Reafirmar el nuevo reparto del poder mundial en zonas de influencia entre Estados Unidos, Rusia y China constituye su vector principal. No es casual que de manera paralela se advirtiera que en la Cumbre de Alaska y en las recientes conversaciones diplomáticas destinadas a poner fin a la guerra Rusia-Ucrania -celebradas en Ginebra, Doha, Miami y otras ciudades del mundo- se disputará el futuro de Maduro y el de Venezuela. Inclusive, trascendió en la prensa el doble papel de Marco Rubio como halcón en Venezuela y paloma en Ucrania.
Como lo señaló el congresista republicano Carlos Giménez, Venezuela dejará de ser refugio para grupos y naciones extranjeras que operaban bajo el paraguas del chavismo, en alusión a cubanos, chinos, rusos, norcoreanos y miembros de Hezbolá. Ello anticipa el giro estratégico de la política exterior venezolana, ahora bajo la tutela de Washington, a propósito de desarmar la presencia de estos actores que suponen una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos y sobre todo en su patio trasero. Venezuela como plataforma de potencias extranjeras anti-Estados Unidos expone la lucha global y encarnizada entre Washington y sus enemigos.
En este contexto, derribar la arquitectura criminal y financiera de los cárteles no responde únicamente a una lógica de combate al delito, sino a la necesidad de impedir que estas redes financien, empoderen y redistribuyan recursos ilícitos hacia países adversarios de Estados Unidos. Estrangular la arteria venezolana se inserta, además, en el objetivo estratégico de propiciar el anhelado cambio político en Cuba. Romper el eje Caracas–La Habana se antoja indispensable dentro del pensamiento de Marco Rubio, el súperministro, Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional, hijo de inmigrantes cubanos.
El mensaje para América Latina es implacable y contundente: Trump no tolerará injerencia de potencias extracontinentales en el hemisferio. “América para los americanos” deja de ser consigna histórica para transformarse en doctrina operativa. Con ella, se abre una nueva época intervencionista con injerencias militares, gobiernos tutelados y operaciones abiertas y encubiertas con base en la política de los negocios jugosos, diplomacia transaccional y el botín extractivista: la amalgama alineada a los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Venezuela es un nodo clave del crimen organizado trasnacional, a pesar de su rol marginal en el narcotráfico internacional. Sólo el 8% de la cocaína que se transporta de Sudamérica transita por Venezuela. No obstante, ahí operan los cárteles, las megabandas criminales y los poderosos grupos ligados al Estado y a los militares. Venezuela es cuna de mafias integradas, grupos paramilitares y remanentes de guerrillas -como colectivos del ELN-, sostenidos por una economía paralela basadas en los negocios ilícitos y minería ilegal.