En México, el sistema todavía enfrenta una fragmentación, pues las universidades avanzan, pero no siempre bajo una estrategia común, además el vínculo entre academia, industria y gobierno se mantiene irregular, y sin ese engranaje el impacto de la investigación se queda contenido.
Asimismo pesa la alineación con el mercado, y en este punto algunas instituciones han logrado diferenciarse. “Una de las variables importantes es la reputación entre empleadores. La ranqueadora consulta a empresas de todo el mundo sobre de dónde provienen los egresados mejor preparados, y esa percepción también influye en la posición de las universidades”, añade Neil Hernández, director de Rankings del Tec.
Pese a esto, el reconocimiento no se distribuye, se concentra en pocas universidades que logran sostener inversión, redes globales y producción científica durante años, por lo que no es un fenómeno exclusivo de México, aunque aquí se amplifica por la desigualdad en recursos y capacidades entre instituciones.
La pregunta entonces cambia, porque ya no es por qué una universidad logra entrar al Top 50, sino por qué el sistema completo no logra acompañarla, y la respuesta apunta a decisiones de largo plazo, como financiamiento continuo, políticas públicas enfocadas en ciencia, incentivos a la investigación aplicada y una integración real con la industria.
Desde adentro, el propio sector académico lo reconoce. “Se necesita una visión compartida entre gobierno, empresas y universidades para construir un ecosistema que impulse innovación y conocimiento”, señala Hernández.
Los expertos del Tecnológico de Monterrey consideran que sin cambios estructurales estos casos seguirán siendo excepciones y no la regla, porque el reto no es entrar al ranking, es lograr que más universidades mexicanas jueguen en esa liga y no como invitadas ocasionales, sino como competidoras constantes.