OPINIÓN: La gestión Trump se prepara para una política de línea dura sobre China

Desde que ganó las elecciones, Donald Trump no ha dejado de decir que China se roba los empleos de los estadounidenses, manipula su moneda y hackea instituciones estadounidenses.
La relación diplomática EU-China en la era Trump

Nota del editor: Ashley Townshend es investigador del United States Studies Centre de la Universidad de Sídney. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(CNN) – El presidente de Estados Unidos Donald Trump no ha escatimado palabras sobre el Mar de China Meridional. En los últimos meses ha desafiado a Beijing en tuits y discursos por su “descarada” actividad de construcción de islas y la edificación de un "masivo complejo militar".

También prometió usar la influencia económica de Washington sobre Beijing como una forma disuasoria, una táctica que, de ser usada, abriría un nuevo frente en la rivalidad entre Estados Unidos y China, preparando el escenario para una posible represalia económica china.

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La elección de Trump de Rex Tillerson como secretario de Estado ha ido, inesperadamente, aún más lejos. Durante las audiencias de ratificación del Senado, el exdirector de Exxon Mobil declaró audazmente que la militarización de China de islotes artificiales en el Mar Meridional era "similar a la anexión rusa de Crimea", una comparación que levantará ampollas en Beijing.

Reflejando las opiniones de muchos analistas asiáticos en el equipo de Trump y en todo el espectro político de Washington, Tillerson criticó la política del presidente Barack Obama en el Mar de China Meridional por ser inadecuada – implicando que las patrullas navales periódicas no eran una respuesta lo bastante fuerte para detener a China de “traspasar los límites" continuamente.

Pero sus comentarios más polémicos se referían a los objetivos que Estados Unidos debería fijarse en adelante en conexión con el Mar Meridional. Más allá de convencer a Beijing de que deje de construir islas (lo que el gobierno de Obama intentó pero no logró), Tillerson dijo: "Vamos a tener que enviarle a China una clara señal de que, primero, no construirá más islas, y segundo, su acceso a esas islas tampoco será permitido".

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Nadie en Washington ha considerado seriamente esta opción. Impedir el acceso de los buques militares chinos a los arrecifes del Mar Meridional provocaría casi con toda seguridad un choque entre Estados Unidos y China. Es más, como muchos de los arrecifes están efectivamente en aguas internacionales, impedir que los buques chinos naveguen hacia o cerca de éstos socavaría las mismas normas de libertad de navegación que Estados Unidos ha estado tratando de defender.

Aunque no debemos sobreinterpretar estos comentarios de Tillerson (pues después de todo, las personas cometen errores durante los largos interrogatorios de los comités del Senado, sobre todo cuando son nuevos en los temas), el tono general de su testimonio fue duro con China.

Si el equipo de Obama fue a veces demasiado cauteloso en amonestar al país asiático, las contundentes palabras de Tillerson sobre las acciones "extremadamente preocupantes" e "ilegales" de China traerán una aspereza a la política del Departamento de Estado que no había estado presente antes.

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¿Contraproducente en el tema de Corea del Norte?

Trump y Tillerson también han criticado duramente a Beijing por no haber ayudado a Estados Unidos a imponer las sanciones de las Naciones Unidas sobre Corea del Norte, un enfoque de línea dura que en última instancia podría resultar contraproducente.

Aunque a principios de este mes Trump dejó plasmada en Twitter su decepción en ese respecto, Tillerson, en su audiencia, subió la temperatura. En términos inusualmente directos, declaró que Washington ya no puede aceptar las "promesas vacías" de Beijing sobre Corea del Norte y debería considerar la aplicación de "sanciones secundarias" a las entidades chinas que están violando las sanciones a fin de "obligar" a Beijing a cumplir.

Llevan razón, Beijing debe hacer más para hacer cumplir las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU que buscan ejercer presión sobre el régimen de Kim Jong Un por sus pruebas de misiles nucleares y balísticos.

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A pesar de aprobar dos rondas de sanciones ostensiblemente duras en 2016, China ha encontrado consistentemente maneras de evitar ejecutar realmente estas medidas, como por ejemplo no arremeter lo suficiente contra el gran número de pequeñas empresas chinas que importan carbón norcoreano excediendo las restricciones de la ONU.

Pero ridiculizar públicamente a China por no haber cumplido plenamente con las sanciones solo mueve a Beijing a la defensiva. Las autoridades chinas ya han rechazado las acusaciones de Trump y han hablado mucho de sus propios esfuerzos para construir estabilidad en la Península Coreana, y les molestará el último reproche de Tillerson. El efecto neto será un enconado contexto bilateral en el que la coordinación entre Estados Unidos y China sobre Corea del Norte, o la presión silenciosa sobre Beijing, serán más difíciles.

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Dado que cualquier solución a largo plazo para ceñir las ambiciones nucleares norcoreanas requerirá la participación activa de China, crear un distanciamiento público sobre este tema es contraproducente. El equipo de política exterior de Trump mejor debería seguir presionando a China por la laxa aplicación de las sanciones, usando vías diplomáticas privadas que no causarán que Beijing se cierre a la cooperación.

Una relación más inestable entre Estados Unidos y China

Si bien es necesaria una acción estadounidense más firme en el Mar Meridional y en Corea del Norte, la administración Trump está preparándose para tener una política de línea dura sobre China.

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Desde que ganó las elecciones, Trump no ha dejado de decir que China se roba los empleos de los estadounidenses, manipula su moneda y hackea instituciones estadounidenses. Tanto él como su equipo han alimentado la incertidumbre sobre el futuro de las relaciones entre Estados Unidos y Taiwán -una preocupación fundamental para Beijing- y han hablado mucho de una mayor presencia militar estadounidense en la región Asia-Pacífico, mientras critican la inacción china sobre Corea del Norte y su asertividad marítima en aguas asiáticas.

Esto es un error. Adoptar mano dura con China en prácticamente todos los frentes a la vez no hará que Beijing coopere o haga difíciles concesiones.

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Un enfoque de mano dura, si llegara a darse, convertirá a Beijing en un socio más hostil para Washington. Las consecuencias serán negativas para las relaciones Estados Unidos-China en todo el globo, dificultando que las dos potencias trabajen conjuntamente en temas de interés mutuo, como la gestión de crisis y la protección del medio ambiente, al tiempo que profundizará las fricciones en las principales áreas de desacuerdo, como el futuro orden estratégico de Asia.

En su lugar, Tillerson y el resto del equipo de política exterior de Trump deben priorizar las áreas en las que se justifica un enfoque más duro con China -como en el Mar Meridional- y concentrar sus esfuerzos para propiciar cambios allí. Esto requerirá, en algunas ocasiones, fuertes declaraciones públicas y acciones por parte de Estados Unidos, pero deben combinarse con una presión diplomática privada que no se tuitea en 140 caracteres.

Los desafíos menos importantes en las relaciones entre los dos países tendrán que pasar a segundo plano en el corto plazo o gestionarse silenciosa y lentamente. Ninguna relación de poder puede soportar la hostilidad en todos los frentes sin caer en un estado al estilo Guerra Fría.

En este punto prematuro en la presidencia entrante de Trump, parece improbable que su administración elija escuchar estas llamadas a la moderación. Pero la realidad de negociar compromisos y acuerdos con una potencia rival bien podría obligar al equipo de Trump a escoger sus batallas cuidadosamente.

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