Los humanos, por naturaleza, buscamos tener el control en todo lo que hacemos. Esta necesidad se vincula directamente con los principios de la postmodernidad, ya que surge en un contexto marcado por la crisis de certezas, donde la realidad se percibe como incierta, fragmentada y cambiante. Bajo esta lógica, casi todo es visto como algo susceptible de convertirse en negocio. Muchos viven en función del dinero, con el pensamiento de que “no es lo mismo llorar en un vocho que en un Ferrari”; sin embargo, en la actualidad, el valor ya no se mide solamente en pesos, dólares o euros.
Hoy, la atención se ha convertido en la moneda moderna, lo que da lugar a la llamada economía de la atención y al capital simbólico que esta genera. Siguiendo esta misma idea, lo que se comercializa en el mundo contemporáneo son emociones, estilo de vida, opiniones e incluso causas sociales. La postmodernidad ha permitido empaquetar estos abstractos, construir narrativas atractivas y distribuirlas estratégicamente para llegar de forma efectiva a públicos específicos.
Los corporativos tecnológicos y las plataformas digitales buscan que nos mantengamos conectados de forma activa, recolectando datos que les permiten personalizar cada vez más sus algoritmos. A partir de esto, lucran mediante modelos de publicidad o, en muchos casos, a través de los propios usuarios cuando se presenta la ilusión de que el servicio es “gratis”, lo que genera una dependencia fuerte.