Los ojos grandes, las caras redondeadas, los “perritos tiernos” y las expresiones amigables ya no son exclusivos de las caricaturas, pues ahora se plasman en asistentes de inteligencia artificial (IA) que forman parte del día a día del usuario. Sin embargo, detrás de estos inocentes personajes existe una tecnología que al brindarte confianza, es capaz de recopilar tus datos y en algunos casos recabar información de manera autónoma.
Por qué confiamos más en la IA cuando parece un Tamagotchi: el truco para obtener tus datos
“El mayor riesgo es o sería preguntarnos si esos datos que nosotros compartimos los están ocupando con algún propósito en particular”, advierte Erik Carbajal Degante, Investigador del Instituto de Ciencias Aplicadas y Tecnología de la UNAM y agrega que los datos recopilados por los sistemas tecnológicos pueden utilizarse para distintos fines, desde mejorar productos y personalizar servicios hasta objetivos comerciales o políticos, dependiendo de las prácticas de cada organización.
En los últimos meses, empresas como OpenAI, xAI, y Meta han explorado asistentes con características que recuerdan a mascotas virtuales o tamagotchis, tendencia que va al alza para hacer que la interacción resulte más cercana , pero también plantea preguntas sobre cómo la apariencia de una herramienta influye en la familiaridad que depositamos en ella.
Carbajal Degante explica que las características visuales y las formas de interacción de estos asistentes pueden favorecer la atención y cercanía con los usuarios, lo que adquiere una nueva dimensión cuando las herramientas comienzan a solicitar acceso a cámaras, micrófonos, archivos y otros datos personales.
“Esto facilita que precisamente nosotros podamos compartir, tener o fomentar este vínculo de confianza por el cual podemos brindar o tener acceso a nuestros datos por parte de estas empresas o desarrollos tecnológicos”, agrega el especialista en entrevista con Expansión.
Para explicar este fenómeno, Carbajal recurre a los principios del aprendizaje multimedia, desarrollados por hacen, que estudian cómo las personas procesan información presentada mediante diferentes recursos como imágenes, texto y voz.
Además, el investigador explica que elementos como las animaciones, las voces naturales y determinados rasgos visuales pueden ayudar a captar la atención de las personas y hacer más accesible la interacción con una herramienta tecnológica.
Estas herramientas no solo nos hacen sentir que estamos viendo a alguien que nos parece similar sino que, la manera en que los sistemas responden y la sensación de sentir que estamos conversando con alguien que “ nos comprende ” influye en nuestra relación con la IA.
Cuando la IA nos da la razón, aunque estemos equivocados
Una investigación de la Universidad de Oxford publicada en abril del 2026 encontró que los modelos entrenados para comunicarse de manera más cálida y empática tienen alrededor de 40% más probabilidades de validar creencias equivocadas de los usuarios.
El descubrimiento plantea que las características que hacen que un asistente resulte agradable también pueden favorecer respuestas complacientes, incluso cuando sería más útil cuestionar una afirmación incorrecta.
Incluso, un estudio publicado en 2021 en la revista International Journal of Social Robotics , reportó que los robots con rasgos faciales asociados a los bebés, especialmente ojos grandes y determinadas proporciones del rostro eran percibidas como más confiables.
La apuesta por humanizar a la IA ya tiene ejemplos concretos con OpenAI, por ejemplo, que presentó Dots , un agente que puede mantener proyectos activos, utilizar aplicaciones conectadas y ejecutar tareas mediante una computadora en la nube, pero aunque se presentan como personajes amigables sus funciones incluyen: trabajar con información y herramientas autorizadas por los usuarios.
A su vez, Meta llevó esta tendencia a su dispositivo físico llamado Muse Charm , una especie de tamagotchi con IA presentado durante el Meta Connect 2026. Este aparato incorpora una pantalla con un avatar animado y permite conversar con Muse mediante comandos de voz, sin necesidad de abrir una pantalla en el teléfono.
Sin embargo, las preocupaciones sobre privacidad también alcanzaron a Muse, debido a que en septiembre el periodista Jason Aton denunció que el agente había accedido a sus mensajes privados sin los permisos correspondientes, una versión que la empresa rechazó al asegurar que la interacción requiere autorización explícita.
Este interés por los asistentes con características humanas también se extiende a xAI, desarrolladora de Grok, que ha explorado personajes digitales con sus propias personalidades.
Esta relación entre las personas y las máquinas no comenzó con la IA generativa, pues Carbajal recuerda el llamado “efecto ELIZA” ocurrido en 1966, fenómeno relacionado con la tendencia humana a atribuir comprensión e intenciones a sistemas de computación que simulan conversaciones. El fenómeno se llamó así por uno de los primeros programas capaces de mantener intercambios de texto que imitaban patrones de conversaciones terapéuticas.
Además, la discusión sobre la confianza adquiere relevancia cuando la tecnología deja de limitarse a generar respuestas y comienza a participar en procesos de decisión.
“El paradigma agéntico revoluciona esta sensación de que el control es completamente del ser humano”, agrega el investigador al referirse a que la aparición de modelos generativos y agentes capaces de ejecutar acciones plantea una diferencia importante frente a los primeros sistemas, pues en la informática tradicional, el ser humano mantiene el control absoluto al dar una orden y que la máquina responda; pero, ahora con los agentes de IA, el control se vuelve compartido.
La confianza también abre la puerta a los datos personales
El problema no está únicamente en que los usuarios le atribuyan características humanas a una herramienta, sino en los permisos y la información que están dispuestos a compartir durante esa interacción.
De acuerdo con Carbajal, los asistentes actuales pueden pasar de una conversación de texto a interacciones mediante voz, video, y acceso a funciones de los dispositivos, lo que amplía las posibilidades de uso pero también exige mayor atención sobre el tratamiento de la información.
Ante esto, considera que es necesario que las empresas incorporen criterios éticos y mecanismos de protección de datos desde las primeras etapas de desarrollo de sus herramientas en lugar de evaluar los riesgos solo cuando los productos ya están disponibles para los usuarios.
“Considero que, en la actualidad, muchos desarrollos tecnológicos carecen de marcos éticos”, y asegura que la respuesta debe incluir mayor transparencia, mecanismos de protección de datos y claridad sobre los permisos que solicitan los sistemas.
Así, la apariencia de una mascota digital hace que una tecnología resulte más accesible y cercana pero esa cercanía no garantiza que sus respuestas sean correctas ni que sus prácticas de recopilación de información sean seguras.