La comparación es incómoda, pero necesaria. Mientras Estados Unidos automatiza centros de distribución, integra IA para planificación de inventarios y optimiza el transporte en tiempo real, México sigue operando con un parque vehicular fragmentado, altos costos de combustible y brechas evidentes en infraestructura carretera y de almacenamiento. El resultado es conocido: el transporte puede representar hasta 35% del costo final de exportación, muy lejos del 9% que exhiben las economías avanzadas. No es un problema de talento ni de ubicación geográfica. Es un problema de modelo.
Aquí aparece una verdad que suele incomodar a los tomadores de decisión: la competitividad logística ya no se gana únicamente con carreteras, puertos o más camiones. Se gana con plataformas. En América Latina, cerca del 40% de las empresas logísticas aún operan de manera reactiva, con baja adopción tecnológica. Esto no solo encarece la operación, también desperdicia capacidad instalada. Camiones vacíos, rutas mal optimizadas, tiempos muertos invisibles para el sistema. Todo eso es costo oculto que termina pagando el país completo.
Los números respaldan esta intuición. El Banco Interamericano de Desarrollo estima que la digitalización de las cadenas de suministro puede reducir los costos logísticos entre 10% y 20% en mercados emergentes. Eso, llevado a escala nacional, equivale a miles de millones de dólares liberados para inversión, salarios o innovación. No es eficiencia marginal; es una reconfiguración de competitividad.
La evidencia internacional va aún más lejos. En China, Full Truck Alliance integró asignación de cargas, servicios financieros y seguros en una sola plataforma. En 2024, superó los 1,400 millones de dólares en ingresos derivados de soluciones digitales de transporte. El mensaje es claro: la logística basada en datos no solo reduce costos, crea nuevos modelos de negocio. México, por su cercanía con Estados Unidos y su integración al T-MEC, tiene acceso privilegiado a tecnologías de clase mundial. La ventaja existe; lo que falta es velocidad de adopción.
Pero sería ingenuo pensar que todo se resuelve con software. La transformación logística es, ante todo, un desafío de coordinación. Requiere interoperabilidad entre sistemas, estándares compartidos y, sobre todo, gestión del cambio. El subsector de transporte y almacenamiento ya aporta más del 6% del PIB nacional y crece por encima del promedio de la economía, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. El potencial está ahí, pero sigue fragmentado en silos operativos, regulatorios y culturales.
Aquí el rol del Estado no es competir con el mercado, sino habilitarlo. Digitalizar trámites, promover estándares de datos y acelerar la capacitación de operadores es tan importante como construir infraestructura física. La logística del siglo XXI es híbrida: concreto y código, asfalto y algoritmos. Países que entienden esta ecuación avanzan más rápido; los que no, quedan atrapados en cuellos de botella cada vez más costosos.