OPINIÓN: Menos muros, más ductos. Trump no amenaza nuestra seguridad energética

Si el presidente republicano desea que su país recupere su grandeza y que se generen empleos, debería proyectar más ductos transfronterizos y menos muros.
Oportunidad  México cuenta ya con nuevas reglas para que cualquier empresa seria se interese en invertir en crear un mercado de combustibles atractivo para las empresas y eficiente para los consumidores.  (Foto: iStock by Getty Images)
Miriam Grunstein

Nota del editor: Miriam Grunstein es académica asociada al Centro México de Rice University, coordinadora del programa de Capacitación al Gobierno Federal en materia de Hidrocarburos que imparte la Universidad de Texas en Austin y socia fundadora de Brilliant Energy Consulting.

(Expansión) — ¿Alguien recuerda la Refinería Bicentenario? ¿Aquella cuya construcción se anunció justo cuando irrumpió el cataclismo económico de 2008, durante el sexenio de Felipe Calderón?

Con el mundo en quiebra, Calderón anunció que su gobierno construiría la refinería más grandiosa, mejor equipada, eficiente y conforme a los más estrictos estándares de seguridad industrial y protección al medio ambiente, a la que llamarían “Bicentenario”, en honor a los doscientos años de nuestra independencia.

Pero este grito de independencia, que pretendía emanciparnos de las importaciones, tendría un costo muy considerable. Entonces se hablaba de una inversión pública de 16,000 millones de dólares para la construcción de una sola refinería. Con ello, Calderón pretendía poner un dique a las importaciones de combustibles y tener su New Deal, región cuatro. Esto es, no solo la construcción y operación de la refinería emplearía a legiones de paisanos sino que, además, marcaría la senda hacia la independencia energética de México.

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Algunos se opusieron desde el principio y un colega, entonces consultor de McKinsey, dijo que con ese dinero podían comprarse varias refinerías de menor escala, en el sur de Estados Unidos, con los ductos necesarios para el internamiento de los refinados a México. Pero el gobierno de Calderón insistió que la refinería tenía que ser nuestra, como nuestro ha sido el petróleo decreciente. Las aspiraciones de Calderón solo dieron para construir la barda perimetral de su magna obra pública. Al llegar el PRI al poder éste canceló el proyecto pues nuestros muros energéticos caerían. Hoy todo mundo puede invertir en la industria de la refinación en México, si puede y si quiere.

¡Qué ironía! México se abrió ahora que Estados Unidos, no solo se nos cierra, sino que podría intentar sofocar su desarrollo al atrancar el abasto de gasolina y gas natural. Como Putin, quien amedrenta a sus adversarios abriendo y cerrando los grifos energéticos a placer, Donald Trump tal vez suponga que tiene en sus manos las llaves del gas y de la gasolina, cuando lo cierto es que, en el país donde las empresas mandan, no podrá con el poder de su pluma impedir que éstas vayan tras la demanda de sus productos. Y México, por su ubicación estratégica –pero también por su voluntad de ser un buen socio comercial— es un destino soleado para los hidrocarburos de cualquier empresa.

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Trump tendría que haber inhalado gasolina si no reconoce que las exportaciones de hidrocarburos a México le convienen a su país tanto como al nuestro. Las exportaciones de los Estados Unidos de gas natural a México han influido en el alza del precio del mismo y la Agencia Internacional de Energía predice que ésta se mantendrá a lo largo de 2018. Si Trump desea que su país recupere su grandeza y que se generen empleos, debería proyectar más ductos transfronterizos y menos muros. Es desolador ver el número de empleos que sea han perdido en las regiones productoras de ese país por el colapso en el precio de los hidrocarburos. Así que, en el mejor espíritu del liberalismo económico, aquel presidente, si amerita el título, debe dejar que las empresas hagan y que los hidrocarburos pasen.

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Como sea, ha llegado nuestra hora de buscar alternativas de autosuficiencia e intercambio, porque ya contamos con las reglas para que cualquier empresa seria se interese en invertir en crear un mercado de combustibles atractivo para las empresas y eficiente para los consumidores. Empresas chinas han manifestado interés en invertir en México tanto como les sea conveniente. ¿A los estadounidenses les da calambre la amenaza amarilla? Pues que pongan un alto a su torpedo naranja.

Sin embargo, tal vez el peor enemigo de nuestra liberación energética hacia un mercado eficiente esté en casa. Después de un diciembre helado, y un enero gris, la Secretaría de Hacienda reculó y no habrá incrementos en la gasolina en febrero. Trump loco, nuestro gobierno otro poco. ¿No se debía el disparo en el tanque al aumento en el precio del barril y a un tipo de cambio desfavorable? ¿O fue un incremento recaudatorio cuyo precio político rebasó sus ganancias? Para el desarrollo sano de los mercados no hay peores señales que las de una mano que arbitrariamente golpea y luego acaricia al consumidor.

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Los mercados a veces no son amables, pero al menos pueden ser libres, lo cual le da margen de maniobra a los consumidores. No debemos atraparnos entre un exportador potencialmente necio y acechante y un gobierno desorientado e impredecible. Escapemos hacia la independencia sin muros y al intercambio sin abusos.

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