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Revista Digital
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Ex Google advierte a México sobre el riesgo de acumular datos para la identidad digital

La CURP biométrica y el registro de líneas móviles amplían la infraestructura de identificación, pero también elevan el riesgo para instituciones que almacenan información personal.
Pantalla de computadora con datos de identidad digital como huella digital, fotografía, nombre, etc.
La identidad digital plantea el reto de comprobar quién es una persona sin exponer más datos personales de los necesarios. (Foto: Vertigo3d/Getty Images)

México está construyendo nuevas capas para comprobar quién es quién en el mundo digital. La CURP biométrica busca convertirse en una pieza central de la identidad de las personas, mientras que desde enero de 2026 las líneas de telefonía móvil deben estar vinculadas con la identidad de sus titulares. El gobierno mexicano enfrenta el reto de reunir cada vez más información de los ciudadanos y con ello el de encontrar una forma de comprobar quiénes son sin exponer todos sus datos personales.

Para Gonzalo Alonso, CEO de Ditto y exejecutivo de Google, Mercado Libre y Microsoft, la acumulación de información que ha dominado los sistemas de identidad durante los últimos 25 años no necesariamente produce una identificación más precisa.

“No necesariamente más data te lleva a una identificación mejor”, sostiene Alonso.

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El planteamiento cuestiona una lógica que ha dominado durante años la identidad digital, pedir más documentos, más datos personales y más información para aumentar la certeza sobre una persona. El problema, dice el ejecutivo, es que cada nuevo dato almacenado también puede convertirse en un nuevo punto vulnerable.

La advertencia ocurre mientras México amplía los mecanismos para asociar una identidad con actividades digitales. La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) reportó que hasta el 25 de junio de 2026 había 63 millones de líneas móviles vinculadas, 40.2 millones de prepago y 22.8 millones de pospago.

El registro busca cerrar el anonimato de las líneas telefónicas para combatir delitos como fraude y extorsión. Actualmente, la CRT establece que las compañías telefónicas son las responsables de recabar y proteger los datos y que el registro asocia el número con el nombre y la CURP del usuario. El proceso incluye una validación de identidad y una prueba de vida, pero no almacena huellas dactilares ni iris.

Para Alonso, sin embargo, la discusión de fondo tendría que estar centrada en qué arquitectura se construye alrededor de esos datos y quién tendrá acceso a ella.

“¿Quién va a fiscalizar esa base de datos y cómo va a ser fiscalizada y qué oportunidades de auditar?”, cuestiona al hablar de la nueva infraestructura de identidad que México está construyendo. A su juicio, esos detalles son tan importantes como la tecnología misma.

El problema de acumular información

La identidad digital, explica Alonso, no debería confundirse simplemente con los datos personales de una persona. Es, en términos generales, el conjunto de elementos que permiten demostrar que alguien es quien dice ser.

En el modelo que domina, las organizaciones piden información al usuario, la almacenan y posteriormente la reutilizan para autenticarlo o prestarle servicios. El resultado es una enorme cantidad de información personal distribuida entre instituciones públicas y privadas.

Fortinet señala que los ataques basados en identidad aprovechan credenciales robadas, falsificadas o utilizadas indebidamente para acceder a sistemas y datos. La compañía reporta un incremento de 21 puntos porcentuales en los delitos de identidad entre julio de 2023 y junio de 2024. Además, estima que el costo promedio mundial de una filtración de información alcanzó 4.88 millones de dólares en 2024.

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El riesgo no consiste únicamente en que un atacante consiga una base completa. Alonso advierte que también es posible reconstruir la identidad de una persona a partir de fragmentos obtenidos de distintos lugares.

“Y aunque no hackees toda la data, vas recuperando pedazos de data de información personal del ciudadano”, señala.

Ese es uno de los problemas que el ejecutivo atribuye al modelo centralizado, la información termina “regada” en diferentes ámbitos y cada institución conserva piezas que pueden perder vigencia o quedar expuestas.

El especialista pone como ejemplo sus propios datos bancarios. Aunque lleva tiempo viviendo en España, asegura que algunas de sus cuentas mexicanas todavía conservan información que lo ubica en México. El dato que alguna vez fue útil para identificarlo terminó convirtiéndose en una señal estática que ya no representa su realidad.

Es así como, en lugar de pedirle a una persona que entregue todos sus datos para demostrar quién es, Alonso propone que una organización pueda recibir únicamente una prueba criptográfica de que cumple determinada condición. Se trata de un mecanismo que permite comprobar que una afirmación sobre una persona es verdadera a partir de una credencial previamente validada, sin que la organización tenga que recibir o almacenar toda la información que existe detrás de esa identidad.

