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Con la IA, el desafío no es automatizar, sino transformar la productividad en desarrollo

¿Qué harán las organizaciones con el valor adicional que esta tecnología les permitirá generar?
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Hoy la IA participa en la elaboración de análisis, proyecciones financieras, desarrollo de proyectos, preparación de argumentos técnicos y generación de información para apoyar la toma de decisiones, apunta Gilberto Lozano Meade. (Peach_iStock/Getty Images)

La inteligencia artificial (IA) no debe medirse sólo por los empleos que puede sustituir, sino por la capacidad de empresas y gobiernos para convertir las ganancias de productividad en nuevas oportunidades de desarrollo económico y social. Ese es el verdadero desafío que plantea esta revolución tecnológica.

La IA está transformando el trabajo con una velocidad que supera la capacidad de adaptación de muchas organizaciones e incluso de los propios gobiernos.

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Por un lado, el entorno económico obliga a las empresas a controlar costos y operar con mayor eficiencia. Por otro, la IA permite automatizar procesos, acelerar tareas y obtener resultados en mucho menos tiempo. Cuando ambas fuerzas coinciden, los cambios dejan de ser graduales y comienzan a modificar la estructura misma de las organizaciones.

Lo más relevante es que la IA ya no se limita a automatizar actividades repetitivas. Hoy participa en la elaboración de análisis, proyecciones financieras, desarrollo de proyectos, preparación de argumentos técnicos y generación de información para apoyar la toma de decisiones.

Tareas que antes requerían semanas de trabajo ahora pueden resolverse en horas, reduciendo la necesidad de múltiples niveles de revisión para alcanzar un mismo resultado.

Esto tiene un impacto particular en muchos puestos administrativos, de coordinación y análisis, donde buena parte del trabajo consiste en recopilar, validar, organizar e interpretar información. La tecnología puede asumir una parte importante de esas funciones, lo que lleva a las organizaciones a replantear sus estructuras para operar de forma más ágil.

Sin embargo, el impacto no será uniforme. La exposición dependerá menos del nivel jerárquico y más del tipo de tareas que realiza cada persona. Aquellos puestos basados principalmente en el procesamiento de información son más susceptibles de transformarse que los trabajos donde predominan el juicio, la negociación, el liderazgo o la interacción humana.

Los perfiles de entrada enfrentan un desafío distinto. La IA no elimina la necesidad de talento joven, pero sí modifica las habilidades que las empresas esperan de él. Hoy resulta tan importante saber utilizar estas herramientas digitales como desarrollar juicio y criterio estratégico para validar resultados, formular mejores preguntas e interpretar la información dentro de un contexto estratégico.

Si desaparecen por completo los espacios de aprendizaje y supervisión, las organizaciones pueden ganar velocidad, pero también perder capacidad para formar a sus futuros especialistas.

En términos económicos, la discusión tampoco se reduce a sustituir salarios por tecnología. En muchos casos, el gasto simplemente cambia de destino: Menos horas de trabajo y más inversión en plataformas, licencias, infraestructura y capacidad de procesamiento.

Sin embargo, el verdadero incentivo sigue siendo reducir tiempos, simplificar procesos y aumentar la productividad. Y cuando una empresa demuestra que un nuevo modelo funciona, el resto del mercado suele adoptarlo rápidamente para no perder competitividad.

Precisamente ahí surge la discusión de fondo. La productividad que genera la IA representa una enorme oportunidad para fortalecer la competitividad de las empresas, pero también plantea la responsabilidad de traducir esa eficiencia en nuevas capacidades, reconversión laboral e innovación, y no únicamente en la sustitución de puestos de trabajo.

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El desafío para los gobiernos consiste en acompañar la transición para que la velocidad de adopción tecnológica no supere la agilidad para capacitar, reconvertir y reubicar talento. Al mismo tiempo, fortalecer la ciberseguridad y los mecanismos de identidad digital será indispensable para que esta transformación ocurra en un entorno de confianza.

México puede adoptar tecnologías de IA con rapidez, pero competir en esta nueva economía requiere mucho más que software. Será necesario invertir en infraestructura digital, capacidad energética, redes de datos, talento especializado e investigación aplicada. Sin esa base, la expansión de esa tecnología podría enfrentar cuellos de botella que limiten su desarrollo.

La transformación ya está en marcha y difícilmente se revertirá. La diferencia estará en cómo se gestione. Si empresas y gobiernos son capaces de convertir las ganancias de productividad en inversión, formación de talento, innovación e infraestructura, la IA dejará de verse como una amenaza para el empleo y se convertirá en una palanca para construir una economía más competitiva, resiliente y preparada para el futuro.

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Nota del editor: Gilberto Lozano Meade es Senior advisor Roland Berger. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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