La indiferencia puede ser mortal para una persona. También puede ser costosa para una organización y para un país.
Hoy hablamos constantemente de innovación, talento, competitividad y crecimiento. Son conversaciones necesarias. Sin embargo, existe una pregunta que aparece con menos frecuencia: ¿qué ocurre cuando una generación entera aprende a sobrevivir emocionalmente, pero deja de sentirse conectada con su futuro?
Las economías no funcionan únicamente con infraestructura, inversión o tecnología. Funcionan gracias a personas capaces de crear, colaborar, liderar, aprender y resolver problemas. Funcionan gracias a individuos que conservan energía para imaginar nuevas posibilidades.
Cuando el agotamiento se vuelve norma, la creatividad se reduce. Cuando la desesperanza gana terreno, disminuye la disposición para asumir riesgos. Cuando el bienestar se deteriora, también se afecta la capacidad de construir proyectos de largo plazo.
Por eso la salud mental ya no puede entenderse únicamente como un asunto individual. Tampoco como una conversación exclusiva del sector salud. Se ha convertido en un componente esencial de los modelos de bienestar humano que definirán la manera en que trabajamos, aprendemos y convivimos durante las próximas décadas.
Hoy más de 45 millones de mexicanos tienen entre 12 y 45 años. Son quienes estudiarán, emprenderán, innovarán, trabajarán, pagarán impuestos, sostendrán sistemas productivos y ocuparán posiciones de liderazgo durante las próximas décadas. Si una proporción creciente de esta población vive agotada, ansiosa, deprimida o desconectada de su futuro, la pregunta ya no es cuánto cuesta atender la salud mental. La pregunta es cuánto costará no hacerlo.
Diversos estudios internacionales muestran que la Generación Z reporta mayores niveles de estrés, ansiedad y desesperanza que generaciones anteriores a la misma edad. Al mismo tiempo, es la generación que más abiertamente busca apoyo psicológico y exige que el bienestar forme parte de la conversación educativa y laboral.
Quizá por eso los jóvenes hablan más de salud mental. No porque sean menos resilientes. No porque tengan menos capacidad para enfrentar desafíos. Hablan más porque reconocen que vivir permanentemente agotados no debería considerarse una meta ni una condición inevitable para alcanzar el éxito.