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La industria textil mexicana, atrapada en un rezago tecnológico

La falta de modernización y una competencia internacional agresiva, dejó al sector textil atrapado en procesos tradicionales que no responden a la demanda global de telas sustentables y funcionales.
mar 03 febrero 2026 10:08 AM
La ropa mexicana está en crisis: las razones que ahorcan a la industria textil y por las que pierde competitividad
Si los fabricantes nacionales aceleran la modernización, podrían recuperar atractivo ante clientes internacionales que buscan fibras funcionales, sustentables y con trazabilidad. (Foto: Yuri Cortez / AFP)

La industria textil mexicana carga desde hace más de una década un rezago que hoy se traduce en la imposibilidad de invertir en tecnología y nuevos procesos productivos, en medio de una caída prolongada en ventas y una competencia internacional que se volvió asfixiante. La llegada masiva de telas y prendas de países con costos de producción más bajos, muchos asociados a prácticas de dumping, erosionó los márgenes y frenó cualquier modernización profunda.

El resultado fue un rezago productivo que hoy se mide en una brecha tecnológica. Mientras que otras economías avanzaron hacia materiales de nueva generación, procesos automatizados y sistemas de inspección inteligentes, en México predominan estructuras fragmentadas que dependen del algodón y de las mezclas tradicionales, con poca capacidad para responder a la demanda global de telas técnicas, sustentables o funcionales.

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Esta falta de inversión ha limitado no solo la innovación, sino la posibilidad de atraer pedidos de marcas internacionales que hoy exigen fibras como modal, tencel o viscosa de bambú. Como consecuencia, señala Andrés Díaz Bedolla, CEO de Yumari, México perdió la oportunidad de convertirse en un proveedor competitivo en segmentos de alto valor agregado porque no generó una estrategia clara de transferencia tecnológica ni una política industrial enfocada en fortalecer capacidades productivas.

“Llegamos a un punto en el que la industria está definitivamente muy estresada, con pérdidas en los últimos años”, dice el también cofundador de la empresa, una plataforma B2B que a través de IA gestiona la manufactura de fábricas en América Latina.

“El problema es que México no ha tenido la oportunidad de desarrollar la industria de forma que pueda sustituir a las importaciones”. El deterioro financiero explica parte del estancamiento. Entre 2015 y 2023, el PIB de la industria textil y de la confección cayó 20%, al pasar de 119,607 millones de pesos a 95,050 mdp, según el INEGI. La combinación de costos crecientes, márgenes comprimidos y competencia externa dejó a decenas de empresas operando prácticamente con respirador.

En 2024, México impuso aranceles que varían entre el 5 y el 50% para 544 fracciones de productos textiles procedentes de países sin tratados de libre comercio con México, entre ellos, China, Corea del Sur, India, Tailandia, Indonesia, Rusia y Turquía, una medida que promete aliviar temporalmente la presión sobre los productores locales y estabilizar el mercado.

La Secretaría de Economía tiene al sector en su radar. Salomón Rosas, director general de Competitividad y Competencia de la dependencia, recuerda que lleva cerca de 15 años en diálogo con la industria y que, durante todo ese tiempo, la queja ha sido la misma: la competencia desleal derivada de las importaciones chinas ha frenado la inversión en maquinaria y en innovación.

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“Estamos en un proceso distinto de implementación de una política industrial nacional, donde hay incentivos y se busca proteger la planta productiva. Esto no significa que se vaya a prohibir importar, sino que hay que cuidar lo que ya se produce en México. La imposición de aranceles busca, precisamente, estimular la producción local”, dice Rosas.

La lección colombiana

El giro en la política comercial muestra un nuevo reto: México necesita un nuevo músculo productivo. Y es ahí donde la experiencia colombiana aparece como un espejo regional. En Bogotá, dentro del barrio de La Alquería –una zona donde la actividad industrial textil se respira desde la calle–, se encuentra Telas Lafayette, un complejo de 80,000 metros cuadrados que muestra lo que significa integrar tecnológicamente toda la cadena productiva.

