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La economía pendiente del arte

México es un país que asiste al arte, lo admira, lo celebra e incluso se siente orgulloso de su producción artística. Sin embargo, sigue siendo un país que compra poco arte.
mar 03 febrero 2026 06:01 AM
La economía pendiente del arte
Comprar arte implica una relación distinta con el dinero: menos orientada al consumo inmediato y más vinculada al significado, al legado, a la sensibilidad y al pensamiento, considera Sara Cuéllar. (Foto: iStock)

Cada año, durante la Semana del Arte en México, miles de personas recorren ferias, galerías, exposiciones y museos. Las redes sociales se llenan de imágenes de obras, artistas, espacios intervenidos y eventos que celebran la creatividad contemporánea. El arte se vuelve tema de conversación, de fotografía y de presencia. Pero no necesariamente de adquisición.

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México es un país que asiste al arte, lo admira, lo celebra e incluso se siente orgulloso de su producción artística. Sin embargo, sigue siendo un país que compra poco arte. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, revela algo profundo sobre nuestra relación con la creatividad, el valor cultural y el dinero.

Porque mirar arte no es lo mismo que invertir en él.

Comprar arte no es un gesto decorativo. Es una declaración de principios. Es reconocer que la creatividad tiene un valor tangible, que merece habitar espacios privados, que forma parte de la vida cotidiana y no solo de la experiencia museística o del evento social.

En países con una cultura artística más arraigada, el coleccionismo no está reservado únicamente a grandes fortunas. Existe una verdadera democratización en la compra de obra: personas que destinan parte de su presupuesto a adquirir piezas de artistas emergentes, a convivir con el arte en sus hogares, a integrar la creación contemporánea en su entorno diario.

En México, en cambio, el arte aún se percibe como un lujo lejano, como algo aspiracional, exclusivo o inaccesible. Incluso en sectores con poder adquisitivo, la inversión suele dirigirse primero a objetos de estatus más reconocibles —autos, viajes, moda, tecnología— antes que a una pieza artística.

No es un problema de capacidad económica. Es un problema de cultura de valor.

Porque comprar arte implica una relación distinta con el dinero: menos orientada al consumo inmediato y más vinculada al significado, al legado, a la sensibilidad y al pensamiento.

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También implica educación visual. Entender que una obra no se compra solo porque “combine con la sala”, sino porque representa una postura, una narrativa, una visión del mundo.

Quizá por eso la Semana del Arte logra algo extraordinario durante unos días: acerca el arte al público general, lo vuelve visible, accesible, fotografiable. Pero esa cercanía rara vez se traduce en un hábito sostenido de adquisición.

El arte se convierte en experiencia, pero no en patrimonio personal. Y ahí es donde aparece la gran brecha.

Porque mientras no exista una verdadera democratización en la compra de arte, la creatividad seguirá orbitando alrededor de élites culturales y económicas, en lugar de integrarse de manera natural a la vida cotidiana de más personas. Un país que no compra arte es un país que aún no termina de reconocer el valor económico de su propia creatividad.

Y eso tiene consecuencias que van más allá de las galerías.

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Tiene que ver con cómo valoramos a nuestros artistas, cómo entendemos la cultura como industria, y cómo construimos una relación entre sensibilidad y economía. La pregunta no es cuánta gente asiste a la Semana del Arte.

La pregunta es cuánta gente, después de recorrerla, decide que el arte merece un lugar permanente en su vida.

Porque admirar el arte es un gesto cultural.

Pero comprarlo es un acto de convicción.

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Nota del editor: Sara Cuéllar es Consultora Senior en Comunicación y Directora General de su propia agencia de RP y columnista. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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