Los economistas están dejando de ser escépticos sobre la inteligencia artificial (IA). Según un artículo reciente del New York Times, investigadores que durante años minimizaban las predicciones sobre automatización masiva ahora reconocen que el impacto laboral de la IA es plausible, inminente y potencialmente brutal. Un estudio del Boston Consulting Group (BCG) aterriza esa preocupación: entre el 50% y el 55% de los empleos en Estados Unidos serán reconfigurados en los próximos dos a tres años, y entre el 10% y el 15% podrían eliminarse en cuatro a cinco. La pregunta para México no es si esta transformación nos alcanzará, sino qué tan preparados estamos para absorberla.
El shock laboral de la IA
Reconfigurar o eliminar
Una distinción crucial es la de sustitución y potenciación —que la IA reemplace al trabajador o que lo haga más productivo—. No todo empleo automatizable está perdido. La IA puede ejecutar tareas rutinarias de un puesto y amplificar las capacidades humanas que éste requiere: juicio contextual, coordinación, negociación, diseño de sistemas.
BCG identifica seis categorías de impacto: desde roles “amplificados” —donde la IA eleva la productividad y la demanda crece, generando incluso más empleo— hasta roles “sustituidos”. El 43% de los empleos en Estados Unidos tiene un potencial de automatización de tareas superior al 40%. De este grupo, la mayoría no desaparecerá: será transformado.
La potenciación se difunde más rápidamente que la sustitución porque los humanos permanecen en el proceso y pueden gestionar excepciones, contexto y ambigüedad durante la transición. La sustitución, en cambio, requiere un rediseño profundo de procesos, pero esto no significa que será lenta.
El espejismo del colchón informal
¿Y México? Un reporte reciente de Banamex estima que el 30% de los empleos formales tiene alto riesgo de automatización, concentrados en servicios administrativos, comercio minorista, manufactura rutinaria y transporte. El modelo de BCG permite entender dónde se concentrará el golpe. Los roles con mayor riesgo de sustitución directa —analistas financieros, representantes de call center, asistentes administrativos— son precisamente los que sostienen buena parte de la formalidad laboral en las zonas urbanas: Tijuana, Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México.
El problema es que México tiene una característica estructural que amplifica cualquier shock laboral: 55% de la fuerza de trabajo está en la informalidad. Banamex advierte que los desplazados podrían migrar a la informalidad, perpetuando baja productividad, exclusión de protecciones sociales y erosión de la base fiscal.
El reporte de BCG ilumina un efecto que rara vez se discute en México: la erosión de los puestos de entrada. La IA absorbe el trabajo rutinario que justificaba la contratación masiva de personal junior. Esto crea una paradoja perversa: las competencias que hacen durable un empleo —pensamiento sistémico, supervisión de resultados de IA, coordinación de sistemas complejos— se construyen con experiencia. Pero si los puestos de entrada desaparecen, ¿dónde se adquiere esa experiencia? En un país donde la pirámide demográfica todavía genera millones de jóvenes que ingresan al mercado laboral cada año, la escalera rota del primer empleo es un problema de primer orden.
¿Qué hay por hacer?
La respuesta no es frenar la adopción tecnológica, sería inútil y contraproducente. Las empresas que recorten plantilla más allá de lo que la IA realmente puede reemplazar verán caer su productividad, perder conocimiento institucional y ahuyentar talento crítico. Pero las que no rediseñen radicalmente el trabajo verán a sus competidores crecer más rápido. Lo que urge es actuar en cuatro frentes simultáneamente.
Primero, modernizar la red de protección social. El seguro de desempleo universal, tan postergado en la agenda legislativa, es hoy más urgente que nunca. Un economista citado por el Times resume el dilema: las redes de protección fueron diseñadas para shocks transitorios; el de la IA podría ser permanente.
Segundo, rediseñar la oferta educativa. No se trata de formar más ingenieros en IA, sino de desarrollar competencias cognitivas, creativas y técnicas que se complementen con la tecnología en lugar de competir contra ella.
Tercero, integrar la estrategia de fuerza laboral en la estrategia competitiva de las empresas. La reconversión de la fuerza de trabajo no es un tema de recursos humanos: es un imperativo competitivo.
Cuarto —quizá el más incómodo de todos—, asumir responsabilidad individual. La carrera profesional lineal —estudiar una carrera, conseguir empleo, escalar posiciones y jubilarse— está dejando de funcionar. La lógica que sostenía ese modelo se está desmoronando. Cada vez más, el valor profesional no reside en el puesto sino en el portafolio de competencias que uno es capaz de desplegar, combinar y actualizar.
En México, donde la promesa de estabilidad laboral fue durante décadas el principal incentivo para la formalización, este cambio de paradigma es especialmente disruptivo. Pero también es una oportunidad para quienes lo entiendan a tiempo: el profesional que se “actualiza” a sí mismo, —que aprende a aprender y a generar valor con su mente y no sólo con su tiempo— estará mejor posicionado que quien siga esperando que alguien le ofrezca un puesto en una escalera que ya no existe.
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Nota del editor: Ismael Plascencia López es profesor-investigador en CETYS Universidad. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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