Desde su amplia sala de recepción con muestrarios multicolores se exhibe la diversidad de líneas de la compañía: moda, decoración, uniformes deportivos y textiles para publicidad. Es un preludio visual de lo que representan ocho décadas de crecimiento sostenido y de un proceso de verticalización que abarca desde el hilo hasta el acabado final.

Lafayette inició operaciones en 1942 con apenas 22 telares manuales. Hoy, integra plantas completas de fabricación de hilo, tejido, estampado, teñido y acabado, un modelo que, en palabras de su director ejecutivo, Roy Azout, es la base de su capacidad de innovar. “El tener todos los procesos bajo un mismo techo nos ayuda mucho”, afirma. “Cuando tenemos productos nuevos es porque podemos hacer hilos especiales, una tejeduría diferente, acabados especiales, porque contamos con todos los juguetes y todas las herramientas para crear”.

Esa integración permite avanzar en áreas que México no ha logrado consolidar. En la primera planta de Lafayette, por ejemplo, se producen hilos de poliéster, incluidos aquellos fabricados con PET reciclado. El proceso, operado con altas temperaturas y vapor, habilita desarrollos que combinan tecnología y sustentabilidad, como telas biodegradables o materiales con menos consumo energético y de agua.

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Díaz Bedolla sintetiza esta diferencia. “Telas Lafayette hace telas con tecnología. Le han metido mucho a la tecnología e innovación en telas sintéticas funcionales”, explica. “México se ha quedado un poco frenado en el algodón y el algodón poliéster. Hoy, las requisiciones de las marcas americanas están buscando modal, tencel, lyocell, viscosa de bambú, están buscando esta tecnología y, lamentablemente, nosotros no la tenemos”.

La empresa colombiana también ha invertido en aseguramiento de calidad. Un laboratorio interno con 140 métodos de ensayo evalúa resistencia, comportamiento al fuego y desempeño en condiciones específicas para sectores como hotelería, uniformes y deporte.

La automatización completa el cuadro. Una máquina de inspección automática con inteligencia artificial analiza cada rollo de tela y detecta alrededor de 1,000 defectos posibles. El sistema fue entrenado por los inspectores más experimentados, quienes alimentaron la librería digital con fotografías clasificadas por etapa de producción. Hoy en día, cerca del 50% de las telas pasan por este control. “La revisión con inteligencia artificial nos ha llevado al siguiente nivel en poder garantizar la calidad muy superior”, afirma Azout. “Los clientes valoran eso muchísimo”.

Actualmente, Lafayette exporta a 24 mercados, incluidos Estados Unidos, Guatemala, Costa Rica y Perú. Su meta es que el mercado internacional represente el 40% de las ventas, cuando hace una década el porcentaje era menor al 15%. En México, la empresa tiene presencia comercial desde hace 30 años y busca duplicar ventas en los próximos tres. Aunque no contempla producir localmente, mantiene una postura de cooperación con el ecosistema regional.

El desafío mexicano

La coyuntura actual ofrece una ventana que no existía hace una década. Las marcas globales están replanteando su dependencia de proveedores asiáticos y buscan alternativas que combinen cercanía, seguridad y trazabilidad. Si México logra posicionarse como una cadena textil moderna, podría captar una parte de esa relocalización.

Los aranceles pueden ofrecer un respiro, pero no sustituir la inversión en tecnología, la especialización de procesos ni la integración de una cadena eficiente. “Una política de protección puede tener resultados en el corto plazo, pero si la industria no tiene con qué defenderse, está destinada a morir”, advierte Díaz Bedolla.

El reto es aprovechar ese tiempo. Si los fabricantes nacionales aceleran la modernización, podrían recuperar atractivo ante clientes internacionales que buscan fibras funcionales, sustentables y con trazabilidad. También podrían reconectar con marcas mexicanas que hoy importan sus insumos porque el país no ofrece materiales de última generación.

La oportunidad existe pero es finita. El mercado global de textiles se mueve hacia la innovación continua, y los compradores ya no buscan volumen, sino valor agregado. En Colombia, entendieron eso hace décadas; México apenas comienza a abrir esa conversación.

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