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Cuando la geopolítica encarece la economía global

La fragmentación del orden internacional no elimina la cooperación, la vuelve más selectiva, más condicional y significativamente más costosa.
mar 03 marzo 2026 06:06 AM
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Los mercados no esperan a los cierres efectivos: reaccionan a expectativas creíbles de disrupción, incluso cuando los escenarios más extremos no se materializan, apunta Fernanda Vidal-Correa. (Foto: AFP )

Los reportes sobre la pérdida súbita del liderazgo político en Irán, como resultado de los bombardeos por parte de Estados Unidos e Israel, marcan un punto de inflexión con implicaciones que van mucho más allá de la coyuntura militar. No se trata únicamente de un episodio de escalada regional, sino de un acontecimiento que revela hasta qué punto el sistema internacional está atravesando una fase de tensión estructural.

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Este tipo de quiebre introduce una incertidumbre cualitativamente distinta porque altera los supuestos básicos sobre continuidad institucional, previsibilidad de decisiones y la capacidad del Estado para contener y modular conflictos. No es lo mismo una fase prolongada de tensión que un evento que pone en duda la arquitectura misma de autoridad y sucesión dentro de un Estado clave para el equilibrio regional. Desde una perspectiva económica, este tipo de quiebre tiende a transformar riesgos transitorios en riesgos persistentes, que se incorporan de manera estructural a los precios, al crédito y a las decisiones de inversión.

Históricamente, el Estrecho de Ormuz ha sido uno de los nodos geopolíticos más sensibles del sistema internacional. Por esta franja marítima transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y una porción significativa del gas natural licuado del Golfo. Pero su importancia no reside solo en los volúmenes físicos, sino en la falta de sustitutos inmediatos. En un sistema con escasa flexibilidad de corto plazo, la percepción de inestabilidad política profunda basta para elevar primas de riesgo, encarecer seguros, ralentizar flujos logísticos y aumentar la volatilidad financiera. Los mercados no esperan a los cierres efectivos: reaccionan a expectativas creíbles de disrupción, incluso cuando los escenarios más extremos no se materializan.

El impacto económico es profundo y duradero- sin contar los costos humanos y sociales en la región. Cada episodio añade una capa adicional de fricción al funcionamiento de la economía global. No se trata únicamente de precios del petróleo más altos, sino de lo que puede describirse como un impuesto invisible: costos que no aparecen en los presupuestos públicos, pero que pagan empresas, consumidores y Estados en forma de mayores primas de riesgo, financiamiento más caro, cadenas de suministro menos eficientes y decisiones de inversión postergadas.

Este impuesto invisible opera de manera acumulativa. En el ámbito financiero, los bancos endurecen controles de cumplimiento, elevan exigencias de capital y reducen su exposición a regiones consideradas riesgosas. En el comercio internacional, las aseguradoras incrementan tarifas por “riesgo de guerra”, los transportistas ajustan rutas y los tiempos de entrega se vuelven menos previsibles. En los mercados de capital, los inversionistas exigen mayores rendimientos para compensar la incertidumbre política y geopolítica. Todo esto ocurre incluso si el peor escenario no se materializa: basta la posibilidad creíble de disrupción para que el costo se internalice.

A ello se suma un efecto menos visible, pero igualmente relevante: la reasignación de recursos hacia la gestión del riesgo. Empresas que antes invertían en expansión productiva ahora destinan capital a coberturas financieras, redundancias logísticas y cumplimiento regulatorio. Bancos y aseguradoras fortalecen provisiones y modelos de riesgo. El resultado agregado no es un colapso económico, sino una pérdida de eficiencia sistémica que reduce el crecimiento potencial y encarece el comercio y la inversión internacionales.

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La historia reciente ofrece además una lección relevante para entender esta dinámica. El uso de la fuerza rara vez ha producido transformaciones políticas internas estables o procesos de liberalización sostenidos. Vietnam, Irak o Afganistán muestran que la intervención militar tiende, más bien, a fortalecer aparatos de seguridad, centralizar el poder y debilitar instituciones civiles. Desde una perspectiva económica, esto no es un dato menor: Estados más cerrados, orientados a la lógica de la seguridad y más impredecibles. Esto eleva el riesgo país, encarecen el financiamiento y refuerzan la lógica del impuesto invisible que pesa sobre el comercio y la inversión internacionales.

Lo que este proceso pone de manifiesto es algo fundamental: la economía global no es autónoma respecto del orden político internacional. Por el contrario, depende de él de manera estructural. Las instituciones políticas internacionales —formales e informales— han funcionado históricamente como mecanismos para reducir costos de interacción, estabilizar expectativas y canalizar conflictos dentro de marcos previsibles. Ese entramado institucional no solo cumple una función normativa o diplomática; constituye una pieza central de la infraestructura económica global, tan relevante como los puertos, las rutas marítimas o los sistemas de pago.

Cuando ese entramado se debilita —ya sea por la deslegitimación del derecho internacional, la normalización de acciones unilaterales o la erosión de mecanismos multilaterales—, el impacto se traslada de forma casi automática al ámbito económico. La economía no se “libera” de las reglas: se encarece. Aumentan los costos de transacción, se multiplican las coberturas contra riesgo político y se vuelve necesario inmovilizar más capital para operar en entornos inciertos y menos previsibles.

Existe, en este sentido, una relación de interdependencia simbiótica entre las instituciones políticas y las instituciones económicas y financieras internacionales. Las primeras proporcionan legitimidad, reglas y previsibilidad; las segundas traducen ese marco en flujos de comercio, inversión y financiamiento. Cuando uno de estos componentes se debilita, el otro inevitablemente resiente el impacto. No son dos sistemas separados, sino dos dimensiones de un mismo orden que se sostienen mutuamente.

El Estrecho de Ormuz funciona así como símbolo y mecanismo. Símbolo de la interdependencia energética global, pero también mecanismo de transmisión de la fragilidad institucional hacia precios, crédito y comercio. Cada advertencia, cada represalia, cada duda sobre control político añade fricción. La fragmentación del orden internacional no elimina la cooperación, la vuelve más selectiva, más condicional y significativamente más costosa.

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Al final, el debate no es solo sobre un país o una región, sino sobre el tipo de orden que está emergiendo. Uno donde la gestión de la seguridad se impone aun a costa de la previsibilidad económica, y donde los mercados deben absorber, una y otra vez, el impacto de shocks políticos profundos. El impuesto invisible de este orden no se anuncia ni se legisla. Se acumula. Y en una economía global profundamente interconectada, termina alcanzando a todos.

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Nota del editor: Fernanda Vidal es profesora investigadora de la Universidad Panamericana, Campus México. Doctora en Ciencia Política por el Departamento de Politics de la University of Sheffield. Maestra en Metodologías de Investigación Científica por ese mismo Departamento. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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