En comercio exterior, las palabras importan. No es lo mismo revisar que romper. Tampoco es igual negociar ajustes para mejorar un tratado que imponer unilateralmente nuevas condiciones al comercio entre países que ya acordaron reglas, obligaciones y mecanismos para resolver sus diferencias.
El T-MEC ante su mayor prueba
Por eso, ante la primera revisión conjunta del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, nuestro país debe actuar con serenidad, conocimiento técnico y firmeza.
El T-MEC entró en vigor el 1 de julio de 2020 y estableció una revisión conjunta a los seis años. El tratado conserva su vigencia hasta 2036 y, al no existir un acuerdo inmediato para extenderlo, se abre una etapa de revisiones anuales en la que los tres países pueden continuar negociando. No estamos ante su terminación automática, sino frente a un proceso que puede prolongarse hasta que las partes alcancen un entendimiento. (White & Case)
Desde nuestra perspectiva, es poco probable que la revisión concluya definitivamente en los próximos meses. El escenario político más equilibrado es prepararnos para una negociación prolongada, con avances parciales, momentos de tensión y posibles acuerdos sectoriales, pero sin asumir que todo quedará resuelto de manera inmediata.
El proceso comercial coincide con las elecciones intermedias de Estados Unidos del 3 de noviembre de 2026, en las que estarán en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 posiciones del Senado. Su resultado definirá la composición del Congreso que iniciará funciones en enero de 2027 y, con ello, el margen político del presidente Donald Trump durante la segunda mitad de su mandato. (Bipartisan Policy Center)
En ese contexto, debemos entender que el presidente Trump no habla únicamente para los gobiernos de México y Canadá. También se dirige a sus bases electorales, a los trabajadores de determinadas industrias, a productores agrícolas, a comunidades manufactureras y a los votantes que decidirán si su partido conserva el control del Congreso.
La política comercial estadounidense forma parte también de una narrativa interna sobre empleos, producción nacional, seguridad económica, déficit comercial y competencia con China. El equipo político cercano al presidente ya trabaja en la estrategia para las elecciones intermedias, en un entorno marcado por preocupaciones económicas y por el riesgo histórico de que el partido gobernante pierda espacios en el Congreso. (Axios)
Esto no significa que México deba aceptar cualquier medida o permanecer inmóvil. Significa que debemos interpretar correctamente el momento político para no confundir el discurso dirigido a una base electoral con el resultado final de una negociación internacional.
La revisión ocurre, además, en un ambiente de mayor proteccionismo y de utilización recurrente de los aranceles como instrumentos de presión económica y política. Las conversaciones bilaterales han abordado asuntos sensibles como las reglas de origen automotrices, el acero, el aluminio, la agricultura, la seguridad económica, la compatibilidad regulatoria y el fortalecimiento de las cadenas regionales de suministro. (United States Trade Representative)
Este ambiente de incertidumbre no es propicio para la inversión.
Las empresas no toman decisiones únicamente observando el arancel vigente esta semana. Una inversión industrial se calcula a diez, quince o veinte años. La adquisición de maquinaria requiere financiamiento, permisos, instalación y capacitación. Los contratos de insumos pueden comprometer volúmenes y precios durante varios ejercicios. La producción automotriz, farmacéutica, aeroespacial, electrónica o agroindustrial se programa con años de anticipación.
En muchos sectores, la producción futura ya está comprometida mediante contratos, pedidos, inventarios y relaciones con proveedores. Las cadenas productivas no pueden trasladarse de un país a otro cada vez que aparece una declaración política o una amenaza arancelaria.
Por eso debemos cuidar, antes que nada, lo que ya tenemos.
Antes de buscar beneficios que todavía no hemos conseguido, debemos proteger la certidumbre jurídica, las inversiones realizadas, las plantas instaladas, los empleos existentes y las cadenas de proveeduría construidas durante décadas. Defender el T-MEC no consiste solamente en aspirar a nuevas oportunidades; también implica evitar que la incertidumbre destruya las ventajas que ya se han consolidado.
La verdadera prueba llegará si Estados Unidos impone nuevos aranceles a productos mexicanos que cumplen con las reglas de origen del T-MEC y que deberían recibir el trato preferencial establecido en el acuerdo.
