Pero el desgaste no comienza únicamente dentro de las plantas o las oficinas. Para miles de personas, el impacto arranca desde los trayectos diarios en transporte público, especialmente en sistemas saturados donde las altas temperaturas y las aglomeraciones generan condiciones cada vez más pesadas.
Morán menciona el Metro, donde el calor y la concentración de personas provocan una sensación “muy bochornosa y muy extenuante” incluso antes de llegar al lugar de trabajo.
A ello se suman las lluvias torrenciales, otro de los efectos esperados del “Súper Niño”. En distintas ciudades, las precipitaciones intensas ya provocan retrasos, inundaciones y tiempos de traslado más largos, afectando tanto la puntualidad como el desgaste físico y emocional de los trabajadores.
El calor afecta concentración, memoria y toma de decisiones
Para algunas compañías, el problema ya no pasa solo por mantener la productividad durante una ola de calor, sino por entender cuánto tiempo puede sostenerse un ritmo laboral donde el cuerpo enfrenta desgaste desde el trayecto y durante toda la jornada.
Javier Díaz, CEO de Medipraxi, advierte que el calor impacta directamente en la capacidad física y cognitiva de los trabajadores. “El cuerpo deja de trabajar para producir y empieza a trabajar para sobrevivir”, explica.
Datos compartidos por Medipraxi, con base en investigaciones del Departamento de Nutrición, Ejercicio y Deportes de la Universidad de Copenhague, muestran que una deshidratación de apenas 1% o 2% puede disminuir la productividad entre 12% y 20%. Cuando la pérdida de líquidos alcanza niveles de 3% o 4%, el rendimiento laboral puede caer hasta 50%.
La afectación cambia dependiendo del tipo de trabajo. En oficinas aparecen más errores, irritabilidad y menor velocidad para resolver tareas. Mientras tanto, en labores operativas o de campo, el riesgo escala hacia accidentes, agotamiento físico o golpes de calor. “El trabajador sigue presente físicamente, pero ya no está funcionando al mismo nivel”, dice Díaz.
Además, factores como humedad, ventilación, ropa de trabajo, exposición prolongada o enfermedades previas aumentan el nivel de riesgo. “Una persona con hipertensión, diabetes, obesidad o problemas renales tiene una mayor vulnerabilidad frente al calor”, explica el especialista.
La Organización Mundial de la Salud y la Occupational Safety and Health Administration de Estados Unidos ya han advertido que el estrés térmico también deteriora habilidades finas, como escribir, manejar herramientas o mantener precisión en tareas repetitivas. En industrias donde cualquier error puede afectar la seguridad o la operación, el impacto económico empieza a sentirse rápidamente.