Del presupuesto a la visibilidad
El Mundial puso frente a frente dos formas de competir. Los patrocinadores oficiales compraron presencia, derechos y exposición global. Las marcas que no tenían esa posibilidad buscaron atención ganada. El primer grupo contó con certeza; el segundo necesitó reflejos.
La pauta digital concentró 47.5% de la inversión publicitaria durante el periodo mundialista, según proyecciones de la Comunidad MCX Marketers en Acción. El volumen aumentó la saturación, ya que cada empresa disputó segundos de atención entre anuncios, contenidos de creadores, resultados deportivos y publicaciones de los aficionados.
Alejandro Vogt, codirector de Taste Marketing, señala que esa acumulación modificó la forma de conectar con las personas. “Durante las semanas de juego, el consumidor local no se movió por impulsos transaccionales directos, sino por la euforia del torneo. Ante un despliegue publicitario sin precedentes, la frontera entre lo que el usuario necesita y desea se volvió mínima. Ahí es donde el marketing experiencial demostró su verdadero valor”.
De hecho, los resultados económicos quedaron lejos de algunas expectativas. Deloitte calculó que el Mundial dejó un impacto de 2,543 millones de dólares en México, equivalente a 0.12% del PIB nacional y 7% menos que su proyección inicial. El país recibió alrededor de 494,000 turistas motivados por el torneo, frente a los 836,000 previstos.
La derrama tampoco se distribuyó de manera uniforme. Gastronomía generó 584 millones de dólares, 20% menos de lo calculado; alojamiento obtuvo 328 millones, 47% menos, y transporte sumó 223 millones, 28% por debajo. Retail fue la excepción. El sector alcanzó 433 millones de dólares y superó en 10% la expectativa.
Una lección importante que dejó este Mundial es que las marcas pueden comprar espacios, preparar campañas y proteger jurídicamente cada ejecución, pero no pueden ordenar que aparezca el próximo Pato Merlín porque la cultura ocurre sin pedir permiso.
Además, las marcas sabían que el tamaño del evento no aseguraba la atención ni el consumo y que por lo tanto necesitaban comprender cómo y dónde lo vivían las personas.
De ahí que la visibilidad que algunas empresas daban por perdida regresó disfrazada de pato, de pregunta, de frase rota en inglés y hasta de peinado. Y al final, las marcas entraron al partido cuando aceptaron que la conversación real había comenzado sin que ellas lo planearan.