Mientras si algunos siguen discutiendo si los estados deben o no tener presencia internacional, la realidad es que las decisiones económicas más importantes ya se están tomando en circuitos globales donde las regiones que no están sentadas a la mesa no cuentan.
Cuando las regiones se vuelven actores globales
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Hoy los grandes temas que definen nuestro futuro (el cambio climático, la migración, la relocalización de las cadenas productivas, la competencia por inversión, la revolución tecnológica o las tensiones geopolíticas) no se resuelven desde un solo escritorio ni desde una sola capital. Se juegan, cada vez más, desde los estados. Las regiones compiten, cooperan y se posicionan por necesidad.
En ese contexto, la acción internacional de los gobiernos estatales dejó de ser un gesto protocolario para convertirse en una herramienta concreta de desarrollo: atraer inversión, abrir mercados, fortalecer el turismo, traer cooperación técnica, intercambias políticas públicas que funcionan y proyectar a las entidades en un entorno global cada vez más exigente.
Por eso es relevante lo que hoy ocurre en la Asociación Mexicana de Oficinas de Asuntos Internacionales (AMAIE). No como un espacio simbólico, sino como un mecanismo práctico para ordenar, profesionalizar y darle rumbo estratégico a la internacionalización de los estados.
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Que Nuevo León asuma su presidencia para el periodo 2026-2027 no es un dato anecdótico. Es una responsabilidad institucional con un objetivo claro: que la acción de las entidades tenga método, capacidades instaladas y resultados medibles. La apuesta es sencilla pero ambiciosa: dejar atrás la improvisación y convertir la internacionalización en política pública. Con prioridades claras, con instrumentos técnicos y con evaluación de impacto.
Por esta razón, se elaboraró una agenda con seis ejes muy concretos: fortalecer capacidades institucionales, construir alianzas estratégicas, ganar presencia en espacios multilaterales, impulsar la paradiplomacia migratoria, desarrollar nuevas diplomacias (cultural, deportiva, científica y ambiental) y dar visibilidad al trabajo que ya realizan los estados.
Esto no se queda en discursos. Se traduce en decisiones prácticas: profesionalizar equipos con un diplomado en la UNAM, establecer una agenda permanente de capacitación y construir una matriz de buenas prácticas internacionales para traer soluciones probadas a los problemas locales.
En el plano estratégico, por el momento no podría ser más oportuno. La revisión del T-MEC, una agenda directa con Washington y la organización de un encuentro trinacional de gobiernos subnacionales rumbo al Mundial 2026 abren una ventana única. Porque el Mundial no es sólo futbol: es proyección internacional, turismo, inversión y posicionamiento, si se trabaja con visión y coordinación. A esto se le suma el fortalecimiento de vínculos con organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe o el Sistema de Naciones Unidas. No por prestigio, sino por resultados: proyectos concretos, cooperación y oportunidades reales para las regiones.
En un mundo cada vez más fragmentado e incierto, la cooperación vuelve a ser un activo estratégico. Y hoy esa cooperación puede y debe construirse también desde los estados. México no va a competir mejor cerrando su mirada al centro. Va a competir mejor cuando entienda que su fuerza también está en sus regiones: en su capacidad de colaborar entre si y de proyectarse al mundo con inteligencia, estrategia y visión de largo plazo.
Pensar globalmente desde lo local ya no es un eslogan. Es, simplemente, una condición para el desarrollo.
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