Hay que reconocerlo: en México aún estamos lejos de alcanzar estándares sólidos de bienestar laboral en materia de salud mental, y ello sin necesidad de caer en excesos ni en modelos paternalistas. La brecha sigue siendo amplia.
No obstante, no todo es negativo. Comienzan a surgir empresas de nueva generación —y algunos grandes corporativos, especialmente de origen transnacional— que han empezado a ofrecer líneas de apoyo psicológico, acompañamiento emocional y esquemas de detección temprana. No son soluciones definitivas, pero sí señales de un cambio incipiente.
Reflexión final
La salud mental en el trabajo no es una moda, ni una concesión generosa del empleador. Es un indicador directo de la calidad del liderazgo, de la madurez organizacional y de la ética empresarial. Las compañías que siguen creyendo que el miedo, la presión constante y el desgaste emocional son herramientas legítimas de gestión no solo están equivocadas: están construyendo riesgos legales, reputacionales y humanos difíciles de revertir.
Cuidar la salud mental no debilita a las organizaciones; las fortalece. Ignorarla, en cambio, es una forma moderna de mala gobernanza. Y como ocurre siempre con la mala gobernanza, la factura —tarde o temprano— termina llegando.
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Nota del editor: Omar Flores Fonseca se ha desempeñado como banquero corporativo para BBVA y Citibank, posteriormente y con más de 15 años de experiencia incursionó en el área de AML en Citi coordinando 23 países de Latam y posteriormente a fue llamado por el área de cumplimiento normativo (Compliance), como Director de PLD para todo el grupo financiero BBVA México y mas recientemente como Director de Customer Compliance y Financial Markets & Sustainability. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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