Las ventas internacionales de mercancías permitieron compensar la debilidad de otros motores del crecimiento en México y sostuvieron buena parte de la actividad económica del país, mientras que el consumo interno experimentó enfriamientos y la inversión privada avanzó con cautela.
Entre el entorno global adverso y las presiones inéditas que experimentamos durante el año, este superávit comercial habla de una economía que está encontrando un ancla de estabilidad en su inserción internacional.
Detrás de ese 0.7% hay una realidad más compleja. Las exportaciones mexicanas no crecieron por un solo factor, sino por una combinación de integración regional, capacidad productiva instalada y la decisión de empresarias y empresarios de mantener sus cadenas de suministro activas, incluso bajo condiciones menos favorables. Les reconozco su valentía.
Sectores como el automotriz y la manufactura, así como algunos segmentos de la agroindustria, siguieron empujando el comercio, aun cuando enfrentaban mayores costos logísticos, plazos de pago más largos y escrutinio regulatorio más riguroso. Este desempeño también confirma algo que he observado en años recientes: la economía mexicana es cada vez más sensible a lo que ocurre fuera de sus fronteras.