Durante décadas nos dijeron que el compromiso laboral era sinónimo de entrega total: jornadas largas, disponibilidad permanente y carreras ininterrumpidas bajo la misma empresa. Ese fue el modelo que moldeó a generaciones enteras. Pero hoy, en medio de transformaciones aceleradas, desde la Inteligencia Artificial hasta el trabajo híbrido, ese pacto silencioso empezó a romperse.
El trabajo ya no es el centro de la vida y las empresas que no lo entiendan perderán talento
Y no por falta de ganas. Las personas siguen queriendo comprometerse con su trabajo. Lo que dejó de funcionar es la idea de que ese compromiso debe venir a costa de todo lo demás.
Esta es una de las conclusiones más claras del estudio internacional “Las nuevas reglas del compromiso”, realizado por Pluxee con apoyo de Ipsos, que escuchó a más de 8,700 empleados en 10 países para entender cómo viven realmente el trabajo. Y el mensaje es contundente: el compromiso sigue ahí… solo que ahora es más selectivo, más consciente, más humano y medido.
El mito del “todo por la empresa” se quedó atrás
Según la investigación, el 71% de los empleados ya no ve el trabajo como el centro de su vida. Eso no significa desinterés; al contrario, el 83% afirma que ama o le gusta su empresa. Lo que cambió es la forma de relacionarse con ella.
Hoy, las personas quieren hacer bien su trabajo sin renunciar a las otras dimensiones que les dan sentido: la familia, los amigos, el descanso, la comunidad, los hobbies, incluso el simple derecho a no estar disponible.
A esta nueva forma de involucrarse la llaman Compromiso Medido. No es tibieza. Es sostenibilidad. Es entender que la energía no es infinita y que el trabajo, para ser significativo, no puede acapararlo todo.
No existe un solo tipo de empleado comprometido
El estudio clasifica ocho perfiles de compromiso. Desde los más volcados en la carrera hasta quienes priorizan la comunidad o su vida personal. Los hay orientados al propósito, los hay prácticos, los hay leales, los hay desapegados. Y todos son válidos.
La clave está en algo que, como sociedad, siempre evitamos reconocer: el compromiso no es estático. Cambia con la vida.
Un padre reciente ajusta prioridades. Una persona de 25 años busca crecimiento. A los 40 tal vez se quiere más tiempo. A los 55, significado. Nadie mantiene la misma intensidad, la misma motivación, ni la misma disponibilidad durante décadas. Y, aun así, durante mucho tiempo, les pedimos a las personas exactamente eso.
El tiempo, y este es otro hallazgo poderoso, se volvió la moneda más valiosa del bienestar. Más valiosa, incluso, que el salario en algunos casos. “Tener tiempo para mí” aparece como uno de los principales impulsos de una vida plena.
El nuevo contrato emocional del trabajo se basa en la reciprocidad: si el compromiso es una elección, la verdadera pregunta es qué hace que una persona decida invertir su energía en una empresa. El estudio revela que esa decisión depende de tres factores esenciales: beneficios que realmente importan y no soluciones genéricas, relaciones humanas genuinas en lugar de discursos vacíos, y oportunidades de crecimiento auténticas, no simples promesas. Cuando estos elementos se cumplen, el compromiso florece; cuando no, se diluye.
Es una ecuación sencilla: cuando las empresas invierten en las personas, las personas invierten en su trabajo. Cuando no, el compromiso se fragmenta, se enfría o simplemente se redistribuye hacia otras áreas de la vida.
La conclusión del estudio es, a mi juicio, la más transformadora de todas: las empresas deben dejar de tratar a todos sus colaboradores como si fueran iguales.
Ya no basta con beneficios estándar. Tampoco con políticas rígidas que no consideren etapas de vida o prioridades individuales. Hoy se necesita flexibilidad. Personalización. Capacidad de adaptar la experiencia laboral a lo que cada persona realmente necesita.
Porque no se puede pedir el mismo nivel de compromiso a quien cuida a un adulto mayor que a quien acaba de empezar su carrera. Ni esperar que un empleado remoto tenga las mismas necesidades que alguien que trabaja en oficina. Ni creer que todos buscan lo mismo solo porque comparten un puesto. La diversidad no solo es cultural o generacional: es vital.
En un mundo donde el trabajo dejó de ser el centro absoluto de la vida, las organizaciones que entiendan este cambio serán las que logren atraer, retener y motivar a sus colaboradores. Las que no, seguirán preguntándose por qué su gente “ya no se compromete como antes”.
La respuesta es sencilla: sí se comprometen. Solo que ahora lo hacen de forma más inteligente, más equilibrada y fiel a lo que realmente son.
Y, francamente, eso es algo que deberíamos celebrar.
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Nota del editor: Rodolfo Caraccioli Elvir es Director de Marketing Pluxee México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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