De acuerdo con Allianz Trade, la inteligencia artificial ya representa entre 15% y 20% del consumo eléctrico de los centros de datos y esa proporción podría elevarse hasta 40% en 2030, conforme aumente la adopción de aplicaciones basadas en IA generativa y modelos de mayor tamaño.
"Los centros de datos están pasando de ser un factor marginal a convertirse en un motor estructural de la demanda de electricidad en muchas regiones", señaló Patrick Hoffmann, economista senior de clima de Allianz Trade.
El estudio advierte que, si la generación eléctrica no reduce su dependencia de los combustibles fósiles, las emisiones asociadas a estos complejos podrían duplicarse o incluso superar ese nivel hacia 2030. Como consecuencia, los daños económicos derivados del cambio climático relacionados con esta infraestructura aumentarían de 68,000 millones de dólares anuales a alrededor de 154,000 millones al final de la década. Solo las cargas de trabajo relacionadas con inteligencia artificial podrían generar costos climáticos superiores a 50,000 millones de dólares.
Desafíos ambientales en la mira
Además de consumir grandes cantidades de electricidad, los centros de datos requieren importantes volúmenes de agua para enfriar los servidores. Allianz Trade estima que estas instalaciones podrían demandar entre 1.3 y 1.8 billones de litros de agua al año hacia 2030, un volumen comparable al consumo anual de Suiza.
El informe identifica a México entre los países donde este incremento podría resultar especialmente problemático debido al estrés hídrico que enfrentan diversas regiones. Aunque una mayor participación de energías renovables ayudaría a disminuir parte del consumo de agua asociado a la generación eléctrica, la presión sobre los recursos hídricos seguirá aumentando conforme crezca la infraestructura digital.
Para Allianz Trade, el reto consiste en que la expansión de los centros de datos vaya acompañada por una descarbonización acelerada de las redes eléctricas y tecnologías de enfriamiento más eficientes. De lo contrario, la infraestructura que sostiene la revolución de la inteligencia artificial también se convertirá en una fuente cada vez más importante de emisiones de gases de efecto invernadero y de presión sobre recursos estratégicos como la electricidad y el agua.