Hay una escena que empieza a repetirse en muchas organizaciones y que, sin embargo, todavía no terminamos de nombrar del todo. Personas entrando a reuniones con documentos impecables que nadie leyó completos, presentaciones perfectas, resúmenes ejecutivos que sintetizan conversaciones que apenas ocurrieron unas horas antes, ideas razonables y correos bien escritos. Estrategias suficientemente convincentes. Todo correcto, rápido y, a veces, un poco parecido.
El futuro del trabajo no se juega sólo en la tecnología sino, sobre todo, en la cultura
La inteligencia artificial (IA) aparece justo en medio de esa cultura. No llega a transformar un entorno pausado o reflexivo. Entra en compañías que llevan años acostumbrándose a operar cada vez más rápido y saturadas de estímulos. Lo que cambia ahora es la escala. La velocidad deja de ser una capacidad excepcional y empieza a convertirse en el ambiente completo de trabajo.
Y ahí empieza a aparecer una tensión mucho más profunda que la tecnológica. La IA acelera enormemente la capacidad de ejecución, pero no reemplaza la capacidad de interpretar la realidad. No entiende matices culturales, no reconoce tensiones internas, no distingue cuándo una idea tiene sentido para una organización y cuándo simplemente suena razonable sobre el papel. Y eso obliga a replantear muchas dinámicas que durante años parecían funcionar dentro de las compañías. El liderazgo es tan solo un ejemplo. Durante mucho tiempo, liderar estuvo asociado a tener respuestas, saber más, acumular experiencia, información o capacidad de análisis. Había cierta tranquilidad en esa lógica jerárquica. Alguien de arriba debía saber qué hacer.
Hoy esa estructura empieza a moverse, no porque la experiencia deje de importar, sino porque el acceso al conocimiento cambió radicalmente. Cualquiera puede llegar a una reunión con datos, análisis o argumentos razonablemente sólidos construidos con ayuda de IA. Y eso, más allá de la productividad, altera la relación entre autoridad y conocimiento.
Tal vez por eso empiezan a volverse más valiosos otro tipo de liderazgos. Personas capaces de interpretar contexto cuando todo parece urgente al mismo tiempo, perfiles que ayudan a enfocar, conectar perspectivas distintas e introducir pausa en entornos donde todo empuja hacia la reacción inmediata.
Hay algo que la IA todavía no resuelve especialmente bien: entender qué merece realmente la energía humana. Y esa probablemente sea una de las discusiones culturales más relevantes que las compañías van a enfrentar en los próximos años. No se trata de qué puede automatizarse, eso en mayor o menor medida terminará ocurriendo, la pregunta más difícil será otra: ¿qué vale la pena mantener humano?
Después de todo, las cosas más valiosas dentro de una organización rara vez nacen desde la optimización. Las buenas relaciones no siempre son eficientes. La creatividad rara vez es lineal. Las conversaciones largas que aparentemente no llegan a ningún lado y de pronto destraban una idea importante. Las pausas y la contradicciones. El tiempo improductivo que muchas veces termina produciendo mejores decisiones que la hiperactividad permanente. Incluso ciertas relaciones laborales que no nacen desde la optimización sino desde algo bastante más desordenado que es la confianza.
Y ahí aparece otra tensión interesante. Muchas compañías están intentando introducir IA desde la vigilancia. Controlando usos, restringiendo comportamientos o construyendo miedo alrededor del error, como si el desafío fuera mantener el orden en medio de una tecnología nueva. El problema es que ninguna transformación cultural funciona desde la sospecha. Experimentar implica equivocarse, probar formas distintas de trabajar, hacer preguntas torpes, descubrir límites (o fijarlos), volver a empezar. Y eso requiere entornos donde las personas no sientan que cada error las vuelve reemplazables.
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Quizá por eso la conversación sobre IA dentro de las organizaciones termina siendo mucho menos tecnológica de lo que parece. En el fondo, lo que se está empezando a discutir es qué tipo de culturas queremos construir cuando producir deja de ser difícil. Qué lugar le damos todavía a la intuición, a la sensibilidad, a la curiosidad o a las conversaciones humanas que no necesariamente buscan eficiencia inmediata.
Porque, desde mi perspectiva, si algo empieza a quedar claro es que el verdadero riesgo no es que las personas trabajen menos que las máquinas, o que sean reemplazadas por las mismas sino que, como personas, terminemos trabajando exactamente igual que ellas.
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Nota del editor: David González Natal es Socio y Director General LATAM Norte en LLYC. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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