Desde la consolidación del smartphone como interfaz dominante de socialización, la infancia dejó de habitar únicamente el espacio físico para instalarse en una arquitectura digital permanente. En México, la evidencia más reciente confirma la magnitud de esa transición: 68% de niñas, niños y adolescentes consumen contenidos audiovisuales por internet y plataformas digitales, donde películas, series y videos musicales constituyen el núcleo de su experiencia mediática cotidiana, según la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales 2023 del Instituto Federal de Telecomunicaciones difundida por SIPINNA. No se trata de un cambio marginal en hábitos de entretenimiento; estamos frente a una reconfiguración estructural del entorno de desarrollo, en el que YouTube, TikTok, Facebook, Instagram, entre otras plataformas y los servicios de streaming operan como mediadores constantes de identidad, pertenencia y validación social.
Nuevas realidades entre el 'scroll', el algoritmo y la hiperconectividad
El problema no es la tecnología en sí misma, sino la lógica bajo la cual funciona. Las plataformas digitales no fueron diseñadas como entornos pedagógicos ni como espacios de cuidado, sino como infraestructuras optimizadas para maximizar tiempo de permanencia, interacción y monetización de datos. Cuando casi siete de cada 10 menores consumen contenidos audiovisuales en línea, la pregunta ya no es si están expuestos, sino bajo qué reglas ocurre esa exposición y quién responde por sus efectos acumulativos. La arquitectura algorítmica premia la captura de atención continua, no el desarrollo emocional ni la calidad de las interacciones. En ese entorno, la construcción del autoconcepto se produce bajo métricas de aprobación digital, donde el “like” sustituye progresivamente formas más complejas de reconocimiento social.
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Este debate dejó de ser exclusivamente académico en enero y febrero de 2026, cuando dos escenarios aparentemente distintos convergieron en una misma discusión global. En el Foro Económico Mundial de Davos se llevó a cabo una sesión titulada “ An Honest Conversation on the Hyper Connected and the Hyper Lonely (Una conversación honesta sobre lo hiperconectado y lo hipersolitario)”, donde especialistas analizaron la paradoja de una generación que, pese a estar permanentemente conectada, reporta niveles crecientes de soledad. Apenas semanas después, en Los Ángeles, el juicio contra Meta expuso documentos internos que cuestionaban la narrativa pública de neutralidad tecnológica y sugerían que la priorización del engagement había sido un objetivo estratégico explícito. En ese proceso judicial se presentaron estimaciones internas que reconocían la presencia masiva de menores de 13 años en Instagram años antes de implementar mecanismos robustos de verificación de edad. La discusión dejó de ser abstracta: la brecha entre discurso corporativo y práctica operativa entró al terreno de la rendición de cuentas.
La coincidencia temporal entre Davos y el juicio no fue anecdótica. Mientras en el foro global se reflexionaba sobre los efectos sociales de la hiperconectividad, en la corte se analizaba si el diseño de las plataformas había contribuido de manera sustantiva al deterioro del bienestar juvenil. El hilo conductor es la misma pregunta: ¿puede la industria tecnológica autorregularse cuando sus incentivos económicos dependen de la intensificación del uso? La evidencia acumulada sugiere que los mecanismos voluntarios de seguridad resultan insuficientes frente a modelos de negocio basados en la retención constante. Si el ecosistema digital es hoy el principal entorno de socialización para millones de menores, la gobernanza de ese espacio no puede quedar supeditada exclusivamente a decisiones corporativas.
En el ámbito educativo, las implicaciones son profundas. El consumo audiovisual intensivo no sólo desplaza tiempo presencial; reconfigura patrones atencionales, ritmos de sueño y dinámicas de comparación social. La escuela enfrenta estudiantes cuya vida relacional continúa después del timbre final a través de notificaciones, transmisiones en vivo y contenido personalizado. La alfabetización digital ya no puede limitarse a enseñar habilidades técnicas; requiere incorporar pensamiento crítico sobre algoritmos, economía de la atención y derechos digitales. Asimismo, las políticas públicas deben transitar del discurso de responsabilidad social empresarial hacia estándares exigibles de seguridad por diseño, transparencia algorítmica y verificación efectiva de edad.
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La idea de que los espacios digitales puedan autorregularse eficazmente ha chocado con la evidencia: mecanismos voluntarios de verificación de edad o controles parentales, cuando existen, demuestran ser insuficientes frente a lógicas de diseño que recompensan la captura prolongada de atención. La discusión sobre elevar la edad de consentimiento digital, establecer reglas claras para la publicidad dirigida a menores y exigir transparencia algorítmica no es una abstracción académica, sino una necesidad concreta de política pública. Si las plataformas dominantes continúan operando sin marcos que garanticen rendición de cuentas, la protección de la infancia quedará subordinada a dinámicas de mercado inaccesibles para la mayoría de las familias.
La narrativa dominante hoy presenta la tecnología como neutral y omnipresente, pero la evidencia empírica invita a replantearla como un entorno normativo de facto, con reglas invisibles que influyen en el desarrollo cognitivo y emocional de las generaciones más jóvenes. Ignorar esta realidad no es neutralidad digital: es omisión política.
Los datos del extinto IFT muestran la escala del fenómeno en México; Davos y el juicio evidencian la dimensión política y jurídica del debate. Juntos delinean un momento de inflexión. Ignorar la convergencia entre consumo masivo infantil, incentivos algorítmicos y evidencia judicial no es neutralidad tecnológica: es omisión regulatoria. La infancia digital no es un laboratorio de experimentación empresarial, sino un grupo sujeto de derechos. Si la hiperconectividad es ya el entorno dominante de socialización, la pregunta central no es si debemos adaptarnos a ella, sino bajo qué principios se diseñará el futuro digital de quienes hoy crecen dentro del scroll infinito.
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Nota del editor: Ana Gabriela Núñez Pérez es colaboradora de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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