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El colapso político del control nuclear y el dilema chino en un orden sin reglas

Mientras la expansión de China refuerza incentivos de EU y Rusia para modernizar o ampliar su arsenal, esas decisiones a su vez refuerzan el argumento chino de que necesita más armas para protegerse.
mar 31 marzo 2026 06:03 AM
¿Qué países tienen armas nucleares y qué papel juega Irán en el mapa mundial?
El mayor riesgo nuclear del presente no es una decisión deliberada de destrucción, sino la erosión silenciosa de la arquitectura que durante décadas mantuvo ese riesgo bajo control, apuntan Laura Zamudio González y Mateo Martínez Parente Pérez. (PavelRodimov/Getty Images/iStockphoto)

La guerra reciente en Irán volvió a sonar las alarmas sobre los potenciales riesgos de conflicto nuclear en el mundo. Sin embargo, el peligro real no proviene de la guerra en curso, sino del hecho de que, unos días antes de la campaña militar, las grandes potencias demolieron en forma deliberada y silenciosa el andamiaje de reglas y tratados que por años contribuyó a contener el peligro nuclear.

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Al abandonar el Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (New START, 2010), Estados Unidos y Rusia rompieron las ataduras y los compromisos sobre límites verificables a sus arsenales nucleares estratégicos; dejaron de estar legalmente obligadas a respetar topes cuantitativos, intercambiar información o permitir inspecciones in situ. Tales mecanismos, limitados como es lógico, contribuían, sin embargo, a reducir la probabilidad de que se cometieran graves errores de cálculo o accidentes catastróficos.

Ciertamente, el tratado firmado por Barack Obama y Dmitri Medvédev (2010) fue producto de un equilibrio político y militar siempre frágil, difícil de sostener. Sin embargo, el deterioro en la relación entre Rusia y Occidente y el advenimiento de nuevas realidades geopolíticas terminaron por politizar fuertemente estos acuerdos y, tanto Estados Unidos como Rusia, dejaron de valorarlos como instrumentos efectivos de control de riesgo. Salirse de tratados, amenazar con no renovarlos o atarlos a concesiones del contrario se volvió la forma perfecta de politizar estos acuerdos, ejercer presión y ganar puntos ante la opinión pública interna y externa. Todo lo cual debilitó justamente el frágil acuerdo político de control nuclear que esos acuerdos pretendían proteger.

Llegar a nuevos acuerdos no será fácil pues priva la politización y la desconfianza. Y, porque además, habrá que incluir a China a cualquier acuerdo futuro.

Aunque por años China se mantuvo fuera del sistema de reglas sobre armas nucleares, conservó un arsenal nuclear relativamente pequeño y no tuvo que asumir compromisos de reducción ni obligaciones de verificación; en los últimos años, esto ha cambiado y el país ha emprendido una expansión nuclear acelerada, superando las 600 ojivas operativas en 2024 (mientras diversas estimaciones prevén que podría acercarse o incluso superar las 1,000 para 2030). China muestra una capacidad de respuesta más robusta y diversificada, con nuevos silos, misiles de largo alcance y mayor énfasis en la supervivencia del arsenal frente a un primer ataque, de modo que, la pregunta no es si debe incluirse en las negociaciones, sino ¿cómo hacerlo?

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La inserción de China representa un dilema difícil de resolver. Beijing no quiere negociar hasta haber alcanzado paridad nuclear con las grandes potencias y están convencidos de que negociar ahora implicaría congelar una desventaja histórica frente a las grandes potencias. Por su parte, Estados Unidos y Rusia entienden bien que incluirla sin imponerle restricciones reales sería legitimar su acelerada expansión, lo que supone un riesgo. El resultado inmediato es que nadie quiere ceder. Mientras la expansión de China refuerza los incentivos de Estados Unidos y Rusia para modernizar o ampliar sus arsenales, esas decisiones a su vez refuerzan el argumento chino de que necesita más armas para protegerse. Exactamente el tipo de dinámica que los tratados buscaban evitar.

En un sistema donde una potencia emergente amplía su arsenal sin restricciones y las potencias establecidas abandonan sus compromisos, la credibilidad del régimen de no proliferación se erosiona todavía más y abre vacíos y oportunidades para actuar oportunistamente y sin ataduras.

De modo que, el mayor riesgo nuclear del presente no es una decisión deliberada de destrucción, sino la erosión silenciosa de la arquitectura que durante décadas mantuvo ese riesgo bajo control. Si en la Guerra Fría se defiende que fue MAD (Mutually Assured Destruction) la lógica que posibilitó el equilibrio político para alcanzar los acuerdos de control y limitación, hoy se requiere de nuevo equilibro que podríamos llamar Hiper-MAD y que no sabemos cómo se pude llegar a él. Reconstruir el andamiaje internacional de compromisos políticos que aporten vigilancia y control con nuevos actores, nuevas tecnologías y reglas adaptadas a una realidad multipolar, es más urgente que nunca.

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Nota del editor: Laura Zamudio González es profesora de tiempo completo del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana y Mateo Martínez Parente Pérez es estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la misma Universidad. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a los autores.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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