OPINIÓN: Vanguardia y retaguardia

Si la jornada electoral fue prólogo de la presidencial de 2018, el PRI y Morena, fieles a su tradición, evocarán al pasado: el primero a través de su estructura, el segundo de su narrativa.
Elecciones 2017  El domingo 4 de junio se realizaron votaciones para elegir gobernador en el Estado de México (foto), Coahuila y Nayarit, así como 212 alcaldías en Veracruz.  (Foto: Cuartoscuro)
PABLO MAJLUF

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista egresado del Tecnológico de Monterrey y maestro en comunicación y cultura por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de comunicación digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y profesor de comunicación y periodismo en el Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirlo en Twitter como @pablo_majluf. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión) – Al margen de los ganadores y perdedores –aún no oficiales– de las elecciones del domingo (Edomex, Nayarit, Coahuila, Veracruz), lo importante, para tener claridad en la antesala de la elección presidencial, es la redefinición del espectro político mexicano. Para eso sirvió la contienda, para puntualizar.

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Se revelan cuatro fuerzas principales –PAN, PRI, PRD y Morena– pero que se ubican en solo dos polos: vanguardia y retaguardia. Olvide usted ya –como en el resto del mundo– izquierda, derecha y otros apelativos anacrónicos. El espectro hoy está entre los nostálgicos y los (relativamente) modernos. Estas etiquetas no son, por supuesto, cabales –todas las facciones mexicanas son heterogéneas– pero a juzgar por los principales elementos de su discurso, los actores se sitúan más o menos así, aunque a menudo parezca lo contrario:

Al águila bicéfala de nostálgicos la forman principalmente PRI y Morena, los conservadores (con grupúsculos de los otros dos partidos, por supuesto). El PRI más por la forma, Morena más por el fondo. Si algo exhibieron ambos en este ciclo electoral, es su añoranza por el nacionalismo revolucionario.

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El primero, el PRI, en la ostentación de su músculo corporativo: una maquinaria octogenaria que puede poner en el poder, a pesar de las escalofriantes estadísticas de su legado hegemónico, a un príncipe de Atlacomulco, hijo y nieto de exgobernadores, primo del presidente, consorte antipático de una –excusarán la alusión– “aristocracia del poder”; y todo ello, habiendo hecho gala de la tradición: el intercambio de prebendas por votos, la pobreza como artilugio, el uso de recursos públicos, en fin, como bien les enseñaron sus antepasados.

El segundo, Morena, es puro populismo fascistoide. Suena exagerado por la connotación histórica de las palabras, pero invito al lector a mirar a los años 30 y comprobar la trascendencia de no pocos ingredientes: organización vertical y autocrática, apelación a la emoción popular, maniqueísmo, añoranza del pasado glorioso, advertencias apocalípticas, mesianismo. Y, para completar el cuadro, una buena dosis de catolicismo virreinal mezclado con racismo revolucionario.

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¿No es acaso ‘Morena’ un acrónimo que celebra la simbiosis del mito fundacional y la excepcionalidad de la raza de bronce? ¿No es un juego de palabras religioso, exclusivista y demagogo que, en lugar de aludir a la pluralidad de la que se asume abanderado, elogia una visión homogénea del mexicano? Sobran la homofobia, el antiaborto y el estatismo económico para exhibir el monstruo reaccionario que es, no digamos ya sus coqueteos con Venezuela, los berrinches autoritarios, los ataques trumpianos a la prensa y su caciquil megalomanía.

En el otro lado están los (relativamente) modernos. El paréntesis es para aclarar que tanto al PAN como al PRD los nutren filas profundamente retrógradas y un buen grado de ineptitud. Pero la sola disposición de quitarse el disfraz ideológico y aliarse, ofreciendo una combinación de posturas aparentemente contradictorias pero en el fondo posiblemente complementarias, es señal de que al menos entienden la nueva política, una que ya no está hecha de clientelismos previamente establecidos, sino de los caprichos, antojos y necesidades de un electorado híbrido y desigual como es el mexicano (y el alemán y el japonés y el español). No digo que esté bien, y ciertamente puede parecer oportunismo, pero no hay otra forma, hoy, de ofrecer un mínimo común denominador a una sociedad tan plural.

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La nueva torre democrática de Babel exige coaliciones y compromisos –diversidad– y es lo que, al menos esta vez, ofrecieron estos partidos, a mi juicio con éxito. Cierto, no se aliaron en el Estado de México y Coahuila, pero es justamente ahí donde les costó, y el mensaje es claro (aunque aún hay que esperar el conteo en Coahuila, porque según el IEC puede ganar el PAN). En Nayarit y Veracruz, en cambio, la victoria fue contundente: en el primero, ganaron de calle, y en el segundo… la mitad de los municipios. Asimismo el año pasado, donde juntos ganaron tres de cinco elecciones, una inercia evidentemente competitiva.

En un escenario fragmentado en cuatro como será el 2018, donde ninguno tendrá mayoría, y a falta de la denominada “segunda vuelta”, esta actitud puede hacer la diferencia… no solo para ganar, sino, en dado caso, gobernar con cierta legitimidad. Si esta última jornada fue prólogo de la presidencial, el PRI y Morena, fieles a su tradición, evocarán al pasado: el primero a través de su estructura, el segundo de su narrativa. Si logran ganar, gobernarán como Peña Nieto, con el consentimiento de apenas dos o tres de cada diez mexicanos. Y a ver cómo les va.

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Si el PAN y el PRD aprendieron la lección, dejarán los moldes de lado, harán numeritos –yo calculo que pueden sumar entre 40-50% de votos una vez comenzada la contienda–, y demostrarán, como lo hicieron en esta elección, que la mayoría en México prefiere la inclusión y la pluralidad, la integración: que la vieja política de flancos fijos está muerta. Su reto ahora es librar su habitual marasmo interno, purgar a sus propios nostálgicos.

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