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De Ormuz a Malaca: vulnerabilidad en la seguridad energética de China

Mientras las redes globales de interdependencia económica y tecnológica facilitan el comercio, también pueden convertirse en mecanismos de coerción política y estratégica.
Una ilustración fotográfica tomada en Nicosia el 4 de mayo de 2026, muestra a una persona frente a una gran pantalla que muestra los movimientos de los buques en el Estrecho de Ormuz en un sitio web de seguimiento de buques.
Crisis como la de Ormuz refuerzan la determinación de Beijing de asegurar el control sobre su entorno inmediato para escapar de un posible estrangulamiento en una cadena de abastecimiento energético que la torna vulnerable, señalan Kazuhiko Moriya, Leonardo González y Laura Zamudio. (FOTO: AFP)

El cierre del Estrecho de Ormuz en 2026, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial, no solo evidenció la fragilidad del suministro energético global, sino que reveló con particular claridad la vulnerabilidad estructural de China. Más allá de la interrupción coyuntural del flujo de crudo –incluido el procedente de Irán-, el episodio constituyó una señal de alarma sobre la dependencia de Beijing de rutas marítimas, extensas, expuestas y estratégicamente disputadas. El petróleo que alimenta su economía recorre miles de kilómetros desde el Golfo Pérsico, atraviesa el oceáno Índico y pasa por cuellos de botella como los estrechos de Malaca y Lombok, antes de llegar al Mar de China Meridional (MCM). En cada uno de estos puntos, el riesgo de interrupción podría comprometer toda su cadena de abastecimiento.

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Esta realidad ha sido conceptualizada por los propios chinos como el “Dilema de Malaca”: la excesiva dependencia de un paso por donde transita cerca del 29% del crudo mundial y aproximadamente el 80% de las exportaciones chinas. El bloqueo de este estrecho por parte de una potencia naval, como los Estados Unidos, podría desconectar a China de sus principales fuentes de abastecimiento energético. Se trata, claramente, de un caso que los internacionalistas identifican como “interdependencia armada”, esto es, el hecho de que mientras las redes globales de interdependencia económica y tecnológica facilitan el comercio, también pueden convertirse en mecanismos de coerción política y estratégica.

La respuesta de China a este riesgo se ha venido construyendo progresivamente y con distintas estrategias: en primer lugar, China ha buscado controlar nodos físicos clave de las rutas marítimas. En este sentido y como parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China ha desplegado su presencia militar en los océanos Índico y Pacífico, mediante el “collar de perlas”, una red de puertos comerciales y militares, bases logísticas y alianzas estratégicas.

En segundo lugar, ha impulsado la diversificación de rutas mediante el desarrollo de corredores terrestres alternativos. Proyectos como el corredor China-Pakistán, la conexión con Myanmar y los gasoductos de Rusia y Asia central intentan sustituir rutas marítimas que están fuera de su control por trayectorias terrestres más seguras para sus intereses.

Finalmente, ha priorizado la transformación del Mar de China Meridional (MCM) en un espacio bajo su influencia directa, pues necesita asegurar que el tramo final de la ruta energética sea un espacio en donde ella dicte las reglas.

El MCM constituye un punto clave en la seguridad energética y comercial global. Por sus aguas circula alrededor del 60% del comercio mundial, con un valor anual estimado entre 5.3 y 7.4 billones de dólares, además de albergar importantes reservas de hidrocarburos. Sin embargo, esta región también es escenario de disputas entre múltiples actores -China, Vietnam, Filipinas, Malasia, Brunéi y Taiwán-. Y aunque el marco jurídico internacional -la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCVLOS), establece principios para resolver estas controversias, China ha optado por una estrategia que busca el control absoluto de sus aguas y recursos.

Al transformar islas y arrecifes en bases militares, Beijing ha afirmado su presencia, y desde 2016, parece haber logrado un control de facto. Esta estrategia, combinada con presión diplomática, económica y militar sobre otros países de la región, como en Vietnam, ha detenido proyectos energéticos ante el riesgo de confrontación. Incluso decisiones favorables en instancias internacionales, como el fallo de 2016 que invalidó la “línea de los nueve trazos”, base del reclamo histórico de China, han tenido poco impacto en su comportamiento coercitivo.

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En respuesta, Estados Unidos reforzó su presencia militar como parte de una estrategia de contención, mientras los países del sudeste asiático intentaron sin éxito, establecer reglas comunes y marcos de gobernanza. Sin embargo, la falta de coordinación en general ha facilitado que China avance de manera gradual, sin desencadenar (todavía) una crisis abierta.

En última instancia, crisis como la de Ormuz, refuerzan la determinación de Beijing de asegurar el control sobre su entorno inmediato para escapar de un posible estrangulamiento en una cadena de abastecimiento energético que la torna vulnerable.

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Nota del editor: Kazuhiko Moriya y Leonardo González son estudiantes de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad Iberoamericana, CDMX. Laura Zamudio es profesora del Departamento de Estudios Internacionales de la misma institución. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a los autores.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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