OPINIÓN: No llores por Trump, el mapa mexicano tiene más luz que sombra

Pese a que Estados Unidos podría levantar un 'muro' al petróleo mexicano, el país latinoamericano puede abrirse al mundo para mantener su presencia en el sector energético.
Oro negro  En la recientes licitaciones para exploración y producción, no ha habido dominancia de las empresas de Estados Unidos.  (Foto: iStock)
Miriam Grunstein

Nota del editor: Miriam Grunstein es académica asociada al Centro México de Rice University, coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin y socia fundadora de Brilliant Energy Consulting.

(Expansión) — Antes, el tema del día eran los monopolios. Hoy también deben serlo los monopsonios. La industria energética en México ha sido disfuncional tanto por sus monopolios como por sus monopsonios. Ya desarticulada —al menos en la letra de la ley— la dominancia de Pemex y CFE, aún no está resuelto el problema de que aún tenemos pocos compradores y vendedores de nuestros insumos energéticos.

Esta limitación es preocupante. Así como los monopolios abusan y aprietan con la oferta, los monopsonios extorsionan y amenazan con la demanda. Sabio es el vendedor ambulante que cuando uno quiere comprarle toda su mercancía, se niega y pregunta ¿y entonces a quién más le voy vender? Un buen mercado es aquel en que hay simetría entre vendedores y compradores. Si uno domina la balanza, el otro tendrá que dar su brazo a torcer.

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En su relación energética con Estados Unidos, México ha errado por partida doble: por confiar en que aquel país nos compraría petróleo y que nos vendería gasolina y gas para siempre jamás. Importar energéticos sonaba aún mejor cuando por la fastidiosamente llamada “revolución del Shale Gas” se abarataron los precios al norte de la frontera y lo “único” que necesitábamos era la infraestructura logística para internarlos. Además, ante la polarización del debate entorno a los costos socio-ambientales de la producción de crudo y gas de lutitas (shale), a algunos nos parece sensato que los productores los paguen y nos exporten los hidrocarburos ya libres de todo mal. Con las importaciones de hidrocarburos tal vez pagaríamos costos adicionales de carácter logístico pero evitaríamos los impactos socio-ambientales de la extracción de hidrocarburos mediante técnicas no convencionales como el fracking.

En lo que concierne a la oferta de crudo a los Estados Unidos, la situación de México es más apretada. Las exportaciones cada vez son más pequeñas en la medida en que este país se aproxima a la autosuficiencia. Tan turgente en hidrocarburos es Estados Unidos, que desde hace un año le exporta crudo a la paupérrima Venezuela. Y no obstante esta abundancia, Trump ya autorizó la construcción del oleoducto transfronterizo “Keystone” que traerá crudo pesado desde las arenas bituminosas de la provincia de Alberta y lo llevará a lo largo de muchas millas hacia las refinerías al borde del otro Golfo de México. Tener a los petroleros canadienses como competencia podría dolernos. Pero si la máxima es “mal de muchos, consuelo de tontos” hoy para nadie es fácil exportar. Al escribir esta columna, Rusia recién anunció que recortaría su producción —no dijo cuándo, ni cómo, ni cuánto.

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Nada de lo que se ha dicho líneas arriba en esta columna parece ser congruente con su título. Si dependemos tanto de EU como exportador de gas y gasolina y también como comprador de crudo ¿Por qué decir que México persistirá? Algunos comentan que el papel de Rex Tillerson como Secretario de Estado podría jugar a nuestro favor, pues como exCEO de ExxonMobil cree en la libertad comercial, incluso como dogma de fe. Y aun si así no lo fuera, no hay por qué pensar que el futuro energético nacional pende de un hilo que manipula el tío Sam.

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En exploración y producción, no ha habido dominancia de las empresas de Estados Unidos. En aguas profundas, en particular, el primer Joint Venture con Pemex, se lo riñeron BHP Billington y BP, que en principio quedaron empatadas y, por la inversión adicional, se lo llevó la primera. En las demás áreas contractuales, hubo presencia de INPEX (Malasia), CNOOC (China), Total (Francia) y BP (Reino Unido), entre las ganadoras. Shell, que es angloholandesa, no se llevó contrato, pero peleó por situarse en el mapa, en nuestro mapa. Así que, con Tillerson o sin Tillerson, estas empresas han apostado por México. Aún en licitaciones de campos mucho menores, como la 2 y la 3, hubo empresas como la canadiense Renaissance y ENI de Italia, que se la jugaron por nuestra águila y nuestro sol. Las ofertas al Estado han sido por lo general altas, a pesar de que la Perrier es más cara que el crudo. Lo bueno de que las ofertas sean altas es que hay interés; lo inquietante es que estos pagos no sean viables a largo plazo.

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No todo lo que brilla es el oro negro, por lo que no hay que olvidar las subastas eléctricas en la que destacan dos datos interesantes: el primero es que han dominado las energías renovables, y segundo, que hubo empresas de pasaportes varios: españolas, francesas, italianas y, ¿por qué no decirlo?, alguna que otra estadounidense. Estas empresas ofertaron tarifas bajas a la CFE, tal vez demasiado bajas. En la primera subasta se comentó que eran las tarifas más bajas siguiendo las de Perú. Además de su agresividad por entrar a México, que pidan tan poco es llamativo pues podrían poner los proyectos en peligro de extinción. Como sea, la introducción de energías renovables, por incipiente que sea, es una decisión inteligente hacia nuestra seguridad energética puesto que el sol sale para todos y el viento no respeta muros. También ya es hora de que pensemos en una evolución tecnológica que no sea exclusivamente extractiva.

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A pesar de su complejidad topográfica, el mapa mexicano tiene más luz que sombra. Aun con las imperfecciones de la reforma, nuestra institucionalidad infante y un pantanoso estado de derecho es debido persistir y buscar nuevos horizontes. Si se cierra el norte, nos queda el sur, el este y el oeste de este ancho mundo.

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