México tiene frente a sí una oportunidad real de convertir la reindustrialización y la integración regional en crecimiento sostenido. El Plan México apunta en esa dirección. Sin embargo, hay una condición habilitante que suele pasar a segundo plano en el debate público y que resulta decisiva para que ese objetivo se materialice: la disponibilidad de insumos críticos, en particular los minerales.
Encadenamientos productivos: por qué la minería define la competitividad industrial de México
La razón es simple. No hay manufactura moderna sin una base material sólida. Los minerales están presentes en cables, motores, acero, electrónica, fertilizantes, infraestructura y tecnologías asociadas a la transición energética. Asegurar su producción permite reducir importaciones evitables, dar certidumbre a la inversión y sostener cadenas productivas con mayor contenido nacional. Cuando los insumos están disponibles, las empresas invierten, modernizan plantas y expanden capacidad. Cuando no lo están, la economía se vuelve dependiente del exterior casi por inercia.
El estudio elaborado en el CIDE confirma que la minería no es una actividad aislada ni primaria en el sentido clásico. Más del 90 % de las exportaciones mineras mexicanas hacia Estados Unidos ya están incorporadas en procesos manufactureros, desde el beneficio hasta la tranformación en algunos casos. Es decir, los minerales mexicanos forman parte de cadenas de valor con transformación industrial. El reto no es iniciar esos encadenamientos, sino profundizarlos, de modo que más eslabones y más valor agregado permanezcan en el país.
Aquí entra el concepto de encadenamientos productivos. La minería se conecta con 192 ramas de la economía mexicana. De ellas, 123 utilizan insumos mineros y 26 proveen bienes y servicios esenciales para la operación. Su impacto es sistémico y territorial. Se expresa en empleo, en proveedores locales y en capacidades productivas distribuidas en distintas regiones del país.
Cuando esa red funciona con eficiencia, los efectos se multiplican. Una mejora del 10% en la eficiencia técnica de la cadena minero-metalúrgica se traduce en mayor producción, 84,000 empleos adicionales y un aumento relevante de la recaudación fiscal. Pequeñas mejoras en insumos críticos generan impactos significativos a lo largo de toda la estructura productiva, con beneficios que se extienden más allá del propio sector.
Este mecanismo es clave para entender por qué garantizar minerales no es solo un asunto sectorial, sino una decisión de política económica e industrial. Con insumos propios, México puede fabricar más dentro de su territorio, avanzar en etapas intermedias y finales de producción.
La integración regional también se fortalece cuando existe una proveeduría estable. México, además de abastecer a las mencionadas 123 indusrtias en el país, exporta productos minero-metalúrgicos que alimentan cadenas industriales estratégicas en América del Norte. La pregunta relevante no es si México debe participar en esas cadenas, sino como podemos impulsar a la minería responsable para fortalecer nuestro rol en este bloque. Con una base minera sólida, el país puede consolidarse como un eslabón central en cadenas resilientes, con mayor densidad productiva y capacidad de innovación.
Una política industrial efectiva no se construye solo con incentivos a la manufactura final, sino asegurando sus insumos base y condiciones para que el valor agregado se produzca en México. Aprovechar la capacidad minera del país no es una concesión sectorial. Es una decisión estratégica para la productividad, la inversión y el desarrollo de largo plazo. Si el objetivo es más crecimiento, más empleo formal y más contenido nacional, la base material importa. Y en esa base, la minería ocupa un lugar central.
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Nota del editor: Rodrigo Aliphat es Profesor Investigador del CIDE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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