“Existe una brecha de adopción, un espacio entre cuán dispuesta está la gente a utilizar la IA y cuánto lo hace realmente. Esto se debe a las preocupaciones en torno a la confianza, la privacidad y el control, pero también a lo que está disponible actualmente”, señaló Jaume Sués, socio de innovación en EY.
La necesidad de identificar emociones en esta clase de herramientas crece al usar chatbots de atención a clientes que muchas veces deben identificar el tipo de usuario con el que están conviviendo. Por ejemplo, si un chatbot ubica que un cliente que acaba de perder su vuelo está enojado, podrá tener un acercamiento menos automatizado que el que busca saber sólo su clave de reservación.
“Ahora mismo, el análisis de sentimientos es solo una instantánea: ‘estabas feliz’. No me ayuda a interactuar con mis agentes. Lo que me importa no es solo ‘esta respuesta indica esta emoción’, sino cómo evoluciona la emoción a través de varias interacciones”, precisó Santo.
Para esto el ejecutivo recomendó que si estás desarrollando este tipo de acercamiento en una IA se debe evaluar bajo una escala emocional, donde la interacción puntúe qué tanta emoción hay en una conversación, cómo empezó y cómo finalizó.
Pero para poder alimentar estas bases se requiere de muchos datos, que van desde el conocimiento que tienen estas IA en términos de frases u oraciones usadas de manera cultural, como puede ser el ‘ahorita’ en México, hasta el uso de este tipo de sistemas, pues muchos usuarios aún tienen resistencia a ser atendidos por una IA en momentos de crisis.
“La inteligencia emocional es clave para la confianza. Si no confías en la respuesta de la IA, siempre la vas a cuestionar”, precisó Santo.