A estas alturas, es posible afirmar que fue más fácil entrar a la guerra que salir de ella. Y la razón está en lo que David Arellano llama “las trampas de la decisión” (Arellano, 2022), es decir, los momentos en los que tomadores de decisiones se aíslan de la realidad y desestiman las advertencias y riesgos, entrando en una resbaladilla de errores. En este caso, y con base en una serie de entrevistas anónimas realizadas por los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan (cuyo libro saldrá en junio de este año), argumento que los decisores de la administración norteamericana, cayeron en una trampa: la de pensamiento de grupo (groupthink).
La trampa de groupthink ocurre cuando los tomadores de decisión reducen de manera progresiva el abanico de opciones consideradas, concentrándose en una sola narrativa de acción y descartando información contradictoria. En los encuentros descritos por las entrevistas, la discusión se cerró rápidamente en torno a la idea central: el régimen de Irán estaba “maduro” para ser derrotado militarmente y vulnerable al colapso interno. Esta premisa, impulsada insistentemente por Netanyahu, estructuró todas las deliberaciones después del 11 de febrero al interior de la Casa Blanca, desplazando alternativas como contención, disuasión o diplomacia.
Aunque había escepticismo de las agencias de inteligencia y de funcionarios clave como JD Vance o Marco Rubio sobre la viabilidad del cambio de régimen, sus advertencias fueron sistemáticamente relegadas por el presidente y, al final, por ellos mismos, terminaron alineándose a la decisión de intervenir militarmente. En términos de las trampas de la decisión, la organización política no carecía de información; carecía de capacidad para crear condiciones de discusión amplia, imponiendo un consenso a partir de negar información experta o contradictoria que pudiera desafiar la narrativa dominante o ya prejuzgada por el líder.
La configuración del proceso de toma de decisiones fue uno cerrado, con reuniones reducidas, escasa deliberación y flagrante exclusión de actores relevantes como el secretario del Tesoro (Scott Bessent), el secretario de Energía (Chris Wright) o la Dirección de Inteligencia Nacional (Tulsi Gabbard).