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OPINIÓN: Esto encontré cuando regresé a casa tras el huracán Florence

Estos fenómenos causan molestias a todos, enloquecen a muchos, nos hacen gastar dinero que necesitamos para otras cosas y nos hacen enojar, comenta Johanna D. Wilson.

Nota del editor: Johanna D. Wilson es periodista independiente y asistente de guía Montessori en Carolina del Sur, Estados Unidos. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

(CNN) - Recuerdo el huracán Hugo. En ese entonces, septiembre de 1989, fui una de los muchos estudiantes de la Universidad de Howard que envió alimentos enlatados, agua y otros suministros a las personas afectadas por el huracán categoría 4 que azotó Carolina del Sur y desató el caos inmediatamente.

El estado sufrió cortes de energía generalizados. Mi familia vivía en una comunidad pequeña llamada Boyer, en el centro del estado y estuvimos sin electricidad nueve días. En la zona de Grand Strand, que comprende a Pawleys Island y Myrtle Beach, las casas se rompieron como si fueran pretzels. Los árboles majestuosos volaban como mondadientes a causa de los vientos sostenidos de 225 kilómetros por hora de Hugo. Según el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, al menos 50 personas murieron directamente por la tormenta.

Los pronósticos indicaban que el huracán Florence podía ser un lobo más cruel que Hugo. El rebaño tenía que estar en guardia. Por eso le hice una petición especial a mi pastor.

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Aquí entra en escena el aceite consagrado que llevaba en la mano mientras me encontraba frente a la puerta de mi casa en Myrtle Beach. Un predicador me lo dio hacía unos diez años, en una reunión de restauración. Cuando supe de la furia de Florence, le pedí a Jesús que protegiera mi vida, a mi familia, a mis amigos, a mis enemigos y nuestras casas. Ungí mi casa con el aceite.

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Luego, tras rezar y empacar, me subí a mi auto y puse tierra de por medio con Florence. Me fui con mi mamá y otros seres queridos a más de 160 kilómetros de ahí. Aunque Florence me encontrara, no sería en Myrtle Beach.
Los huracanes te agotan. La gente que los ha vivido lo sabe. Causan molestias a todos, enloquecen a muchos, nos hacen gastar dinero que necesitamos para otras cosas y nos hacen enojar.

Florence, con su lentitud, no era diferente.

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"Creo que apesta", dijo John Smeyda, mi vecino de Myrtle Beach, cuando hablamos por teléfono el viernes 14 de septiembre. Decidió quedarse. Es un electricista retirado de 57 años, con un corte de cabello estilo militar y una voz retumbante. Para él, Florence era un dolor de cabeza del que quería deshacerse lo más pronto posible.

El viernes, la tormenta seguía sin llegar. Había llovido por horas. Las rachas de viento se volvían más fuertes. Florence se estaba debilitando y desaceleraba. Perdió fuerza y de ser categoría 4, se volvió una depresión tropical.

Sin embargo, no se puede negar su maldad. En Carolina del Norte, Carolina del Sur y Virginia han muerto más de 30 personas . Las inundaciones que provocan las lluvias torrenciales podrían causar más devastación.

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Mi compañera de clase, Jacqueline Gilmore Jackson, tiene 49 años y vive en Carolina del Norte. Ella y su hijo Devin, de 20 años, están bien. Su casa no sufrió daños considerables: perdió algunas tejas y parte de su cerca se cayó, pero en su propiedad no se acumuló agua.

A 30 minutos de ahí hubo quienes corrieron con menos suerte. Mi amiga cuenta que los coches flotan en las calles. Las casas están casi sumergidas bajo las aguas. Su ciudad está básicamente aislada del mundo exterior, por ahora.

Gilmore Jackson dijo que las autopistas principales que llevan a Wilmington están cerradas por las inundaciones. El agua se llevó los caminos y derribó puentes. "Nadie puede ayudarnos en este momento. Tenemos que ayudarnos entre nosotros. Claro que Dios nos ayuda a todos ", me dijo el lunes 17 de septiembre, cuando la llamé para ver cómo estaba.

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Doy gracias al escuchar esto. Sé por experiencia propia lo peligroso e impredecible que puede ser el clima implacable. Durante mis 20 años de carrera como periodista en el Sun News de Myrtle Beach conocí a miembros notables de la familia de Florence.

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Fran fue muy malo. En octubre de 1996, fui testigo de cómo un agricultor de 48 años lloraba por su maíz doblado por el viento, como si estuviera orando, luego de que Fran destruyera una cosecha de 100 mil dólares. Floyd demolió una casa de 65 años de antigüedad. La matriarca, una viuda de 86 años, lloró por la destrucción del santuario en el que dio a luz a siete de sus ocho hijos. Eso fue en 1999. Yo lloré con ella.

Las tormentas también son parte de la historia de mi familia. Cuando era niña, mi mamá me contó sobre mi abuelo, Herbert Gilmore. Era un agricultor exitoso hasta que una tormenta destruyó toda la labor de sus talentosas y curtidas manos del color del ébano. La tormenta perniciosa, cuyo nombre desconocemos, tiró su casa en Holy Hill, Carolina del Sur y mató a todo su ganado en 1929. La inundación subsiguiente derrotó a un hombre fuerte: sufrió un infarto y murió.

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Mientras escribo esto, los noticieros reportan que cientos de miles de personas están sin energía eléctrica en las Carolinas. Aún hay gente y animales por rescatar. La cifra de muertos puede aumentar. Se espera que sigan las inundaciones en las Carolinas porque los niveles de los ríos siguen aumentando y no han llegado a su punto más alto. Los habitantes de Conway, a tan solo 22 kilómetros de donde estoy, están maniobrando entre las aguas desbordadas del río Waccamaw.

El lunes, mientras regresaba a casa, no tuve que enfrentar nada tan terrorífico. El sol se abrió paso entre las nubes negras y me tocó cálidamente el rostro. Mientras me acercaba a Myrtle Beach, por la autopista federal 17, me encontré con aguas someras en Pawleys Island. Cuando me bajé del coche, subí 32 escalones y encontré mi casa intacta. Miré alrededor desde mi balcón y vi que mi comunidad salió prácticamente ilesa. Doy las gracias porque respondieron mis plegarias.

Pese a todo, no puedo ser displicente con las tormentas. La sabiduría no me lo permite. La temporada de huracanes de este año termina hasta el 30 de noviembre. Puede haber más lobos por venir. Por eso me da tanto gusto estar bien arraigada a mi fe. En eso confío cada vez que una tormenta hace de las suyas. Y a últimas fechas, ha sido bastante seguido.

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