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¿Denunciarías en tu propia empresa? La pregunta que todo CEO debe hacerse

La evidencia es contundente: el sistema de detección más eficaz es la gente, no el software ni los manuales.
mié 18 febrero 2026 06:04 AM
¿Denunciarías en tu propia empresa? La pregunta que todo CEO debe hacerse
Cuando las investigaciones se diluyen o el mensaje implícito es "gracias por reportar, pero no vuelvas a hacerlo", la empresa no solo pierde información crítica; está entrenando a su talento para guardar silencio, considera José Carlos Ortiz. (Foto: iStock)

El fraude interno no explota; avanza en silencio. Progresa lento y constante mientras los números todavía cuadran y nadie se atreve a hacer preguntas incómodas. Para cuando finalmente se detecta, el daño financiero ya es profundo y la reputación —ese activo que tanto se presume en los informes anuales— está seriamente comprometida.

Aun así, muchas empresas repiten el mismo ritual: más auditorías, más controles y más reportes, como si el problema fuera puramente técnico. Los datos, sin embargo, deberían incomodar a cualquier Comité de Auditoría: según la Association of Certified Fraud Examiners (ACFE), el 43% de los fraudes a nivel global se detectan gracias a denuncias, una cifra que supera por mucho el alcance de las auditorías internas, los controles automatizados o las revisiones de la alta dirección.

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La evidencia es contundente: el sistema de detección más eficaz es la gente, no el software ni los manuales.

Bajo esta premisa, la pregunta relevante no es si la empresa cuenta con una línea ética; hoy, casi todas la tienen. La verdadera interrogante es: ¿alguien se atrevería a usarla? Y si lo hace, ¿esa denuncia llegará realmente a quien debe llegar, o se perderá entre filtros, silencios estratégicos y decisiones que prefieren “no escalar”?

En muchas organizaciones, la línea ética es un objeto decorativo de compliance: existe para cumplir, no para funcionar. Está diseñada para satisfacer a los reguladores, no para proteger a quien levanta la voz. Los colaboradores lo perciben y callan, porque denunciar suele percibirse como un riesgo personal y no como un acto de integridad profesional.

No es paranoia, es experiencia acumulada. Cuando las investigaciones se diluyen o el mensaje implícito es "gracias por reportar, pero no vuelvas a hacerlo", la empresa no solo pierde información crítica; está entrenando a su talento para guardar silencio.

Y el silencio es carísimo. Cada mes que un fraude pasa inadvertido, el impacto crece. Cada semana de inacción aumenta la probabilidad de que el caso derive en una crisis pública. Cuando eso sucede, poco importan las políticas internas: la narrativa será que la organización vio las señales y decidió ignorarlas.

Aquí reside la verdad que pocos líderes enfrentan: el problema no es la falta de denuncias, es la ausencia de confianza. La confianza no se construye con comunicados, sino con garantías, investigaciones rigurosas, protección real al denunciante y la determinación de que nadie es intocable.

Una línea ética funcional no es un simple canal; es un espejo cultural. Refleja si la organización realmente desea saber qué ocurre en su interior o si solo busca la ilusión de control. Las empresas maduras no son las que presumen tener una línea ética, sino las que demuestran que su uso genera consecuencias y transforma la toma de decisiones.

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Para los Consejos de Administración y CEOs, la pregunta final es simple: si tú fueras empleado, ¿denunciarías? Si la respuesta es no, el mayor riesgo no es el fraude, sino la cultura que lo permite. Al final, el fraude no siempre comienza con una gran mentira; a veces, empieza con una verdad que nadie quiso escuchar.

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Nota del editor: José Carlos Ortiz es Socio de Gobierno Corporativo, Riesgo y Cumplimiento de ASG Risk. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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