Publicidad
Revista Digital
Publicidad

La atención como moneda en la era de la postmodernidad

Comunicar hoy está al alcance de todos, lo malo es que no todos lo hacen con responsabilidad, lo que da lugar a una democratización del discurso que no exige filtros ni jerarquías claras.
jue 12 febrero 2026 06:01 AM
La información sobre las elecciones judiciales en redes y las burbujas digitales
Las relaciones humanas están migrando a las plataformas, la gente se conoce a través de Instagram o eligen a sus parejas por medio de Bumble, las conexiones físicas entre las personas se están perdiendo. La tecnología avanza y nosotros nos adaptamos a ella, pero… ¿hasta qué punto es sano? (iStock)

En la actualidad no hay nadie que no tenga al menos una red social. Tener un perfil en línea se ha vuelto un requerimiento indispensable que, incluso, puede llegar a influir en la credibilidad que tenemos frente a los demás. ¡Hasta los abuelos tienen Facebook! Es chistoso, las generaciones más chicas nacen con cuentas preestablecidas por sus padres que cuentan incluso con publicaciones de sus ultrasonidos o el proceso de decoración de sus habitaciones; y naturalmente comienzan a consumir contenidos digitales desde bebés porque es una forma “fácil” de entretenerlos hasta el momento en el que son capaces de sostener los aparatos por sí mismos.

Publicidad

Los humanos, por naturaleza, buscamos tener el control en todo lo que hacemos. Esta necesidad se vincula directamente con los principios de la postmodernidad, ya que surge en un contexto marcado por la crisis de certezas, donde la realidad se percibe como incierta, fragmentada y cambiante. Bajo esta lógica, casi todo es visto como algo susceptible de convertirse en negocio. Muchos viven en función del dinero, con el pensamiento de que “no es lo mismo llorar en un vocho que en un Ferrari”; sin embargo, en la actualidad, el valor ya no se mide solamente en pesos, dólares o euros.

Hoy, la atención se ha convertido en la moneda moderna, lo que da lugar a la llamada economía de la atención y al capital simbólico que esta genera. Siguiendo esta misma idea, lo que se comercializa en el mundo contemporáneo son emociones, estilo de vida, opiniones e incluso causas sociales. La postmodernidad ha permitido empaquetar estos abstractos, construir narrativas atractivas y distribuirlas estratégicamente para llegar de forma efectiva a públicos específicos.

Los corporativos tecnológicos y las plataformas digitales buscan que nos mantengamos conectados de forma activa, recolectando datos que les permiten personalizar cada vez más sus algoritmos. A partir de esto, lucran mediante modelos de publicidad o, en muchos casos, a través de los propios usuarios cuando se presenta la ilusión de que el servicio es “gratis”, lo que genera una dependencia fuerte.

Publicidad

Aquí es en dónde se vuelve necesario preguntarse cuál es el verdadero costo, ya que nada es realmente gratis ¿no? Los usuarios pagan utilizando su atención, su tiempo y su información como moneda de cambio. Esta dinámica provoca que las redes sociales compitan constantemente por captar y retener la atención, a la vez que predicen los comportamientos de las personas e intentan influir en ellas a través del contenido que aparece en sus pantallas. Se trata de una forma de manipulación cotidiana que, en gran medida, consentimos diariamente.

Se dice que “pasamos de la era de la información a la era de la desinformación”. Esto debido a que la aparición de tantos canales de difusión de datos trajo consigo una infodemia y con ella las famosas fake news. Si de por sí estábamos acostumbrados a desconfiar en lo que nos decían, ahora más, ya que cualquiera puede divulgar información que no siempre es certera. Esto refuerza la crisis de la verdad postmoderna, donde las realidades se construyen a partir de interpretaciones, narrativas y discursos subjetivos. Comunicar hoy está al alcance de todos, lo malo es que no todos lo hacen con responsabilidad. Esta situción da lugar a una democratización del discurso que no exige filtros ni jerarquías claras, permitiendo que la información no verificada se propague con la misma fuerza que la sustentada.

Publicidad

Estamos dejando de disfrutar el presente, acostumbrándonos a vivir detrás de una pantalla. Las relaciones humanas están migrando a las plataformas, la gente se conoce a través de Instagram o eligen a sus parejas por medio de Bumble, las conexiones físicas entre las personas se están perdiendo. La tecnología avanza y nosotros nos adaptamos a ella, pero… ¿hasta qué punto es sano?

_____

Nota del editor: Daniella Miyar es CMO de Reeverb. Estratega de comunicación y contenidos, con trayectoria en medios y marcas. Se especializa en convertir temas complejos en historias claras, cercanas y con enfoque social. Síguela en LinkedIn como Daniella Miyar Villalobos y/o escríbele a daniella@reeverb.mx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

Newsletter

Únete a nuestra comunidad. Te mandaremos una selección de nuestras historias.

Publicidad

Publicidad