Muchas veces, lo que emerge es otra cosa, fragilidad con discurso sofisticado.
No hablo desde la distancia. Yo también he leído mails secos como desprecio, he revisado compulsivamente las reacciones a un post, he sentido que una crítica técnica cuestiona mi identidad. No escribo desde la inmunidad, sino desde la incomodidad de reconocer un patrón que no es solo mío, sino cultural; y que hoy atraviesa equipos, líderes y organizaciones enteras.
Esta dinámica no aparece igual en todas partes, pero es evidente en ciertos entornos: empresas jóvenes, altamente digitalizadas, con fuerte exposición a redes sociales y un relato permanente de “autenticidad emocional”. Ahí empieza a borrarse la línea entre la expresión legítima de lo que sentimos y una forma de narcisismo disfrazado de sensibilidad.
Podemos llamarlo tiranía del ego; una configuración emocional donde cada fricción se sobreinterpreta como agravio, cada límite como violencia y cada omisión como señal de exclusión. No es simple inseguridad. Es una lógica en la que el “yo” se vuelve centro absoluto de interpretación: si me dolió, entonces alguien me lo hizo; si me incomodó, el sistema está contra mí.
Esto no significa que toda incomodidad sea exageración ni que los reclamos emocionales deban ignorarse. Hay experiencias reales de acoso, exclusión, discriminación y maltrato sistémico que no solo deben ser escuchadas, sino atendidas con cambios estructurales. Pero también hay situaciones donde lo que está en juego no es una injusticia, sino una sobrecarga del yo.
Pensemos en dos escenas muy distintas:
- Caso legítimo: una mujer afrodescendiente señala que es sistemáticamente interrumpida en reuniones y que sus ideas solo se validan cuando otro las repite. Eso habla de sesgos, poder y estructura.
- Caso narcisista: un gerente se queja de sentirse “desplazado” porque no lo mencionaron en un comunicado interno, aunque no tuvo nada que ver con el proyecto anunciado.
Ambos viven emociones reales. Pero una situación exige transformación organizacional. La otra, autocrítica personal.
Este matiz se ha ido perdiendo porque la narrativa dominante nos enseñó que toda herida es sagrada. La cultura del “mi historia, mi herida, mi verdad” fue necesaria frente a décadas de silenciamiento en el mundo laboral. Pero mezclada con algoritmos, autoayuda exprés y culto al branding personal, ha generado un efecto colateral: hipersusceptibilidad que dificulta el conflicto, inhibe el feedback y reduce la capacidad de sostener tensiones sin convertirlas en drama.
La evidencia apunta en esa dirección: distintos estudios han encontrado asociaciones significativas entre el uso intensivo de redes sociales, la comparación constante y el aumento de síntomas de ansiedad y depresión. Otros muestran cómo las dinámicas de autopromoción en redes pueden activar o reforzar rasgos narcisistas, incluso en personas que no los tenían marcados de inicio.
En el liderazgo, esto se traduce en comportamientos que erosionan la cultura:
- Confundir feedback con ataque. Un VP recibe una crítica sobre métricas de retención y responde: “Siento que no confían en mí”. A partir de ahí, el equipo empieza a callar datos incómodos para “no herirlo”.
- Construir culturas centradas en la queja. Lo que empezó como un reclamo legítimo por bienestar se convierte en un entorno donde cualquier incomodidad se declara injusticia y cualquier fricción, microtrauma.
- Perder lectura de contexto. Cuando todo se filtra por “cómo me pega a mí esto”, se pierde de vista lo que pasa afuera: mercado, reguladores, clientes, competencia.
La paradoja es clara, en nombre del cuidado emocional, debilitamos la resiliencia organizacional. En lugar de conversar con la realidad para transformarla, la evitamos, la edulcoramos o la reducimos a conflicto interpersonal.
De fondo hay una distinción que el liderazgo debería recuperar con urgencia:
- Autoconciencia es observar lo que siento, identificar mis patrones y decidir con responsabilidad.
- Autoabsorción emocional es convertir cada emoción en evidencia de que el mundo me debe algo.
Una cosa es preguntarte: ¿qué me está diciendo esto sobre mí?
Muy otra es concluir, si me duele, alguien me lo hizo.