OPINIÓN: Pese a una reforma limitada sobre la marihuana, lo mejor está por venir

La marihuana medicinal es tan solo el inicio del cambio de paradigma en política de drogas que necesitamos con apremio.
El reconocimiento de los beneficios médicos y terapéuticos de la marihuana no es suficiente, ni siquiera en el ámbito de la salud.
Pendientes  El reconocimiento de los beneficios médicos y terapéuticos de la marihuana no es suficiente, ni siquiera en el ámbito de la salud.  (Foto: iStock)
Fernando Belaunzarán

Nota del editor: Fernando Belaunzarán es filósofo y político. Licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fue diputado federal del PRD por la Ciudad de México en la LXII legislatura de 2012-2015. Forma parte del consejo editorial de la revista El punto sobre la i, de la organización Demócratas de Izquierda A.C.. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — Hay reformas cuyos alcances son mayores que lo que indican los artículos modificados, suprimidos o adicionados. Es el caso de la llamada “marihuana medicinal” recién aprobada por el Congreso mexicano, cuyo significado simbólico rebasa por mucho el tamaño de lo logrado. Su trascendencia radica en lo que presagia, en el camino que inaugura, en haber dado el primer paso -siempre el más difícil en temas con resonancias morales- y haber roto el tabú. Lo mejor está por venir.

No es cosa menor que por fin se hayan puesto los pies en la ciencia y se reconozcan las propiedades médicas y terapéuticas de una planta por tanto tiempo satanizada con prejuicios y mentiras para transmitir temores infundados. Eso no quiere decir que la marihuana sea inocua, pero sí que sus riesgos se pueden atajar mejor con información confiable y basada en evidencia. Si la prevención ha fracasado en México es porque se construyó con base en el miedo y la coacción, en lugar de en la educación y la autonomía.

OPINIÓN: Marihuana medicinal, el fin de los mitos

El reconocimiento de los beneficios médicos y terapéuticos de la marihuana no es suficiente, ni siquiera en el ámbito de la salud. Es necesario que estén al alcance del conjunto de la población y no solo del pequeño sector que está en posibilidades de importarlos por su cuenta. Los médicos podrán recetar medicamentos elaboradas con cannabinoides, pero está por verse que las farmacias los importen porque son muy caros, la demanda es por el momento limitada y no estén en el cuadro básico de medicinas. Solo se permite el cultivo con fines “médicos y científicos”, es decir, para la investigación farmacológica y, en virtud de los protocolos, podría tardar al menos siete años contar con un producto elaborado y patentado en México.

Hay que distinguir las “medicinas” propiamente dichas de otros productos de utilidad terapéutica, como son los aceites que tan buenos resultados han dado para pacientes con dolencias muy distintas y que son muy recordados por la creciente demanda que tienen para tratar a los niños con epilepsia.

Aún en estos casos, en donde el producto no es psicoactivo por tener una cantidad marginal de tetrahidrocannabinol (THC), se tendrán igualmente que seguir importando con trámite en Cofepris y contratación de un agente aduanal, previa receta médica. Es decir, los padres de Grace, la niña de Monterrey que conmovió al país, y los de muchos otros que están en una situación similar, tendrán que seguir trayéndolo de otro país, o bien, hacerlo como hasta ahora, de manera artesanal, sin el riguroso control de calidad que merecería y arriesgando la libertad.

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En efecto, muchas familias no están en condiciones económicas de importar el aceite que necesita su pariente y optan por hacerlo al alimón, a pesar de los riesgos que eso conlleva. Aún así, les funciona; pero nadie debería arriesgarse por hacer valer el derecho a la salud de alguno de sus seres queridos. En Colombia, Brasil, Jamaica, Chile, Argentina y Uruguay, por no hablar de los llamados “países desarrollados”, tienen asegurada la producción nacional de tales aceites.

Si se hubiera permitido al menos el cultivo de cannabis no psicoactiva, los pacientes que requirieran fundamentalmente cannabidiol (CBD) podrían conseguirlo con facilidad -en Estados Unidos se vende como suplementos alimenticios- y además se impulsaría la industria del cáñamo que sirve para fabricar lo mismo casas que autos, combustibles, textiles, papel, portafolios, cremas, etc.

También los tratamientos terapéuticos con cannabis en flor tendrán que esperar. Norberto Rivera tendrá que seguir consiguiendo la marihuana que utiliza en alcohol para sus reumas en el mercado negro, lo mismo los parientes de enfermos terminales que la requieren contra los dolores, mareos, vómitos, en fin, para mejorar su calidad de vida.

No obstante las limitaciones de la reforma aprobada, soy optimista. Confío en que los próximos avances tardarán mucho menos y serán también más fáciles de procesarse. La marihuana medicinal es tan solo el inicio del cambio de paradigma en política de drogas que necesitamos con apremio. Mueren mucho más personas por combatirlas que por consumirlas y México padece una crisis humanitaria por librar una guerra que no se puede ganar.

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Las drogas son peligrosas, pero si algo ha quedado demostrado en México es que la prohibición las hace mucho más peligrosas. Confío en que la reforma recién aprobada sea un punto de quiebre y que la ciencia y el sentido común se abran camino entre los prejuicios. Es tiempo de construir un nuevo modelo que ponga en el centro a la salud pública y a los derechos humanos, que promueva la prevención, la reducción de daños, el tratamiento a usuarios problemáticos, la descriminalización de consumidores y la regulación de drogas. Con el tabú roto, se abre la avenida de la transformación.

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