Durante años, la salud mental fue tratada como un beneficio accesorio. Hoy, al menos en el discurso, se reconoce como un factor estratégico. Sin embargo, basta observar la operación cotidiana para encontrar en algunas empresas la contradicción: organizaciones que promueven el bienestar mientras mantienen cargas de trabajo insostenibles, liderazgos que premian la disponibilidad permanente y culturas donde pedir apoyo sigue interpretándose como debilidad.
Si bien es un tema que creció orgánicamente a lo largo del siglo XXI, la atención al bienestar emocional de las personas alcanzó dos momentos importantes en México. El primero desde el punto de vista regulatorio, cuando se aprobó la NOM-035 en 2018, que establece los elementos para identificar, analizar y prevenir los factores de riesgo psicosocial en el trabajo. El segundo llegó en 2020, cuando el aislamiento por la pandemia nos cambió a todos el centro de atención, para preocuparnos sobre el ánimo de cada persona en el equipo.
Las empresas que aprovecharon estas señales para trabajar realmente en la salud mental de sus colaboradores han aprendido que cuidar el estado emocional de las personas es un componente estratégico para conseguir una organización resiliente. Y estoy convencida, que esta visión debe ser parte de nuestra oferta humana y salario emocional como empleador. Hoy, hablar de salud mental en el trabajo es hablar directamente de impulsar la productividad, compromiso y retención de talento.
Los datos externos confirman la urgencia de este enfoque. Según Wellhub, el 55% de los empleados en México y el 47% a nivel global consideran que el estrés laboral es la principal causa de problemas de salud mental. Adicionalmente, la Guía de Bienestar Integral 2025 de Edenred México identificó que solo tres de cada 10 colaboradores perciben un bienestar emocional adecuado
Integrar la salud mental a la estrategia de talento no significa sumar beneficios, sino revisar decisiones estructurales: cómo se definen los objetivos, cómo se lideran los equipos y qué comportamientos se premian. Implica aceptar que el bienestar emocional no siempre es compatible con metas agresivas mal diseñadas y que, en algunos casos, exige renunciar a resultados de corto plazo para sostener la organización en el largo plazo.
Por ello, tenemos el gran reto de seguir diseñando entornos que promuevan el equilibrio, la escucha y la empatía, reconociendo que detrás de cada resultado hay personas con historias, retos y aspiraciones. La diversidad del equipo, la apertura a todo tipo de talento y la flexibilidad en los esquemas de trabajo son también formas de impulsar esta cultura. Cada colaborador contribuye a esta evolución personal y emocional, haciéndola un elemento dinámico que nos involucra a todos.
Complementando la creación de entornos emocionalmente favorables, las empresas han encontrado en las herramientas tecnológicas aliadas valiosas, pues permiten ofrecer acompañamiento psicológico profesional y confidencial. Más allá de su función terapéutica, su uso envía un mensaje claro: que en la organización todas las personas importan.
El verdadero reto no es pasar de la intención a la acción, sino de la acción simbólica a la transformación cultural. Las organizaciones que han avanzado en este camino han entendido que el bienestar emocional no compite con la productividad; compite con la improvisación, el desgaste crónico y la rotación silenciosa. Un colaborador emocionalmente sostenido no solo permanece más tiempo, también piensa mejor, decide mejor y se compromete de forma más genuina.