Por ejemplo, si una plataforma necesita comprobar que un usuario es mayor de edad, el modelo tradicional podría implicar pedirle una identificación en la que aparecen su nombre, fecha de nacimiento, domicilio y otros datos que la plataforma realmente no necesita. Con una prueba criptográfica, la persona podría demostrar únicamente que cumple con el requisito de ser mayor de edad, sin revelar necesariamente su fecha exacta de nacimiento ni el resto de la información contenida en su documento.

El mismo principio podría aplicarse a otros servicios: demostrar que una identidad fue validada por una autoridad, que una persona tiene autorización para realizar una operación o que cumple determinado requisito, sin entregar en cada interacción su nombre, domicilio, teléfono u otros datos personales.

La diferencia, entonces, está en pasar de un modelo basado en compartir información a otro basado en comprobar atributos. La organización obtiene la certeza que necesita para prestar un servicio, mientras que el usuario conserva bajo su control una mayor parte de su información personal.

“Nos tenemos que pasar a pruebas biométricas en lugar de datos personales”, afirma Alonso.

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El siguiente componente son las credenciales reutilizables, una persona obtiene una credencial que puede utilizar en diferentes servicios y decide cuándo mostrarla. La organización que la recibe comprueba la información necesaria, pero no necesariamente conserva todos los datos que hay detrás de ella.

“Necesitamos usar credenciales reutilizables, que el usuario pueda abrir la puerta, tú las veas cerrar la puerta, se acabó el asunto”, explica Alonso.

La tercera pieza es la descentralización. En este modelo, las pruebas no tendrían que existir en una única base centralizada. Así, un eventual ataque a uno de los componentes no necesariamente expondría toda la identidad de una persona.

La idea coincide con una tendencia que Ditto también ha planteado públicamente: pasar de recopilar y reutilizar grandes cantidades de información personal a demostrar únicamente los atributos necesarios en cada interacción.

México tiene que resolver primero quién controla la identidad

El gobierno plantea la CURP biométrica como una identificación única y verificable, mientras que la vinculación de líneas telefónicas ya relaciona números celulares con la identidad de sus titulares. La propia CRT señala que el registro telefónico busca que cada línea esté asociada con una persona y que las empresas son responsables de proteger la información.

R3D, sin embargo, ha advertido que el problema no termina en quién almacena los datos. La organización cuestiona la falta de salvaguardas suficientes para controlar el acceso de autoridades y señala el riesgo de que distintas bases públicas y privadas puedan cruzarse, lo que permitiría inferir actividades y rutinas de las personas. También ha advertido que las bases de datos asociadas con las líneas telefónicas pueden convertirse en objetivos atractivos para ciberdelincuentes.

Hay otro problema que México tendrá que resolver: que una identidad digital funcione para quienes no tienen las mismas condiciones de acceso a la tecnología.

Alonso advierte que una arquitectura sofisticada puede funcionar muy bien para una persona acostumbrada a utilizar aplicaciones y servicios digitales, pero convertirse en una barrera para adultos mayores o comunidades con conectividad limitada.

Por eso, Alonso sostiene que México sí necesita avanzar hacia una plataforma biométrica de identidad, pero advierte que debe diseñarse a partir de las condiciones locales.

“No estoy diciendo que México no deba de hacer esto, de hecho tiene que moverse lo más rápido”, afirma.

La transformación que plantea Alonso no implica eliminar la identidad digital, sino cambiar la manera de utilizarla. En lugar de que un banco, una plataforma o una institución necesite conservar una copia cada vez más completa de la identidad de una persona, el usuario podría contar con credenciales que le permitan demostrar atributos concretos y reutilizarlos en distintos servicios.

La consecuencia, según su visión, sería un cambio profundo en el valor que las instituciones asignan a los datos personales. Lo que hoy se considera un activo podría convertirse en una responsabilidad.

“Vamos a pasar de creer que los datos personales son lo más importante que tiene un banco, a darnos cuenta que es el riesgo más alto que tiene un banco o una institución”, sostiene.

No es una transición inmediata ni está exenta de riesgos. El propio ejecutivo reconoce que los modelos descentralizados requieren confianza en las instituciones que emiten y validan las credenciales y que todavía existen preguntas sobre cómo funcionarán en distintos países.

Pero la discusión que México enfrenta ahora puede resumirse en una pregunta más sencilla: ¿para demostrar que una persona es quien dice ser realmente necesitamos conocer cada vez más cosas sobre ella? Para Alonso, la respuesta apunta en la dirección contraria.

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