Aquí una vez más tu amiga cincuentona, saludándote. El otro día me quedé reflexionando sobre las nuevas generaciones que dicen: “Ya no queremos líderes. ¿Para qué?”.
Y si nadie quiere líderes, entonces ¿quién nos guía?
Y en ese momento me cayó el 20: ¡yo, que vengo de una era donde los líderes eran brújula y faro! A mí me marcó, por ejemplo, leer sobre el Dalai Lama, pero luego encontrármelo en los archivos de Epstein me dejó pensando: ¿dónde quedaron esos referentes de ética y moral que nos hacían sentir que había un “bien” y un “mal” claros?
Entonces, con esa nostalgia de mi generación, cuándo admirábamos a líderes que inspiraban y guiaban, me encuentro frente a esta nueva idea: “¿para qué un líder si yo puedo ser mi propio referente?”. Y la verdad, aunque me cuesta e intriga, ¿será que en el mundo del futuro todos llevaremos nuestra propia brújula moral? Pero también me pregunto, si nadie me inspira, si nadie me da ejemplos, ¿no será un mundo un poco más frío y solitario?
No sé, tal vez es mi corazón cincuentón hablando. Tal vez, en esa búsqueda de inspiración mutua descubramos que hay espacio para líderes y para brújulas internas. Yo, de momento, ¡sigo con la polémica servida! Ya ustedes me dirán si le vamos agarrando la onda. ¡Sigan dándome de qué hablar!
Pero miren… mientras más le doy vueltas, más me convenzo de que esto no es exactamente una crisis de liderazgo. Es una mutación. Una re-configuración cultural profunda de cómo entendemos la autoridad, la influencia y el poder moral.
Porque seamos honestas, seamos honestos, el modelo clásico de liderazgo (vertical, casi heroico, idealizado) se nos vino abajo. No de golpe, sino por acumulación de decepciones. Se nos cayó cuando entendimos que el prestigio no es garantía de integridad. Se derrumbó cuando descubrimos que el carisma puede coexistir con el abuso. Se desplomó cuando empezamos a ver que muchas figuras admiradas también reproducían desigualdades, silencios y violencias que decían combatir.
Es un cambio de época. Las generaciones más jóvenes crecieron viendo cómo se desmoronaban los pedestales. Para ellas, desconfiar de los líderes no es rebeldía…es aprendizaje histórico. Han visto demasiadas veces cómo la admiración ciega termina en desencanto; cómo la autoridad moral proclamada no coincide con la vida real.
Por eso, creo que cuando dicen “no queremos líderes”, no están diciendo que no quieren orientación, inspiración o referentes. Están diciendo que no quieren figuras incuestionables ni jerarquías morales blindadas. No quieren delegar su criterio.
Y honestamente, considero que hay algo realmente sano en eso.
Desde el pensamiento igualitario, esto no resulta sorprendente. Llevamos décadas cuestionando la concentración del poder, denunciando la autoridad que no se somete a escrutinio, desmontando la idea de que alguien, por brillante que sea, puede encarnar la verdad o el rumbo para los demás.
Tal vez lo que estamos presenciando no es la caída del liderazgo, sino el fin de su versión patriarcal, jerárquica e idealizada. Pero aquí es donde mi corazón cincuentón vuelve a incomodarse un poco, porque una cosa es dejar de idealizar, y otra muy diferente, dejar de inspirarnos. Y los seres humanos necesitamos inspiración, necesitamos ejemplos vividos de coherencia, de valentía, de integridad cotidiana. No para obedecerlos, sino para ampliar nuestra imaginación moral. Para recordar que es posible.
La psicología lo ha mostrado durante décadas, y no deja lugar a dudas; aprendemos observando a otras personas. Nos formamos en relación y nos transformamos en vínculo. Nadie construye su brújula moral completamente en soledad.
Entonces la pregunta no es si necesitamos líderes o no. La pregunta es ¿qué tipo de referentes estamos dispuestas a reconocer ahora? Quizá el error nunca fue tener líderes; quizá fue exigirles perfección.
Hoy parece emerger una lógica distinta, que nos dice que nadie es incuestionable, pero cualquiera podemos ser referente. La autoridad ya no es un pedestal…es una práctica. Se construye en la coherencia cotidiana, en la capacidad de sostener contradicciones, en la disposición a rendir cuentas y en la humildad de saberse siempre en proceso.
Tal vez el liderazgo del futuro no sea una identidad estable, sino una función que circula. A veces guías, a veces aprendes. A veces inspiras, a veces te sostienen. A veces alumbras, a veces sigues la luz de alguien más. Y visto así, el mundo no se vuelve más frío, sino se vuelve más corresponsable.
Y sí, extraño la claridad emocional de creer que alguien sabía el camino, no lo dudo. Pero también reconozco la potencia de aprender a caminar acompañadas sin entregar nuestra conciencia. Tal vez no estamos perdiendo referentes, tal vez estamos dejando de buscarlos arriba para empezar a encontrarlos entre nosotras, entre nosotros.
Y eso, si lo pienso bien, no suena solitario, sino profundamente humano.
Con cariño, tu amiga cincuentona.
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Nota del editor: Verónica Salame (Instagram @veronica_salame) es una activista social en pro de la igualdad de género, impulsora del proyecto MuXejeres. Miembro del Women International Zionist Organization (WIZO) y ex presidenta de la mesa de consejo de Children International. Actualmente es Vicepresidenta de la Red Internacional de Mujeres Empresarias y Líderes, RIMEL México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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