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Dolarizar para sobrevivir: cuando la moneda deja de cumplir su función en América Latina

La dolarización en algunos países de Latinoamérica surge como respuesta al colapso monetario. Y aunque estabiliza precios, profundiza desigualdades y no garantiza crecimiento sostenido.
vie 23 enero 2026 05:55 AM
Esta imagen de ilustración muestra un billete de 100 USD encima de pesos argentinos, en Buenos Aires el 10 de octubre de 2023.
Este 2026 se espera que en Argentina el dólar se venda en 1,452 pesos, apenas 3.3% por arriba del cierre de 2025, según J.P. Morgan. Además, se espera una inflación de 20% anual. (FOTO: LUIS ROBAYO/AFP)

En América Latina, la dolarización no responde a una sola lógica ni a una misma receta. Es, más bien, un espectro que va desde decisiones formales del Estado hasta procesos informales impulsados por la urgencia social. Y, por tanto, ha tenido diferentes resultados en países como Ecuador y El Salvador, donde el dólar es la moneda oficial, y Venezuela o Argentina, donde se usan en mercados paralelos.

“Una economía está dolarizada cuando el dólar cumple funciones que debería cumplir la moneda local: medio de pago, unidad de cuenta o reserva de valor”, explica Paula Chaves, analista de HF Markets. La diferencia entre dichos países, además de económica, es de tipo institucional.

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El dólar como mecanismo de defensa... y desigualdad

En países como Venezuela y Argentina, el dólar se impuso antes que la ley. La moneda local sigue existiendo, pero perdió credibilidad, señala la especialista.

Inflación persistente, devaluaciones recurrentes, controles cambiarios y financiamiento monetario del déficit llevaron a hogares y empresas a refugiarse en la divisa estadounidense.

Venezuela

Venezuela representa el caso más extremo. Tras años de hiperinflación, a partir de 2018–2019 el gobierno relajó controles y permitió transacciones en dólares. Para 2020, estas ya eran mayoritarias en buena parte de la economía urbana.

El resultado fue un alivio parcial, por un lado, la inflación se moderó respecto a los picos previos y por otro lado algunas actividades comerciales se reactivaron. Pero el costo fue alto, la dolarización informal profundizó la desigualdad entre quienes acceden a dólares y quienes siguen percibiendo ingresos en moneda local, de acuerdo con organismos como el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En Venezuela, la dolarización de facto convive hoy con una incertidumbre política y económica reforzada por la intervención militar de Estados Unidos que culminó con la captura de Nicolás Maduro a principios de enero de 2026, en una operación que reconfiguró la relación con el mercado petrolero y los flujos de divisas.

Tras ese episodio, el gobierno interino de Delcy Rodríguez ha recurrido a la inyección de petrodólares para intentar reducir la brecha cambiaria y moderar precios, lo que temporalmente ha suavizado el dólar paralelo y generado expectativas de alivio económico. Sin embargo, a pesar de estas medidas —incluida una inyección inicial de unos 300 millones de dólares— el poder adquisitivo de la mayoría sigue erosionado, los precios se mantienen altos y muchos venezolanos sienten que la vida diaria no ha cambiado sustancialmente pese a la intervención y al uso intensivo del dólar en la economía.

Para que esos recursos compensen las limitaciones actuales se necesitan inversión, seguridad jurídica, reglas claras y acceso a mercados internacionales
Analista de HF Markets

Argentina

En Argentina, el proceso se aceleró tras la crisis de 2001–2002 y reaparece en cada episodio de inestabilidad, a pesar de la llegada de Javier Milei a la presidencia.

Durante las últimas décadas el dólar se consolidó en el país austral como referencia para el ahorro, los precios de activos y el comercio exterior, mientras el mercado paralelo se volvió termómetro de la desconfianza. En este esquema, la política monetaria pierde potencia y las expectativas se forman fuera del control del banco central.

“La dolarización no es la causa de estos problemas; es el síntoma de fallas previas del marco macroeconómico e institucional”, subraya Chaves.

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Dolarización oficial: estabilidad a cambio de soberanía monetaria

Otros países cruzaron un umbral distinto al elegir al dólar como vehículo para la estabilidad monetaria, pero a costa de algunas herramientas. Ecuador y El Salvador renunciaron formalmente a su moneda y adoptaron el dólar como curso legal.

Ecuador lo hizo en 2000, tras una crisis bancaria y cambiaria profunda. La dolarización redujo de forma drástica la inflación y estabilizó expectativas.

Según la Cepal y del Fondo Monetario Internacional el régimen eliminó el riesgo cambiario y ordenó el sistema financiero. Sin embargo, el crecimiento económico posterior fue moderado y la economía quedó sin herramientas monetarias para absorber choques externos; los ajustes pasaron a salarios, empleo y gasto público.

El Salvador siguió una ruta similar en 2001. El dólar ayudó a reducir tasas de interés y a contener la inflación, pero no resolvió problemas estructurales de productividad ni garantizó un crecimiento sostenido. En ambos casos, la disciplina fiscal se volvió condición indispensable, ya que sin banco central emisor, es menos viable la política monetaria como herramienta de ordenamiento económico.

El caso de Panamá es distinto si se toma en cuenta que está dolarizado desde inicios del siglo XX. Es una muestra de que la estabilidad monetaria puede convivir con crecimiento, pero solo cuando hay apertura financiera, reglas claras y un sistema bancario robusto. Además, Panamá posee ventajas logísticas únicas que no puede emular un país.

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¿Qué resuelve la dolarización y a qué costo?

Según organismos internacionales, la dolarización es muy eficaz para reducir la inflación y estabilizar expectativas, lo que ofrece un alivio inmediato a hogares y empresas. Pero no garantiza crecimiento, empleo ni mejoras en productividad.

“Más que una vía directa al desarrollo, la dolarización permite estar ‘menos mal’”, resume Chaves. Al perder el tipo de cambio y la política monetaria, los ajustes se trasladan a otros canales: salarios, empleo o actividad económica.

Se benefician asalariados y ahorradores cuando la inflación era el principal problema, así como empresas con deudas en dólares. Pero pierde el Estado, que renuncia al señoreaje y queda más expuesto si no corrige desequilibrios fiscales. Algunos sectores exportadores pueden resentir la pérdida de competitividad si no hay mecanismos alternativos de ajuste. Además, los exportadores pierden competitividad contra países que pueden operar con monedas depreciadas en función de los vaivenes del mercado.

En países como Venezuela, con grandes reservas de oro, minerales estratégicos y potencial en tierras raras, estos recursos suelen aparecer como tabla de salvación. Pero el consenso el potencial geológico no se traduce automáticamente en flujo de divisas, señala la experta. Sin seguridad jurídica, inversión y acceso a mercados, los recursos naturales no compensan las limitaciones de una economía dolarizada de facto ni generan estabilidad sostenible en el corto plazo.

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