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Las universidades tienen un problema en sus áreas de investigación: los jóvenes no entienden para qué sirve lo que hacen

La formación de ingenieros exige conectar el aprendizaje con problemas reales y mostrar a los estudiantes el impacto de sus diseños.
Ingeniera revisa una tarjeta electrónica junto a una pantalla con un diseño de chip y una línea de producción al fondo.
La experiencia manufacturera de México puede impulsar el diseño de tecnología propia, pero ese salto necesita inversión en investigación y formación de ingenieros. (Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial.)

Aprender a diseñar un producto no es suficiente si un estudiante no entiende qué problema puede resolver con él. Para Tsu-Jae King Liu, presidenta de la National Academy of Engineering de Estados Unidos, las universidades necesitan acercar a los jóvenes a experiencias que les permitan comprobar qué pueden hacer con sus conocimientos y por qué importa el trabajo que realizan.

El cambio supone replantear la manera en que se enseña ingeniería y se desarrolla investigación en las universidades. En lugar de concentrarse en la teoría o en simulaciones, los estudiantes necesitan participar en proyectos en los que puedan diseñar una solución, construirla, probarla y corregir sus errores. El objetivo es que relacionen lo que aprenden con aplicaciones concretas, desde mejorar la atención médica hasta reducir el consumo energético de las computadoras.

“Los seres humanos aprenden con la experiencia, es imposible hacerlo todo mediante simulaciones o en la teoría”, afirma Liu.

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La especialista considera que entender el propósito de un proyecto puede ayudar a los jóvenes a elegir una trayectoria profesional y sostenerla en campos que requieren preparación especializada. También permite que la formación deje de ser un ejercicio abstracto y se convierta en una experiencia en la que los alumnos reconocen el alcance de sus decisiones.

Esta forma de aprender tiene consecuencias que van más allá del salón de clases. En áreas como los semiconductores, donde México busca desarrollar capacidades industriales, formar ingenieros implica enseñarles no solo a aplicar conocimientos existentes, sino a utilizarlos para crear productos y resolver problemas que todavía no tienen respuesta.

Los chips procesan información y hacen funcionar computadoras y otros dispositivos electrónicos. Participar en su diseño permite determinar cómo operarán los productos y qué necesidades podrán atender. También abre la posibilidad de desarrollar componentes que utilicen menos materiales, consuman menos energía y funcionen de manera confiable.

“México ha sido un centro de manufactura y creo que, por la complejidad de los chips, eso representa una ventaja, porque una clave para diseñar nuevos productos es que puedan fabricarse”, dijo Liu en entrevista.

Investigar con un propósito concreto

El cambio también implica acercar a los estudiantes a quienes ya han transformado una idea en tecnología. Guillermo José Aguirre Esponda, presidente de la Academia de Ingeniería de México, propone que los jóvenes conozcan las experiencias de personas que han desarrollado soluciones, así como los obstáculos que enfrentaron durante el proceso.

El contacto con profesionales que han pasado de la investigación a la aplicación puede mostrar a los estudiantes que innovar no consiste únicamente en tener una buena idea. También requiere probarla, resolver dificultades técnicas y encontrar una manera de convertirla en un producto o servicio útil.

Aguirre Esponda identifica otra oportunidad en los mexicanos que trabajan en el extranjero. Su experiencia podría contribuir a proyectos nacionales mediante vínculos con investigadores, universidades y empresas, especialmente en campos como el emprendimiento y la innovación.

“Si tuviera que recomendar una acción clave para México, sería mirar a los mexicanos en el extranjero para aprender de ellos y asegurarnos de obtener esos beneficios, especialmente en los campos del emprendimiento y la innovación”, plantea.

La colaboración puede ayudar a que el conocimiento generado en las universidades encuentre aplicaciones fuera de ellas. Pero para que esa relación produzca resultados, los proyectos necesitan continuidad, recursos y objetivos que permitan avanzar más allá de un ejercicio académico o de una necesidad inmediata de la industria.

David Garza, presidente del Grupo Educativo Tecnológico de Monterrey, plantea reunir a empresas de semiconductores, universidades y gobiernos para definir iniciativas que se mantengan en el tiempo. La propuesta supone coordinar la formación de talento con las necesidades de investigación de las compañías y con las oportunidades de desarrollo tecnológico del país.

“Necesitamos pensar en distintos plazos, en el próximo año y en los próximos cinco años, pero también en los siguientes diez o quince, y necesitamos invertir en iniciativas para esos distintos plazos”, dijo en entrevista.

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De formar ingenieros a desarrollar tecnología propia

La transformación educativa se enfrenta a un desafío económico. México puede atraer fábricas y disponer de personal con formación técnica sin que eso se traduzca automáticamente en una mayor capacidad para diseñar tecnología.

Las empresas que evalúan instalar operaciones en el país consideran la preparación de los ingenieros, la cantidad de trabajadores disponibles y el acceso a recursos como agua y energía. También buscan entornos donde ya exista una concentración de compañías de su sector, incluidos competidores, porque esa cercanía favorece sus actividades, señala Garza.

A estas condiciones se suma la inversión en investigación y desarrollo (I+D). Si las empresas no destinan recursos a crear productos y desarrollar conocimientos, México corre el riesgo de continuar fabricando tecnología concebida en otros países, sin generar suficientes diseños e invenciones propias.

Liu sostiene que la participación del gobierno puede incentivar a las compañías a investigar y formar trabajadores. Cuando las instituciones públicas también invierten, las empresas pueden encontrar mejores condiciones para asumir proyectos cuyo resultado es incierto.

“Las empresas tienen más incentivos para invertir en investigación y desarrollo y en la formación de trabajadores si el gobierno estatal o federal invierte, porque así obtienen un mayor rendimiento de su inversión”, señala.

Garza también identifica una oportunidad en los incentivos empresariales para impulsar el desarrollo de productos en sectores que México busca fortalecer, como el de los semiconductores. La intención es que la actividad industrial no se limite a producir componentes, sino que contribuya a generar conocimiento y soluciones tecnológicas.

El reto para las universidades, por tanto, no consiste únicamente en preparar más ingenieros. También implica ofrecerles experiencias en las que puedan identificar problemas, diseñar respuestas y entender las aplicaciones de su trabajo. Para las empresas, supone crear condiciones para que ese talento participe en proyectos de investigación; para el gobierno, contribuir a que esas iniciativas tengan recursos y continuidad.

La urgencia está en el ritmo al que cambian las tecnologías y las capacidades que necesitan los países para competir. Postergar las decisiones puede dificultar la incorporación de México a nuevas actividades de mayor contenido tecnológico.

“Si no tomamos esas medidas, será más difícil para el país ponerse al día o participar en la nueva economía en el futuro, porque el ritmo del cambio se está acelerando”, advierte Liu.

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