En ese escenario, México no está indefenso.
El primer paso debe ser determinar la naturaleza y el fundamento jurídico de la medida. No es lo mismo un arancel general que una cuota compensatoria derivada de una investigación antidumping, una acción contra subsidios, una salvaguarda o una restricción justificada por Estados Unidos con argumentos de seguridad nacional.
Cada instrumento tiene requisitos y medios de defensa diferentes.
Cuando una medida pueda representar un incumplimiento del T-MEC, México puede solicitar consultas formales bajo el Capítulo 31. Si las consultas no resuelven la diferencia, nuestro país puede solicitar el establecimiento de un panel independiente. Si el panel determina que existe una incompatibilidad y ésta no se corrige, México puede suspender beneficios comerciales de efecto equivalente, conforme a las reglas del propio tratado.
En términos prácticos, nuestro país podría aplicar contramedidas proporcionales sobre productos estadounidenses. No sería una represalia improvisada, sino el ejercicio de un derecho pactado por los tres países.
Sin embargo, responder a un arancel con otro arancel no debe ser una reacción automática.
Las contramedidas deben ser estratégicas y cuidadosamente seleccionadas. Una respuesta mal diseñada podría encarecer los insumos que necesitan las empresas mexicanas, elevar precios para los consumidores o perjudicar cadenas de producción nacionales.
México debe identificar qué productos estadounidenses pueden sustituirse, qué sectores tienen mayor capacidad de interlocución política y qué medidas ejercerían presión sin provocar un daño superior a nuestra propia economía.
También debemos desarrollar una estrategia dentro de Estados Unidos. La relación comercial no se defiende solamente ante la Casa Blanca. Se defiende dialogando con gobernadores, congresistas, cámaras de comercio, fabricantes, agricultores, importadores, distribuidores y trabajadores estadounidenses.
Una barrera contra México también encarece componentes para las fábricas estadounidenses, altera rutas logísticas, reduce opciones para sus consumidores y afecta a empresas que dependen de la producción compartida de América del Norte.
Paralelamente, México debe trabajar en aquello que sí depende directamente de nosotros: hacernos más competitivos internamente.
No podemos controlar todas las decisiones políticas de Estados Unidos, pero sí podemos reducir nuestros costos logísticos, garantizar energía suficiente y confiable, simplificar trámites, acelerar las aduanas, fortalecer el Estado de derecho, mejorar la infraestructura, capacitar al talento y ampliar el acceso al financiamiento.
También debemos elevar el contenido nacional y regional de nuestra producción, desarrollar proveedores mexicanos y ayudar a que más micro, pequeñas y medianas empresas participen en las cadenas de valor.
Ser competitivos no significa reducir salarios o derechos. Significa producir con mayor eficiencia, energía confiable, reglas claras, tecnología, infraestructura y certeza jurídica.
La revisión del T-MEC no puede concentrarse exclusivamente en las grandes industrias. Detrás de cada exportación existen transportistas, agencias aduanales, almacenes, aseguradoras, hoteles, restaurantes, servicios tecnológicos y miles de negocios familiares.
Alguien fabrica el producto, pero muchos más participan para que llegue a su destino.
México debe combinar cinco herramientas: negociación política, defensa jurídica, diplomacia empresarial, protección de las inversiones existentes y fortalecimiento de la competitividad interna.
La prudencia puede ser una estrategia. La pasividad nunca lo es.
El T-MEC enfrenta su mayor prueba y probablemente no se resolverá en cuestión de meses. Debemos prepararnos para administrar la incertidumbre sin convertirla en parálisis, cuidar lo que hemos construido y negociar con inteligencia aquello que pueda mejorarse.
México debe actuar con unidad, serenidad y firmeza; dispuesto a modernizar el tratado, pero preparado para defender las reglas ya pactadas.
Porque antes de buscar lo que todavía no tenemos, debemos cuidar lo que durante décadas nos ha costado construir.
El T-MEC se revisa, se moderniza y se fortalece. No se rompe.
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Nota del editor: Octavio de la Torre de Stéffano es presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO SERVYTUR). Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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