La titular del Poder Ejecutivo ha olvidado que la soberanía tiene dos cualidades, primero, es única en el territorio en que se ejerce, y segundo, es excluyente. Esto último parece lo mismo, pero no lo es. El soberano debe combatir decididamente todo intento que tenga como resultado u objetivo el asumir un poder igual al que aquel detenta. Confunde lo que es la autonomía técnica, con aquella cualidad que reside en el pueblo, y del cual dimana todo poder público.
¿Pemex soberano?
El enorme poder de fuego y el ostensible control territorial que ejerce crimen organizado compite siniestramente con el poder formal, incluso, lo hace quedar en ridículo constantemente. Hoy, el dominio efectivo ejercido por los cárteles ha puesto a la burocracia contra la pared, ya que el vecino del norte ha dado un ultimátum, recobras la soberanía, o emprendo cruzada en contra de quienes envenenan a los estadunidenses. Sí, eso es retar sin cortapisa, y de frente, a quien se dice soberano. Es pueril rechazar con palabras tal imputación, debe hacerse con hechos contundentes que despejen toda duda. Entre más se presuma tener soberanía, lo único que queda claro es que se trata de una desesperada explicación no pedida, ante un avasallador cuestionamiento fundado en los hechos.
La saliva es el peor escudo, deja patente la intención de no hacer nada. La sola duda planteada en foros internacionales resultaría ofensiva de no haber evidencia de que grandes porciones del territorio han quedado en manos de los peores intereses, y que es más que evidente que las elecciones, hace años, han tenido la perversa intromisión de quienes han hecho realidad el sueño de Pablo Escobar, esto es, entronar a los cárteles en el poder, volviendo guarida lo que era territorio nacional.
Simplemente se es soberano, no tiene que afirmarlo quien realmente lo es. El hecho de poder someter, humillar, afrentar, afectar y explotar a la población, que se encuentra inerme ante quien a la mala se ha hecho de las instituciones, no es soberanía, sino transitoria imposición. La carta fundamental dice que es el pueblo en quien reside la soberanía, pero eso comenzó a ser letra muerta cuando éste no puede transitar tranquilamente por carreteras, salir de noche, o hacer industria y comercio de su predilección, sin quedar sujeto al cobro de piso. La soberanía existe en los hechos y no en los papeles o en los discursos.
Ahora bien, decir que Pemex tiene a su alcance decisiones soberanas frente a Washington es no tener claro el atolladero en el que la fallida petrolera se encuentra, ya que, sin duda alguna, es lo más parecido a un dócil súbdito del gobierno de las barras y estrellas, y no porque este se haya tomado el atrevimiento de someterla, sino porque la entidad oficial se ha colocado, voluntariamente, en una posición de absoluta sumisión y subordinación ante las autoridades de más allá del Río Bravo, esto, por la vía legal. Son toneladas de formularios en los que aquella expresa su incondicional sumisión.
Petróleos Mexicanos existe mientras el mercado de los Estados Unidos de América lo siga fondeando, y le permita acudir a sus mercados a obtener recursos prestados. Hoy, la acusación de fraude contable que pesa sobre la paraestatal lo pone más que en predicamentos, ya que, sin mucho esfuerzo legal, se puede acreditar que los balances presentados, y las manifestaciones hechas por sus funcionarios, pasaron de ser una mala broma, a un doloso engaño con el ánimo de mantener, forzadamente, la operación de los opacos fideicomisos que concentran los recursos de la regenteadora de nuestro oro negro.
No es un argumento enredado, son varias las felonías en que los funcionarios de Pemex vienen incurriendo, en un mercado complejamente regulado. Es impresionante el nivel de improvisación con el que se conduce su mal denominado Consejo de Administración. Con gran facilidad las autoridades financieras de aquel país pueden poner en suspenso la operación del esperpento que dejó el saliente presidente, quien hizo de la entidad burocrática un elefante en coma. La Auditoría Superior de la Federación fue, reiterada y constantemente, burlada con esos fideicomisos, y jamás entendió lo que ahora parece novedad, sin serlo. El robo de combustible ha venido ocurriendo hace décadas, apoyado en la contabilidad de Deer Park, en la que los secretarios de hacienda, desde hace mucho, hicieron de las suyas. No hay extitular de la dependencia pobre, aunque no trabaje, ni tenga clara fuente de ingresos. Algunos han decidido poner distancia, buscando el olvido, pero sus cuentas son más que abultadas. El Auditor lo sabe, “sirvió” a varios. A diferencia de él, los funcionarios del vecino país, sí saben cómo aparece y desaparece el dinero, y cómo opera una intrincada estructura vaciladora de empresas que son, y no son, filiales, que son, y no son entidades públicas. El robadero de combustible tiene muchos años, pero antes no era operado por trogloditas, ni en los escandalosos volúmenes de los que hoy se tiene noticia, por lo que pasaba de noche.
Si la SEC, el Departamento del Tesoro o el de Justicia dicen salta, Pemex lo más que podrá hacer es preguntar, qué tan alto. Abusaron de la paciencia de quien tiene el pandero, y lo tiene porque ellos se lo entregaron. Los envíos de petróleo a Cuba son un evidente desfalco que debe ser aclarado, ya que se trata de una entidad oficial que no está quebrada por mera ficción legal. Cada dólar así dilapidado pone más cerca a los miembros del Consejo de Administración de estar sentados en el banquillo de los acusados, ya que el mercado negro de pago a proveedores y contratistas es el menor de sus pecados. El grosero trafique de influencias en esa materia, es una especie de derecho de piso que, funcionarios y exfuncionarios, operan, incluso, en agravio de empresas del exterior. Allá lo saben, y ya no están dispuestos a tolerarlo. Hoy se trata de averiguar quién, cínica e impunemente, financió organizaciones declaradas al margen de la ley.
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Las palabras Pemex y soberano no tienen ninguna relación, y pronto sabremos si rinde cuentas en Palacio Nacional, o en la Casa Blanca. El hecho de que el Consejo de Administración no obedezca a la residente de palacio, sino al cacique tropical, no es un acto de soberanía, sino de descarada rebeldía que no tiene otro objetivo que hacerse de lo ajeno. Humanitario es el fin del régimen castrista, y no el regalo inconstitucional de bienes nacionales. No importa que tan añejo sea el acto de infausta prodigalidad, carece de sustento, y, por tanto, debe acabarse, llevando a tribunales a quienes lo promovieron y ejecutaron. Lo hicieron por muchas razones, pero ninguna lícita, destacando el pago de favores de toda índole, incluyendo inconfesadas complicidades que pronto quedarán al descubierto. La industria petrolera tendrá en breve un brusco ajuste, ya que el control de grandes flujos ha cambiado de manos. Pemex debe dejar de ser un barril sin fondo, en el que el dinero público es manejado en contra del interés nacional.
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Nota del editor: Gabriel Reyes es exprocurador fiscal de la Federación. Fue prosecretario de la Junta de Gobierno de Banxico y de la Comisión de Cambios, y miembro de las juntas de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y de la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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