El término “universidad del cibercrimen” es una metáfora, pues no se trata de instituciones formales como sí existen en Cambridge, Londres o el sur de Florida, donde el cibercrimen se estudia como disciplina académica y forense, sino de ecosistemas clandestinos de aprendizaje donde hackers y estafadores se capacitan y reclutan nuevos integrantes.
Esa evolución, dice García, lleva tres décadas en marcha, de un hacker independiente y altamente especializado en los años 80 y 90, a organizaciones que hoy logran “una escalabilidad alarmante”, impulsada por la masificación de internet, la digitalización acelerada durante la pandemia y, más recientemente, la inteligencia artificial.
Las rutas de entrada a las universidades del cibercrimen
Fátima Rodríguez, investigadora de seguridad de ESET Latinoamérica, distingue varios modelos de reclutamiento. En algunos países de África, como Nigeria y Hanna, actores de amenaza ponen a disposición recursos tecnológicos y de sustento para jóvenes en condiciones económicas precarias, a cambio de una deuda que después se cobra mediante coerción para ejecutar ataques.
Existe también el acceso voluntario, en el cual personas buscan por decisión propia adquirir el conocimiento. En México, señala Rodríguez, este mercado se mueve por capas: empieza en foros de internet superficial o en redes sociales, avanza hacia canales de mensajería anónima como Telegram, y de ahí escala hacia la deep web y, finalmente, hacia comunidades de la dark web que requieren referidos para el acceso.
Ahí comienzan los cursos, manuales y herramientas para técnicas específicas como phishing, carding o ransomware, con costos que van “desde unos cientos hasta algunos miles de dólares”, dependiendo de la técnica y del tipo de licenciamiento de software.
García añade que existe otra vía más accesible aún, el “crimen como servicio”. En este caso, en lugar de “capacitarse”, cualquier persona puede suscribirse a un esquema tipo membresía en la dark web y recibir, por ejemplo, entre 10,000 y 15,000 registros de tarjetas de crédito comprometidas al mes, con una tasa de éxito estimada de entre 15% y 20% para cometer fraudes en plataformas de comercio electrónico.