Hay algo extraño en la economía actual: los indicadores mejoran, pero el ánimo no. El crecimiento resiste, el empleo se mantiene sólido y, en algunos casos, los salarios han recuperado terreno. Sin embargo, la sensación generalizada es otra: la de estar más apretados, más inseguros, más lejos de donde “deberíamos” estar. No es solo una percepción aislada, es casi un estado de ánimo colectivo. Bienvenidos a la economía de la ansiedad.
La economía de la ansiedad: cuando los datos dicen una cosa y la vida diaria otra
Para entender este fenómeno hay que empezar por aceptar una incomodidad: los datos macroeconómicos no siempre capturan la experiencia cotidiana. El PIB puede crecer sin que eso se traduzca en bienestar inmediato. La inflación puede desacelerarse y, aun así, dejar cicatrices profundas en la memoria de los consumidores. Y el empleo puede ser abundante, pero precario en calidad o insuficiente frente al costo de vida.
Pensemos en algo simple: el supermercado. Aunque la inflación general haya bajado, los precios que más recordamos —alimentos, transporte, renta— no necesariamente regresan a niveles anteriores. Aquí vale la pena hacer una pausa técnica: durante años se nos ha enseñado que la inflación es, por definición, negativa. Pero no siempre es así. Una inflación moderada y controlada suele ser señal de una economía en movimiento; puede incentivar la inversión, dinamizar el consumo y, en consecuencia, generar empleo. El problema no es la inflación en sí, sino cuando crece de forma desordenada o, incluso cuando se modera, deja un nuevo nivel de precios más alto que no retrocede.
Y ahí está el punto clave, aunque hoy la inflación esté bajando, eso no significa que la vida sea más barata. Significa simplemente que los precios están subiendo más lento. Pero el daño acumulado ya está hecho. La inflación no es una película que se rebobina, es más bien una escalera: sube rápido, se estabiliza, pero rara vez baja.
A esto se suma un factor que pesa más de lo que parece, la pérdida del poder adquisitivo. En el papel, muchas personas hoy ganan más que hace unos años. Los salarios han aumentado, incluso por encima de la inflación en ciertos periodos. Pero en la práctica, ese dinero rinde menos. El peso —como cualquier moneda— ha perdido capacidad de compra frente a bienes esenciales. Es decir, puedes estar “ganando más” y aun así sentirte más limitado.
La economía, en ese sentido, no se mide solo en ingresos, sino en lo que esos ingresos pueden comprar. Y ahí es donde se rompe la narrativa optimista. Porque si hace tres años llenar el tanque, hacer la despensa y pagar la renta representaba el 70% de tu ingreso, hoy fácilmente puede absorber el 85%. Ese margen que desapareció —el dinero disponible para ahorro, ocio o imprevistos— es el verdadero termómetro del bienestar. Y cuando se reduce, lo que aparece no es solo ajuste financiero, sino ansiedad.
Otro elemento que profundiza esta brecha es la vivienda. En muchas ciudades, rentar o comprar una propiedad se ha vuelto significativamente más caro en relación con los ingresos. Y la vivienda no es cualquier gasto: es una referencia emocional de estabilidad y progreso. Cuando ese objetivo se aleja, no solo cambia la estructura financiera del hogar, cambia también la percepción de futuro.
A esto se suma el factor generacional. Para muchos jóvenes, tener empleo ya no garantiza estabilidad ni patrimonio. La economía digital, el trabajo freelance y los esquemas flexibles han ampliado oportunidades, pero también han trasladado riesgos. Hoy, conceptos como seguro médico, ahorro para el retiro o ingresos estables dependen cada vez más del individuo. Es una libertad distinta: menos estructura, pero más incertidumbre.
La tecnología, lejos de aliviar esta sensación, muchas veces la amplifica. Vivimos hiperconectados a la información económica: inflación, tasas de interés, crisis potenciales, tensiones globales. Pero más información no siempre significa más tranquilidad. Al contrario, puede generar una percepción constante de fragilidad. El consumidor no solo enfrenta su realidad, sino una narrativa global de incertidumbre.
Y luego está la comparación social. Las redes sociales funcionan como un espejo distorsionado: muestran logros, viajes, compras, estilos de vida. Aunque no sean representativos, establecen una referencia constante de “dónde deberías estar”. Y en economía, la percepción relativa importa tanto como la absoluta.
Desde el punto de vista técnico, esto plantea un reto importante: la desconexión entre indicadores duros y bienestar percibido. Tradicionalmente, la política económica se ha guiado por inflación, crecimiento y empleo. Pero la economía de la ansiedad revela que eso no basta. La percepción influye en decisiones reales: cuánto gastas, cuánto ahorras, qué tanto riesgo estás dispuesto a asumir.
Un consumidor ansioso cambia su comportamiento. Puede posponer compras importantes, reducir gastos discrecionales o aumentar el ahorro por precaución. Esto tiene efectos en cadena: menor dinamismo económico, cambios en patrones de consumo e incluso desaceleraciones que no vienen de una crisis externa, sino de una percepción interna.
Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Los datos o las personas? Probablemente ambos. La economía puede estar mejorando en términos agregados, pero distribuyendo sus beneficios de manera desigual o tardía. Y las personas pueden estar percibiendo con precisión su situación individual, aunque eso no se refleje de inmediato en los indicadores.
La economía, al final, no es una gráfica: es una experiencia cotidiana. Es decidir si alcanza para salir el fin de semana, si conviene cambiar de casa, si es momento de emprender o de esperar. Es la conversación silenciosa sobre si el dinero rinde o no rinde.
Y hacia adelante, la pregunta no es menor: ¿qué nos espera? ¿Más crecimiento con la misma sensación de incertidumbre? ¿O un ajuste en la forma en que entendemos el bienestar económico?
Quizá el punto de partida no sea esperar a que los indicadores “se alineen” con la percepción, sino asumir que la estabilidad —tanto emocional como financiera— requiere algo más que buenos datos macro. Implica previsión, educación financiera y decisiones más conscientes sobre el uso del dinero.
Porque si algo define a la economía de la ansiedad no es la falta de ingresos, sino la falta de certeza. Y en un entorno donde el futuro se percibe cada vez más volátil, la verdadera ventaja no será necesariamente ganar más, sino lograr que ese ingreso —sea el que sea— genere estabilidad.
En tiempos de incertidumbre, eso no solo es una estrategia económica. Es, también, una forma de tranquilidad.
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Nota del editor: Erendira Yaretni Mendoza Meza es licenciada en Economía, maestra en Gobierno y Desarrollo Regional por El Colegio del Estado de Hidalgo y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Es profesora de la máxima casa de estudios de la entidad. Síguela en Twitter y/o en Facebook . Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.
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